miércoles, 25 de mayo de 2016

Cuestión de fruto y carácter {Estudio de Filipenses, día 2}

Quiero que entiendan lo que realmente importa, a fin de que lleven una vida pura e intachable hasta el día que Cristo vuelva.  Que estén siempre llenos del fruto de la salvación —es decir el carácter justo que Jesucristo produce en su vida— porque esto traerá mucha gloria y alabanza a Dios.
Filipenses 1:10-11


Algo que me gusta mucho de la Nueva Traducción Viviente es que al usar un español más actual, las cosas suenan como si alguien estuviera conversando con nosotros, de tú a tú. La primera vez que leí Filipenses completo en esta versión varios versículos saltaron a mi vista como nunca antes.
Hoy vamos a hablar de “lo que realmente importa”…y tal vez te sorprenda saber que ese algo es nuestro carácter.
Quiero que entiendan lo que realmente importa… Pablo estaba a punto de decirles algo muy importante. ¿Y por qué estaba tan interesado en revelar esas verdades importantes? Él mismo responde: “a fin de que lleven una vida pura e intachable hasta el día que Cristo vuelva”. Esa es la meta. Así que, prestemos atención porque ahora viene la primera pepita de oro.

Que estén siempre llenos del fruto de la salvación —es decir el carácter justo que Jesucristo produce en su vida. Toma unos segundos y vuelve a leer ese versículo, despacio. ¿Lo captaste? Lo realmente importante es que estemos llenos del fruto de la salvación…y ese fruto es el carácter justo que Cristo produce en nosotros. ¿Frase clave? Carácter producido por Cristo.

La Real Academia da varias definiciones para esta palabra, pero hay dos en las que quiero detenerme y que las vinculemos con lo que Pablo nos dice:
Carácter: Conjunto de cualidades… propias de una cosa, de una persona o de una colectividad, que las distingue, por su modo de ser u obrar, de las demás.

Eso es nuestro carácter. Algo con lo que tantas veces luchamos porque ese conjunto de cualidades a menudo no son lo que quisiéramos, ¿cierto? Sin embargo, Pablo nos dice que el fruto de nuestra salvación es el carácter justo. El fruto, es decir, el resultado. La salvación que Cristo nos dio en la cruz, además de implicar para nosotros vida eterna y perdón de pecados, implica también vida nueva, vida transformada. Carácter justo…producido por Cristo.
Interesante que otra acepción de carácter dice:
Señal o marca que se imprime, pinta o esculpe en algo”.

Es decir que ahora nuestro carácter es una señal de Cristo en nosotros.  Él la puso ahí.
Eso me desafía mucho. ¿Y a ti? ¿Y sabes por qué el desafío? Por lo que dice el final del versículo: “porque esto traerá mucha gloria y alabanza a Dios”.  El fruto de Cristo en mi vida debe ser para gloria y alabanza de Dios. Sin embargo, tantas veces mi carácter produce cualquier cosa menos gloria y alabanza a Dios. Con honestidad lo digo.
¿Cuál es la esperanza entonces? CRISTO. Es Cristo quien va produciendo en nosotros el cambio; es un proceso, una obra en construcción. Y para ello Dios usa al Espíritu Santo.
Regresando al principio, Pablo tenía un mensaje claro para los filipenses, y para nosotros. Entendamos lo verdaderamente importante: nuestro carácter, aquello con lo que la gente interactúa cada día. Y ese carácter es para darle gloria y alabanza a Dios, es la verdadera señal de la obra de Cristo en nosotros. No puedo decir que soy de Cristo, cristiana, y reflejar con mi carácter todo lo contrario.
Mi querida amiga, yo quiero entender lo que es realmente importante, ¿y tú? Quiero un carácter que refleje a Cristo, que verdaderamente muestre a los demás su obra en mi vida. Y eso solo lo logro rindiéndome a la obra diaria de su Espíritu en mí. Lo necesito, oh sí, ¡cuánto lo necesito! ¿Tú?
¿Quieres pedírselo a Dios conmigo?
Señor, hoy vengo delante de ti para pedirte que hagas abundar en mi vida el fruto de tu Espíritu Santo. Quiero que mi carácter sea para tu gloria y alabanza. Ayúdame a poner en práctica lo que me revelas en tu Palabra. Como dijera el salmista: crea en mí un corazón justo y renueva un espíritu recto dentro de mí. Que otros puedan ver en mí el fruto de tu presencia: amor, alegría, paz, paciencia, gentileza, bondad, fidelidad, humildad y control propio. Perdóname cuando decido actuar de otra manera. Gracias porque tu obra en mí seguirá hasta el día de Jesucristo. En su nombre te lo pido, amén. 

El viernes tendremos el resumen de esta primera semana, con algunos datos extra para aumentar nuestro conocimiento bíblico. Me encantaría escuchar tus comentarios, lo que has aprendido, y demás. ¡Gracias!

