viernes, 23 de septiembre de 2016

Mamá imperfecta, ¡y está bien!

Estoy segura de que cuando pasen los años y mire hacia atrás, habrá muchas cosas que quisiera haber hecho diferente como madre. ¿Será porque no puse todo mi empeño, o porque no di prioridad a este rol, o porque no leí suficientes libros sobre la maternidad a la manera de Dios? Creo que no. La respuesta es mucho más sencilla: simplemente porque soy humana y por mucho que me esfuerce nunca seré perfecta. Por lo tanto, en mi función de mamá, como en todas las demás, cometeré errores.


No hay manera de ser la súper mamá que tú y yo quisiéramos. Si brillamos en una cosa, es muy probable que fallemos en otra. Necesitamos aferrarnos cada día a la gracia de Dios si no queremos ser madres frustradas. Necesitamos entender la misericordia que el Padre nos muestra, incondicional, para no flagelarnos constantemente por los errores que a veces nos hacen quedarnos despiertas en medio de la noche.

Sí, es bueno que aprendamos de los errores, es excelente prepararnos hasta donde sea posible y maravilloso escuchar el consejo de otras madres que nos han precedido. Pero, incluso con todo esto, no seremos mamás perfectas. ¿Y sabes qué? ¡Está bien! Dios no quiere ni espera mamás perfectas. Él nos ha llamado a este rol consciente de que muchas veces tendremos que venir a su presencia pidiendo auxilio, con preguntas para las que no tenemos respuesta, con lágrimas, con preocupaciones, con temores. ¡Pero eso es justamente lo que tu Padre celestial desea! Él quiere que seamos mamás dependientes de su sabiduría, de su gracia, de su misericordia y de su amor. Y que confiemos en que la vida de nuestros hijos está, más que nada, en sus manos.

Meditaba en algo que a la vez me hizo pensar en mi rol de mamá. ¡Cuántos sueños tenemos cuando nuestros hijos nacen! Anhelamos para ellos un futuro brillante, victorias, premios. Deseamos de todo corazón que tomen decisiones acertadas, que no se desvíen ni a derecha ni a izquierda. Quisiéramos evitarle todo dolor. Que pudieran pasar por la vida sin magulladuras. Que los errores que plagaron nuestra juventud no sean los de ellos… Y soñamos muchas otras cosas. Sin embargo, mientras meditaba en todo esto y pensaba en las mamás que batallan con todo lo anterior, un pensamiento se apoderó de mi mente: la mejor oración que tú y yo podemos hacer por nuestros hijos es que el plan de Dios se cumpla en su vida.

No siempre es fácil orar de esa manera, porque los planes de Dios, aunque siempre son los mejores y tienen como meta nuestro bien, muchas veces requieren situaciones que preferiríamos evitar según nuestros criterios humanos.

No creo que José hubiera escogido ser vendido como esclavo ni estar en la cárcel de Egipto. Pero Dios tuvo que hacerlo pasar por todo aquello para que luego pudiera ocupar el lugar que le dio. Quizá Ester hubiera escogido otra cosa y no ser parte del harén del rey de Persia, pero su decisión valiente salvó a toda una nación. Y por supuesto, Jesús hubiera preferido pasar la copa de la muerte, pero si lo hubiera hecho, yo no estaría escribiendo este blog ni tú estuvieras leyéndolo. Y los tres, José, Ester y Jesús, tuvieron madres humanas como nosotras que de seguro nunca hubieran escogido el camino que sus hijos tuvieron que recorrer… ¡pero el plan de Dios siempre es mejor!

Mi amiga lectora, con estas palabras quiero animarte. Primero,  deja de anhelar ser perfecta y vive en la gracia de Dios. Depende de él para ser mamá. Y no olvides que la mejor oración que puedes hacer por tus hijos, el mejor anhelo que puedes albergar, es que los planes de Dios se cumplan en su vida. Ellos necesitan tener un encuentro con él y depositar sus vidas en las manos del Autor. Nuestra función es mostrarles el camino y confiar en Jesús para el resto. 

Bendiciones en tu fin de semana,

Wendy
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miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿A quién me parezco más?

Casi siempre cuando alguien conoce a mis hijos por primera vez me dice: “la niña se parece mucho a su papá, y el varón se parece más a ti”. No obstante, siempre hay quien dice lo contrario.

En mi familia varios me han dicho que camino igual a una de mis bisabuelas, a la que no conocí. Mi esposo, por su parte, camina igualito a su papá.


La realidad es que la genética juega un papel increíble cuando de parecidos se trata. Sin embargo, hay muchas cosas más que influyen en aquello que somos. El ambiente en que crecemos, por ejemplo, juega un papel crucial.

