viernes, 21 de abril de 2017

Porque a veces todo lo que necesitamos es que Dios "nos incomode"

Señor, incomódame.

Quiero vivir sin pensar en mí y concentrarme solo en darte la gloria a ti, porque para eso me creaste: “a fin de que nosotros, que ya hemos puesto nuestra esperanza en Cristo, seamos para alabanza de su gloria” (Efesios 1:12).


Más que pensar en mi lista de cosas por hacer, quiero verte en cada paso que yo dé, y que en cada paso que dé yo busque darte a ti la gloria. En cosas pequeñas, en cosas grandes…líbrame de buscar mi propia gloria, ni la gloria de los hombres. Quiero ser para alabanza de tu gloria. 

Quiero ir más allá de un tiempo devocional o a solas contigo, o como queramos llamarle, quiero experimentar tu presencia a cada minuto y así viviré mejor cada día porque “en tu presencia hay plenitud de gozo”. Que mi primer pensamiento en la mañana seas tú y mi último pensamiento en la noche esté dirigido a ti, porque tú eres mi Dios y “no hay para mí bien fuera de ti”. 

Señor, incomódame hoy, esta semana, siempre. No me dejes malgastar el tiempo en cosas vanas, refrena mi lengua de decir cualquier cosa que no sea para darte gloria. Incomódame para no vivir “una semana más”. Recuérdame cuán frágil soy y cuán breve es mi tiempo en esta tierra. 

Incomódame para marcar la diferencia en las vidas que tenga la oportunidad de tocar. Incomódame cuando pueda hacer el bien y no lo haga; cuando tenga la oportunidad de hablar de ti y no me atreva.

Tú eres un Dios radical, que no te gustan las medias tintas, no quieres tibieza. Perdónanos cuando queremos acomodarte a nuestra manera de hacer las cosas cuando en realidad nosotros tenemos que renunciar a la nuestra y someternos a la tuya. 

Perdóname si busco más la bendición que al autor de la misma. Qué pecado el de nosotros los cristianos del siglo XXI, que nos interesa más una “vida bendecida” que ser un instrumento de sacrificio en las manos del Dios que lo sacrificó todo. 

Perdóname si busco más la gloria de los hombres al hablar o al escribir cuando en realidad la única gloria que importa es la tuya. Incomódame, porque al incomodarme tú podré dejar de ser yo. Y cuando deje de ser yo, entonces podrás usarme tú. 

Llena mis pensamientos con tu verdad, porque es tu verdad la que santifica. No importa cuánto yo me esfuerce, no podré lograrlo sola ni con frases lindas ni pensamientos positivos. Es tu Palabra, porque tu Palabra es verdad.

Señor, incomódame esta semana, porque cuando empezamos a conformarnos es cuando dejamos de ser como Jesús. Recuérdame que nada puedo darlo por sentado. Todo es un producto de tu misericordia. Que no hay meta más grande que conocerte a ti, y amarte a ti, porque cuando te ame como tú dices: con todo mi corazón, con toda mi alma, contoda mi mente, y con todas mis fuerzas, entonces por fin mis prioridades quedarán bien establecidas. 

Recuérdame que vivir para alabanza de tu gloria es un riesgo, se sale de mi zona de confort y de la seguridad que tanto me gusta. 


Esta oración la escribí hace ya un tiempo, pero necesito recordarla cada día, ¿quisieras hacerla tuya también?

Dejemos que Dios nos "incomode", porque en esa incomodidad encontramos la plenitud. 

Wendy 
 

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lunes, 17 de abril de 2017

Cuando llega un lunes ordinario, después del domingo de resurrección

Lunes. Lunes después del domingo de resurrección. Lunes después de una cumbre espiritual y emocional. 



Otro lunes más. Quizá con una enorme pila de ropa esperando ser lavada, una larga lista de cosas por hacer y sin saber por dónde comenzar. Otro lunes con las mismas preocupaciones del sábado que todavía no se resuelven, solo que tuvieron un domingo de por medio. A lo mejor para ti es otro lunes de soledad, u otro lunes de dolor, o simplemente un lunes cualquiera, sin mucha inspiración ni motivación para seguir adelante.