Bendiciones,

Wendy 

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lunes, 23 de mayo de 2016

Un cambio de papeles {Estudio de Filipenses, día 1}

Hace un tiempo el Señor me llevó a leer y releer Filipenses. En ese momento no estaba clara de por qué, pero ahora lo entiendo…para que compartiera contigo lo que él me estuviera enseñando a mí. ¿Aceptas la invitación? Vamos a sumergirnos en esta maravillosa carta del apóstol Pablo. Sé que Dios tiene mucho para nosotras allí.


“Saludos de Pablo y de Timoteo, esclavos de Cristo Jesús…”

Era una manera muy diferente de escribir, ¿verdad? Por lo general nosotros dejamos los saludos para el final. Sin embargo, quiero hacerte pensar en la palabra que llamó mi atención cuando empecé a leer Filipenses en esta oportunidad.

Esclavos. Pablo y Timoteo, esclavos de Jesús. A pesar de saber que en Cristo somos libres, y de afirmarlo muchas veces en todas sus cartas, Pablo se veía a sí mismo como esclavo de Jesús.
Todas sabemos qué es un esclavo, alguien que no tiene voluntad propia porque su vida está supeditada por completo a la voluntad del dueño. Un esclavo hace solo lo que el dueño le manda, cuando el dueño manda. Un esclavo no se queja ni protesta a lo que el dueño le dice. Un esclavo siempre dice que sí sin cuestionar.

¿Alguna vez te has considerado esclava de Cristo? En esta época en la que muchas veces lo que nos mueve es la idea de “ese es mi derecho”, “me pertenece”, “yo, yo, yo”… ¿nos vemos como esclavas de Aquel a quien llamamos Señor? Creo que a veces, aunque no lo decimos, en nuestra mente invertimos los papeles y creemos que es al revés. Vemos a Dios como “el genio de la lámpara” y nosotras una “Aladina” que puede pedir deseos a su antojo, enojarse con el genio y mandarlo para dentro de la lámpara si las cosas no salen a nuestro antojo. Suena duro, pero es así. Te lo digo por experiencia propia.

Mi querida lectora, ¿qué tal si empezamos a pensar como Pablo? Soy una esclava de Cristo… “ya no vivo yo, más vive Cristo en mí”. Eso es lo que quiere decir que Cristo es mi Señor. Adonde él me lleve, voy. Si me dice que esté tranquila, lo acepto sin refunfuñar. Le rindo mi voluntad, mis sueños, mi familia, todo. Se trata de él y no de mí.

¿Cuál es la diferencia entre ser esclava de Cristo o esclava como el mundo lo entiende? Lo hago por decisión, por voluntad propia. Nadie me obliga. Fui comprada por un alto precio, la sangre de Jesús, pero él no me lo impone, yo lo acepto o no.

Pablo hizo grandes cosas para Dios. Sin dudas, misionero de misioneros. Pero, ¿sabes algo? Las vidas que realmente Dios puede usar son aquellas que se presentan delante de él rendidas, dispuestas a que él sea el protagonista. Son vidas esclavas, en el mejor sentido de la palabra.

Un viejo himno decía:
Todo a Cristo yo me rindo,
con el fin de serle fiel.Para siempre quiero amarley agradarle solo a él.Yo me rindo a él…

Quizá lo conoces, te invito a buscarlo, hay versiones modernas. A mí me gusta mucho y lo canto a menudo.  Me recuerda a quién sirvo y cuál debe ser mi actitud. 

Entonces, ¿aceptamos el reto? Cuando le dijimos sí a Jesús, eso es lo que implica. No podemos decir sí a unas cosas y a otras no. No podemos escoger en qué le seguimos a él y en qué decidimos por nuestra cuenta. Eso es ser __________________ (ahí pones tu nombre), esclava de Jesucristo.

Si decides hacer este estudio, te invito a dejar un breve comentario, solo para saber que serás parte del grupo. Quizá hagamos encuentros en Facebook en vivo, como hemos hecho antes. ¡Te avisaré!

Bendiciones en tu semana,

Wendy 

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viernes, 20 de mayo de 2016

"¡Mi esposo no me entiende!"... ¿qué hacer?

"¡Mi esposo no me entiende!", una frase común que de seguro has escuchado muchas veces y quizá incluso la has dicho o cuando menos pensado. Creo que nos pasa a todas en un momento u otro de la vida. 

En esta enseñanza en video quiero compartir contigo algunas perspectivas al respecto y soluciones que me han ayudado a mí en lo que tal vez en realidad no sea el dilema que nos parece. 

¡Te invito a ver! (Si recibes el blog por email y no puedes ver el video, haz clic aquí.) Como siempre, tus comentarios son bienvenidos. Y te animo también a compartir esta publicación si consideras que puede ayudar a otras personas. 

Nota: Este video fue hecho con Periscope y por tanto tiene las características de ese medio.