Recuerdo que de niña escuché muchas veces esta frase: “lo malo se aprende rápido” o “los malos hábitos se pegan enseguida”. Y, con el paso de los años, he llegado a la conclusión de que así es. Pero lo opuesto también sucede. Cuando pasamos tiempo con una persona que ríe mucho, el sentido del humor un tanto que se nos despierta. En cambio, si compartimos más con alguien gruñón y enojadizo… ¡ya sabemos la respuesta! No por gusto la Biblia habla de que las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Terminaremos pareciéndonos mucho a aquella persona con quien pasemos más tiempo.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? Bueno, hace unos días estuve meditando en todas estas cosas porque una pregunta me daba vueltas en la cabeza: ¿a quién te pareces más? Y no se trataba realmente de los parecidos físicos, se trataba más bien de aquello en lo que la genética no tiene voz ni voto. Estaba pensando en mi corazón.

Si realmente quiero parecerme a Jesús, ¡necesito pasar mucho tiempo con él! No puede suceder tan solo por asistir al culto el domingo…. ¡ni siquiera por ir varias veces por semana! Tampoco lo lograré escuchando la radio cristiana, aunque sean sermones muy buenos. No será leyendo el último libro sobre crecimiento espiritual ni aprendiéndome un montón de canciones. Sí, todas esas cosas pueden ayudarme en mi caminar cristiano, pero no harán que me parezca más a Cristo.  

Parecerme a Cristo es un proceso que ocurre en “lo secreto”, como él mismo lo llamó. En ese lugar de intimidad donde nadie más interviene. Allí donde nos encontramos y dejamos que su Palabra penetre el corazón y nos hable, aunque no haya voz audible. Ese parecido es la obra de su Espíritu en nosotros, que poco a poco comienza a borrar el yo para reflejarlo a él: “El Señor, quien es el Espíritu, nos hace más y más parecidos a él a medida que somos transformados a su gloriosa imagen” (2 Corintios 3:18).

Sin embargo, a diferencia de nuestros parecidos genéticos, sobre los cuales no tenemos ningún control, parecernos a nuestro Señor dependerá en buena medida de cuán dispuestos estemos a dejarle esculpir su imagen sobre nosotros. Para parecernos a él tenemos que rendirnos de manera total, completa, sin reservas. Parecerme a Cristo es entender lo que dijera Juan el Bautista, dejar que él crezca y que yo disminuya en importancia. Entender como Pablo que ya no vivo yo, ahora es él quien vive en mí.

Los años pasan y nuestros rostros cambian. ¿Te has fijado que en la vejez muchos comienzan a parecerse todavía más a sus padres o sus abuelos? Es como que los genes que tenemos en común con nuestros ancestros se revelan todavía más. Esa también debe ser la meta en nuestro caminar con Jesús; que a medida que los años pasen cuando alguien nos mire, converse con nosotros y nos vea actuar pueda percibir que hemos vivido junto al Maestro, a sus pies.  

Bendiciones,

Wendy
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lunes, 19 de septiembre de 2016

Esta semana puede ser mejor que la anterior

Cada semana es algo así como el capítulo siguiente de un libro que en gran parte nosotros estamos escribiendo. Y como toda página en blanco, tenemos opciones a la hora de decidir qué escribir en ella.


Para vivir una nueva semana, también tengo varias opciones, pero tal vez deba comenzar por recordar que no podré controlar muchas de las cosas que sucederán. Sin embargo, podré controlar mi actitud porque Dios nos ha dado un espíritu de dominio propio (2 Timoteo 1:7)

En la nueva semana que comienza puedo planificar y programar los días pero no sin antes ponerlos en manos de Dios pues podemos hacer nuestros planes, pero el Señor determina nuestros pasos. (Proverbios 16:9)

Entre las maneras de vivir la nueva semana puedo dejar que las circunstancias determinen mi estado de ánimo o puedo escoger el gozo que viene de Dios, porque en él está mi fortaleza. (Nehemías 8:10, Salmos 46:1)

Puedo quejarme o puedo alabar, así que escojo alabar porque cuando alabamos nuestros ojos se quitan del problema y se enfocan en Dios. (Salmos 42:5) 

Puedo vivir mi semana con un espíritu de temor ante lo desconocido o puedo decidir confiar en el Dios que todo lo conoce y lo sabe. Elijo lo segundo porque Dios me ama, y a los que aman a Dios todas las cosas les ayudan a bien. (Romanos 8:28)

En esta nueva semana puedo hacer muchas cosas con las palabras que salgan de mi boca. Decido que consagraré mis palabras a Dios para que lo que salga siempre sea de su agrado y produzca vida. (Salmos 19:14)

Durante los próximos siete días voto por la gratitud. Un corazón agradecido honra a Dios. Decido hacer una pausa y contemplar las cosas pequeñas que hacen grande la vida. No dejaré que lo que me falta me quite el gozo de las bendiciones que ya tengo. (salmos 50:23)

Y durante esta nueva semana recordaré que todos los propósitos anteriores solo serán posibles con la ayuda de Jesús, porque mi debilidad humana tratará de imponerse todo el tiempo. Sin embargo, todo lo puedo en Cristo que me fortalece. (Filipenses 4:13)

He decidido vivir la vida de esta manera, buscando el diseño de Dios de manera intencional porque esa es la única manera de disfrutarla a plenitud y de experimentar la abundancia que él tiene para nosotros.