Pero no se supone que sea “otro lunes más” después de la resurrección. ¿Qué tal si lo analizo desde otro punto de vista? ¿Qué tal si recuerdo las palabras de aquel apóstol, primero perseguidor, y luego perseguido?
“Y si nuestra esperanza en Cristo es sólo para esta vida, somos los más dignos de lástima de todo el mundo…  pero esta resurrección tiene un orden: Cristo fue resucitado como el primero de la cosecha, luego todos los que pertenecen a Cristo serán resucitados cuando él regrese.” (1 Corintios 15:19, 23)
Si reducimos la resurrección a un gran evento que identifica nuestra fe pero no vivimos creyéndola y teniéndola como el destino final, entonces realmente sí, es un lunes cualquiera. Si vivimos mirando a Cristo y su resurrección solo como algo de esta vida, sin recordar que aquí estamos de paso, que somos extranjeros y que todavía no hemos llegado “a casa”, realmente nos hemos perdido el quid del asunto.

La resurrección es victoria. Victoria sobre la muerte. Victoria sobre todo lo que esclaviza. Victoria sobre los imposibles. Victoria sobre los lunes comunes y corrientes.

La resurrección me recuerda que cuando conozco a Cristo puedo experimentar el mismo poder que aquel domingo inigualable lo levantó para siempre de los muertos.

La resurrección me recuerda que tengo otra oportunidad para empezar. Que así como marcó un nuevo comienzo en la historia del mundo puede marcar un nuevo comienzo en mi vida, porque ese poder, el que devoró la muerte, el poder de Dios, puede hacer cualquier cosa.

La resurrección da sentido a mi existencia si de una vez y por todas entiendo que Dios me trajo de muerte a vida y ahora tengo la misión de compartir con otros la noticia, tal y como hicieron las mujeres aquella mañana de la primera gran resurrección.

La resurrección me sirve de faro para no desviarme a izquierda ni derecha. Sí, vendrán tormentas, huracanes, sismos, físicos y emocionales, pero la resurrección me recuerda que son solo de carácter momentáneo. Ese no es el final.

La resurrección es esperanza ante el diagnóstico fatídico y la sentencia de divorcio, y también para la llamada que nunca quisiéramos recibir y para el adiós que no queremos decir. La resurrección es la esperanza de que un día habrá un amanecer diferente, sin más listas de pendientes ni soledad ni montones de ropa sucia. La resurrección es esperanza en una vida mejor, tal y como lo creyeron los héroes de la fe que menciona Hebreos 11.

Sí, es un lunes. Pero no es un lunes cualquiera porque este lunes es un regalo más para vivir la vida abundante que aquel domingo de resurrección hizo posible. Si lo miro como un lunes cualquiera me habré perdido la bendición de vivir en el poder de Dios para dejar que él cumpla su propósito y yo la misión que me haya encomendado… incluso con montones de ropa sucia, listas de pendientes y fragilidades humanas.

Hoy es lunes pero no un lunes cualquiera, hoy es un lunes donde quiero vivir conociendo más a Cristo y experimentando el poder que se manifestó en su resurrección. 

¡Vive como Dios lo diseñó!

Wendy 

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viernes, 14 de abril de 2017

Cuando la vida nos hace sentir impotentes, necesitamos recordar esto

¿Alguna vez te has sentido impotente? ¿Incapaz de cambiar tus circunstancias, de cambiar la actitud de otra persona, de cambiarte a ti misma? Sé lo que se siente. En múltiples ocasiones he querido cambiar todo lo mencionado antes, especialmente eso último, y más.  Pero, en su expresión más literal y estricta, no tenemos poder para nada de eso y cuando lo comprendemos, muchas veces nos sentimos…bueno, impotentes. ¿De dónde sacamos fuerzas entonces para seguir, de dónde puede venir el cambio necesario? 