Bendiciones en tu fin de semana,

Wendy 


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lunes, 16 de mayo de 2016

Mamá, no puedes esperar por la iglesia (ni por la escuela)

El viernes pasado una noticia recorrió los medios aquí en los Estados Unidos y creó un estado de inconformidad, frustración y enojo en muchos círculos… entre ellos, las familias cristianas. ¿Qué noticia? El decreto del presidente para las escuelas públicas con relación al uso de los baños y la necesidad de acomodar estos de manera que puedan ser usados por estudiantes transexuales. Dicho con otras palabras, varones en los baños de las niñas y viceversa.


No pretendo politizar este blog pero a raíz de todo esto, con lo que por supuesto estoy en total desacuerdo, me puse a pensar más allá. Más allá de lo que la política implica. Me puse a pensar en nuestro rol como madres e instructoras.

El tema de los baños en realidad es solo una arista de algo mucho mayor, y como cristianos sabemos que en el centro de toda esta pelea hay un conflicto espiritual. Y ese conflicto espiritual tiene como meta llevar cuesta abajo a toda una generación, arrancándole todo tipo de valores morales y espirituales.  Y en esa generación están tus hijos, los míos, sobrinos, nietos, etc.

Por años, lamentablemente, el pueblo cristiano ha dependido de la iglesia e incluso de la escuela para la instrucción y la siembra de valores y moralidad. ¡Error craso! Y dadas las circunstancias que estamos viviendo, y que poco a poco irán alcanzando a cada rincón del planeta, corremos un grave peligro si continuamos dependiendo de estas dos instituciones para la crianza de nuestros hijos.

No me malentiendas. ¡Claro que la iglesia es importante! Y nadie puede ignorar el alcance de la educación académica. Pero ninguna de ellas puede sustituir el rol que Dios ha puesto en nuestras manos como madres, como familia. Y no te queden dudas, tendremos que dar cuentas de cómo desarrollamos este papel.

Poco a poco los currículos escolares han ido cambiando, y cambiarán todavía más, para dar espacio a un nuevo sistema que promueve todo lo contrario a lo que Dios enseña en su Palabra. ¿Qué vamos a hacer nosotros para contrarrestar todo esto?

Conversaba yo en mi mente con el Señor todos estos temas, pensando en los miles y miles de familias cristianas donde la educación privada, con valores también cristianos, no es una opción. Otras que por diversas circunstancias no pueden ni siquiera considerar la educación en casa. ¿Qué hacer? Tenemos que asumir la responsabilidad, ahora más que nunca, de convertirnos en maestras de la Palabra de Dios.

Enseñar a nuestros hijos la Biblia tiene que ser más importante que ver televisión, que dejar toda la casa limpia antes de irnos a dormir o pasar rato en las redes sociales. Igual que programamos otras cosas en nuestra agenda, tenemos que programar tiempo para enseñarles, para memorizar, para impregnar sus mentes y corazones de la verdad de modo que puedan identificar la mentira y saber contrarrestarla.

¿Por qué dije entonces que no puedes esperar por la iglesia? Porque la iglesia es como el postre, el complemento, pero tus hijos solo están allí un rato, un espacio de tiempo. ¡En la casa están siempre! La responsabilidad primera la tenemos nosotros los padres.

Fue por eso que Dios le dijo al pueblo de Israel: “Por lo tanto, comprométete de todo corazón a cumplir estas palabras que te doy. Átalas a tus manos y llévalas sobre la frente para recordarlas. Enséñalas a tus hijos. Habla de ellas en tus conversaciones cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes…” (Deuteronomio 11:18-19).  Y luego el apóstol Pablo nos exhorta en Efesios: “…críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor” (6:4).   

Mi querida lectora, no podemos depender solamente de la iglesia para que ellos aprendan lo que Dios enseña. Y en cuanto a valores morales y espirituales, ¡no podemos confiar en las escuelas! ¡Al contrario!

El enemigo de nuestras almas se ha propuesto borrar todo tipo de estándares y quiere empezar con los niños y jóvenes, desde muy pequeños. ¿Lo vamos a permitir? ¿Nos vamos a sentar a llorar y lamentarnos o nos vamos a parar firmes en la brecha para orar, interceder y enseñar? Esta tarea no es para gente temerosa ni de doble ánimo, es para valientes, para los que entienden que hay mucho en juego y nos toca dar el paso.

Sí, es un tema radical, pero Dios es radical, no de medias tintas. Lo tibio le causa repulsión (Ap 3:16). El diseño de Dios para ti y para mí implica que cumplamos con nuestro rol de instruir y ser obedientes y que enseñemos a nuestros hijos que aunque Dios es amor, también es justicia y juzgará de acuerdo a sus estándares no a los nuestros.

Amiga,  nos toca ajustarnos la falda y dar la pelea. “Estén alerta. Permanezcan firmes en la fe. Sean valientes. Sean fuertes” (1 Corintios 16:13, NTV).

Bendiciones en tu semana,


Wendy 

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