Si decides vivirla así también, ¡bienvenida a bordo! (Deja debajo tu comentario para saber que me acompañarás en este viaje.)

¡Seamos valientes y lancémonos con Dios a la aventura de una nueva semana!

Muchas bendiciones,

Wendy
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miércoles, 14 de septiembre de 2016

No dejes pasar un día más sin hacer "esto" (¡y te comparto noticias!)

Quizá estén guardados por ahí, en alguna caja, en casa de mi mamá... Mis viejos escritos, los que hice de niña. Siempre me gustó.

Aprendí a escribir a máquina para que mis escritos quedaran plasmados en blanco y negro. Sí, cuando era niña todavía la máquina de escribir era un objeto común y corriente.  Y en casa de mis abuelos había dos.


Mi tarea favorita en la escuela era cuando nos mandaban a escribir “composiciones”, sobre todo si el tema era libre.

En la adolescencia escribí poemas… ¡como muchas! Pero la poesía nunca ha sido mi fuerte ni la manera en que me gusta expresarme más.

Después dejé de escribir. Cero. Nada… excepto en las páginas de mi diario.

Si hace un tiempo que lees este blog quizá ya lo sabes. Fue un día de enero del año 2011 que Dios me dio un fuerte “empujoncito” y empecé a escribir aquí.

¿Quieres saber algo más? ¡Cuánto le agradezco que lo haya hecho! Ahora entiendo que por eso aprendí a escribir a máquina cuando era niña, por eso me gustaba y me gusta tanto leer, por eso estudié Lengua y Literatura Inglesa, con énfasis en traducción (y un montón de clases de lengua española, redacción de textos,  estilística, gramática y más), por eso trabajo desde mi casa y por eso estoy hoy aquí. Porque para esto me hizo Dios. Y nada me hace más feliz.

Esa es la clave. Cuando entendemos aquello para lo cual Dios nos ha hecho, a lo que nos ha llamado, somos sencillamente felices. No se necesita mucho más porque nos sentimos plenas.

Y eso no es solo para unos pocos. Es para todos. Dios tiene un plan, un propósito para cada vida. Lo diseñó incluso desde que estábamos en formación. No es un plan secreto. Él está dispuesto a revelarlo. Léelo en Jeremías 29:11-13.

En la vida él nos presenta constantemente oportunidades de vivir para ese propósito, de realizarnos en él, de cumplir sus sueños. Sin embargo, nos limitamos, no nos atrevemos, lo posponemos, o sencillamente, como hice yo durante casi un año, escogemos ignorarlo para no salirnos de lo cómodo y lo conocido. Sí, porque no quiere decir que será un camino fácil.  ¡Para nada! Pero sí que vale la pena.

¿Te identificas? ¿Está Dios llamándote y tú estás haciendo caso omiso porque te asusta o no sabes por dónde empezar? ¡No pierdas más tiempo! En esta Tierra tenemos un plazo limitado. Y la tarea que Dios tiene para ti es única. Tu talento es solo tuyo. Tus dones fueron un regalo de Dios…pero escondidos o sin usar, de nada sirven.

Nunca pensé que escribiría un blog donde cientos de personas leerían de mis luchas, temores, victorias y derrotas. Pero no se trata de mí, sino de Dios y sus maravillosas ideas. Porque a pesar de que implica un esfuerzo, este blog ha sido una oportunidad para desafiarme, para aprender, para conocer un mundo nuevo, y sobre todo, para alcanzar vidas con la verdad de Jesús.

¿Quieres sentirte en verdad realizada? ¡Dile que sí a Dios! Y no esperes más. Si no lo haces, cada día que pase será un día menos de vivir en esa plenitud de la vida que él diseñó para ti.

Y justo este año el Señor me ha sorprendido con una de esas oportunidades porque por primera vez estaré participando en Expolit, la gran feria de la industria cristiana en español, como autora. Tendré el honor de presentar mi libro "Una mujer sabia", seguido por la firma de los mismos. También impartiré un taller para autores independientes. Toda la información detallada la encuentras en las fotos que comparto debajo.




Por ese motivo este será mi último artículo de esta semana. Pero si deseas conocer un poquito de lo que sucederá allí, te invito a seguirme en Instagram (aparezco como blogdwendybello) y/o Twitter, donde compartiré sobre el evento. 

Muchas bendiciones, mi querida lectora. ¡Vive como Dios lo diseñó! 

Wendy

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