Esta semana releí algo que casi me sé de memoria. Está escrito en una carta que fue redactada hace muchos  años en una prisión romana, por alguien que de seguro se sentía más que impotente pues estaba atado con cadenas a un soldado las 24 horas del día. Piensa en las implicaciones que eso tiene y dime si no es como para sentirse súper impotente...

Si te leyeras esta carta completa verías que el hombre no se queja ni una sola vez, a pesar de sus difíciles circunstancias. Al contrario, muchas veces habla de alegría y gozo. Me pongo a pensar que de haber estado en su situación, yo hubiera escrito todo un manifiesto acerca de lo injusto de mis circunstancias, de cuán crueles eran los romanos y hubiera tratado de que se enterara todo el mundo conocido entonces, a pesar de que no había imprenta, ni correo y mucho menos Internet.

Te hablo de la carta de Pablo el apóstol a los filipenses, y lo que releí es esto: “Quiero conocer a Cristo y experimentar el gran poder que lo levantó de los muertos” (Filipenses 3:10)

Muchas veces cuando pensamos en la muerte y la resurrección de Jesús, por alguna razón lo limitamos a la muerte física y la victoria sobre la misma. Sin embargo, pensando en estas palabras de Pablo, yo quiero experimentar ese gran poder también en esta vida; quiero cambiar mi impotencia por la potencia, el poder de Dios, que es tal que levantó a Jesús de los muertos.

Sin embargo, esto tiene un orden, fíjate que primero dice: “quiero conocer a Cristo”. Esa es la primera condición. Según la RAE, una de las definiciones de conocer es: Tener trato y comunicación con alguien. Una cosa es saber quién es Cristo y otra muy diferente es conocerle. Para eso necesito tratar con él, comunicarme con él. Y la única manera de hacerlo es mediante la lectura de su Palabra y la oración. Es como cuando queremos llegar a tener una verdadera relación con una amiga, tenemos que proponernos tratar a menudo con ella, comunicarnos directamente, para así conocerla.

Es cuando conocemos a Cristo de verdad que podemos experimentar el poder de su resurrección, como dicen otras versiones. La resurrección de Jesús significó primero que nada la victoria sobre el yugo de la muerte, pero también implicó la victoria sobre todas aquellas cosas que nos hacen sentir impotentes. Nuestro poder humano es muy limitado, es finito y frágil. El poder que levantó a Jesús de los muertos no tiene límites. Es el poder de Dios. Y ese poder está a nuestra disposición cuando conocemos a Cristo.

Lee detenidamente estas palabras del mismo Pablo: «…que vivan de manera digna del Señor, agradándole en todo. Esto implica dar fruto en toda buena obra, crecer en el conocimiento de Dios y ser fortalecidos en todo sentido con su glorioso poder. Así perseverarán con paciencia en toda situación…» Cuando contamos con el poder de Dios podemos perseverar con paciencia en toda situación, incluso en las que nos hacen sentir impotentes. 

¿Quieres el poder? Recuerda, conocerle es el primer paso.

Bendiciones,

Wendy 

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miércoles, 12 de abril de 2017

¿Y si hubiéramos estado en la "última cena"?

La última cena. Subtítulo de un pasaje bíblico. Nombre de cuadros famosos, representada en más de una película. Pero más que nada, un momento real en la historia, real y determinante. Varias personas fueron parte de este memorable sucedo. Y si tú y yo hubiéramos estado presentes, ¿a quién nos pareceríamos?



Hay alguien cuyo nombre no se menciona pero es clave en este relato. El dueño de la casa. Es evidente que conocía al Maestro porque con la sola mención de su nombre, abriría las puertas de aquella habitación para que Jesús y sus discípulos se reunieran para comer juntos aquella cena especial. ¿Te has puesto a pensar que aquel hombre no cuestionó  nada? De hecho, ¡ya  estaba preparado!

Quiero parecerme a él. Que la sola mención del nombre de Jesús me haga abrir las puertas mi corazón que tantas veces quiero cerrar. Que al escuchar Jesús rinda todos mis planes, agendas, y esté preparada. Que cuando el Maestro llame yo siempre responda ¡aquí estoy, lista! No creas que porque escribo un blog, doy conferencias y ministro a la vida de mujeres mi vida es un cuadro de perfección. ¡Nada más lejos! Y, ¿sabes?, estoy convencida de que este hombre anónimo tampoco fue perfecto pero su carácter nos deja una lección intemporal: mantener el corazón abierto para Jesús y en el nombre de Jesús, tal y como él lo hizo con su casa.

¿A quién más nos podemos parecer? Ah, sí… el personaje oscuro. Aquel que preferiríamos borrar de la historia. Hasta su nombre nos resulta repulsivo. Judas. No sabemos mucho de su vida, ni de su familia. Sabemos que administraba el dinero y que lamentablemente la codicia pesaba más que la bondad en su corazón. A estas alturas quizá te estés preguntando por qué se me ocurrió pensar que pudiéramos parecernos en algo a Judas. Bueno, “el que crea estar firme…” Nuestros motivos pudieran volverse egoístas como los de Judas y llevarnos a traicionar al Maestro. Sí, es muy probable que no neguemos su nombre abiertamente, pero podemos hacerlo día  a día en el corazón cuando las aspiraciones personales, los motivos egoístas destronan a Jesús y sientan al yo. Judas fue un pobre infeliz al final de la historia, pero si creemos que nunca podríamos ser como él, el orgullo ya se ha apoderado de nuestra vida.

Amiga mía, este personaje oscuro sigue merodeando hoy, se viste con muchos trajes y te presenta oportunidades constantes para que digas sí. ¡No te dejes engañar! Este hombre caminó con Jesús cada día de su ministerio terrenal y no obstante, mira cuál fue el final. Debemos guardar nuestro corazón y presentarlo a Dios cada día para que lo revise y nos muestre dónde la oscuridad quiere ganar terreno.

Tenemos otro personaje más. Este no quería perder ni un instante la compañía de su Maestro, sabía que los minutos estaban contados. Recostado a su lado comió de la última cena. Aquel a quien muchas veces se le llama “el discípulo a quien Jesús amaba”, a quien él encomendó el cuidado de su mamá. Juan. Juan nos enseña a buscar la proximidad, la cercanía, la intimidad con Jesús. Para él no era suficiente sentarse a la mesa. Él quería estar cerca, lo más cerca posible. Dice el griego original que “se recostó a Jesús”.

¿Cuánto buscamos tú y yo hacer lo mismo? ¿Cuánto valoramos la intimidad con Jesús, el tiempo a solas, “recostarnos” a su pecho y dejar que sus latidos desaceleren los nuestros y nos hagan cambiar el compás para que entremos en perfecta armonía con los deseos y sueños del Maestro? Te confieso que no siempre quiero hacerlo. Ya estoy tan acostumbrada al ritmo vertiginoso del siglo veintiuno en Norteamérica que bajar la marcha en ocasiones me parece una pérdida de tiempo. ¡Cómo nos dejamos engañar! Quiero aprender de Juan, él buscó lo mejor. Quiero sentarme a la mesa con Jesús, cada día, su banquete satisface más que cualquier otro manjar. Si tan solo lo recordáramos lo suficiente no andaríamos buscando las migajas. 

Sí, no tuvimos el privilegio de participar de aquella Pascua, pero ahora tenemos al Cordero a nuestro lado todos los días. Él nos invita a un banquete: 
“¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos” (Apocalipsis 3:20). 
Ese mensaje es para ti. Es para mí. Él te llama y quiere que abras la puerta y le dejes entrar, para cenar contigo.

Aquel dueño de Jerusalén escuchó el llamado, abrió la puerta y Jesús entró para cenar. Juan no titubeó y escogió el lugar más cercano junto al maestro. Y Judas… bueno, recogió su cosecha.  

¿A quién escogeremos parecernos hoy?

En esta semana especial, meditemos más allá de lo acostumbrado. ¿Quién es Jesús para ti? Cómo respondamos a esa pregunta determinará nuestra identidad. 

Bendiciones,

Wendy 

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