miércoles, 28 de septiembre de 2016

¿Estás "ganando" en tu carrera?

Algunos han comparado la vida con una carrera. Y en cierto modo tienen razón. Corremos todo el tiempo.

Corremos porque las 24 horas no nos parecen suficientes para todo lo que queremos hacer. Corremos porque queremos llegar pronto a nuestro destino, ya sea al supermercado o un logro profesional. Corremos porque nos parece que solo así estaremos a tono con el ajetreo indetenible del mundo que nos rodea. Corremos.


Resulta que la comparación de la vida con una carrera es mucho más vieja de lo que creemos. Allá por el primer siglo de esta era el apóstol Pablo hizo la misma comparación. Creo que en parte porque estaba escribiendo a griegos y estos entenderían muy bien la analogía. A fin de cuentas ellos fueron la cultura que dio origen a las olimpiadas.

Y estaba yo pensando en mi semana, en todo lo que quiero y/o tengo que hacer, en cómo administrar mejor el tiempo… (otra vez corriendo contra el reloj), cuando estas palabras de Pablo captaron mi atención:
¡Así que corran para ganar! Todos los atletas se entrenan con disciplina. Lo hacen para ganar un premio que se desvanecerá, pero nosotros lo hacemos por un premio eterno. Por eso yo corro cada paso con propósito. No sólo doy golpes al aire. (1 Co 9:24-26)
¿Quieres leerlas de nuevo?

La frase que me dejó pensando fue: yo corro cada paso con propósitoSí, estamos en una carrera, pero ¿la corremos con propósito, a cada paso? ¿O simplemente damos golpes al aire?

En la carrera de la vida muchas veces los días se nos van solamente “corriendo”. Haciendo las cosas sin pensar mucho, solo golpeando al aire, tratando de tachar cosas de la lista de pendientes. Corriendo para llegar pero no para ganar. ¿Te das cuenta de la diferencia?

Pero, ¿ganar qué? ¿Fama, riqueza, posición, una casa linda y siempre ordenada, una familia perfecta que se viste coordinadamente cada domingo para ir a la iglesia? Nada más lejos de la idea original. Podemos llegar a la fama, tener riquezas y todo lo demás que mencioné pero aún estar corriendo sin propósito… solo golpeando al aire.

Nuestro verdadero propósito es eterno, y común para todos: hemos sido creados para alabanza de la gloria de Dios. Ese es el propósito general.

Sin embargo, cada una de nosotras además tiene un propósito determinado que solo tú y yo podemos cumplir. Dios diseñó algo que solo tú, con tu personalidad, con tus dones, puedes hacer. Una carrera que solo tú puedes correr. Pero para ganarla tienes que entrenarte con disciplina y correr cada paso con propósito.

¿Qué quiero decir con todo eso? Tienes que empezar por conocer tu propósito, a qué te ha llamado Dios. Ese llamado puede incluir varias cosas: esposa, mamá, líder, maestra, músico, escritora, médico, costurera, chef…etc. En cada uno de los roles que tengamos necesitamos dar pasos con propósito que nos ayuden a ganar el premio de la carrera. Y eso solo se logra con los ojos puestos en la meta, tal y como hacen los atletas. La meta de darle la gloria a Dios. 

¿Cuál es el método? La disciplina del día a día. Es más fácil hacer las cosas a nuestra manera y siguiendo los instintos de nuestra naturaleza. Pero para darle la gloria a Dios en todo es necesaria la disciplina de poner nuestro yo bajo el señorío de Cristo. Disciplina, como los atletas.

Solo tenemos una cantidad de tiempo determinada en esta vida terrenal, no podemos darnos el lujo de dar golpes al aire y no conseguir nada, de correr pero no ganar. Cada paso tiene que estar enfocado en el propósito de darle gloria a Dios en la carrera que él me ha puesto por delante. 


¿Lista para correr con esta perspectiva?

Bendiciones,

Wendy
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lunes, 26 de septiembre de 2016

Para cuando parece que la vida se vuelve "si tan solo..."

“Señor, si tan solo..." y puedes completar la frase con cualquier cosa que Dios pudiera haber cambiado o hecho realidad, pero no fue así, por ejemplo:

Si  tan solo mi matrimonio no se hubiera roto.
Si tan solo hubiera tenido hijos.
Si tan solo hubiera terminado la universidad.
Si tan solo te hubiera conocido antes y no hubiera malgastado mis años.
Si tan solo, si tan solo, si tan solo…


Es una frase que muchas veces hemos pronunciado, o pensado. ¿Y sabes? Creo que Dios está preparado para escucharla. De hecho, Jesús la escuchó de boca de una persona muy querida para él, alguien que formó parte de su círculo de amigos en la Tierra.  Lee este fragmento:
“Señor, si tan solo hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto.” (Juan 11:21)
Esas fueron las palabras de Marta cuando se encontró con Jesús. Para Marta, una mujer de carne y hueso como tú y yo, Jesús había llegado tarde. De haberlo hecho a tiempo, hubieran cambiado las circunstancias que ahora provocaban tanto dolor en su familia.

Sin embargo, la segunda parte de su declaración es la que realmente me impacta:
“…pero aun ahora, yo sé que Dios te dará todo lo que pidas” (Juan 11:22).
Para Marta, Jesús no llegó a tiempo, su demora llevó a una pérdida.  No obstante, en medio de todo, ella le dijo “aun ahora”. Es decir, “a pesar de que no llegaste a tiempo, a pesar de que no cambiaste las circunstancias, a pesar de que no respondiste a la petición que María y yo te hicimos, aun ahora puedes hacer algo. En medio de mi dolor puedes hacer algo.” Eso era básicamente lo que Marta estaba diciendo.

Permíteme aclarar algo. Dios nunca llega tarde... según su reloj. El problema es que nosotros lo medimos todo según el nuestro y por tanto cuando las cosas no suceden cuándo, cómo y dónde queremos o imaginamos, nos parece que Dios ha llegado tarde… que ya el sueño murió, que la situación está decidida, que no se pueden cambiar las cosas.

¡Tenemos que aprender de Marta! Tenemos que decir: "aun ahora". Tú puedes decir "aun ahora, cuando mi matrimonio se terminó; aun ahora cuando siento que no logré los sueños; aun ahora que no tengo el título que quería tener, aun ahora que ya tengo X años y la vida se me ha ido, ¡aun ahora, Dios!"

¿En qué se basó su respuesta? En lo que ella creía, por eso declaró: “Siempre he creído que tú eres el Mesías, el Hijo de Dios, el que ha venido de Dios al mundo”. Dicho de otra manera: “Yo no sé qué se puede hacer, ¡pero tú que eres el Mesías, el Hijo de Dios que vino al mundo, siempre puedes hacer algo, aun ahora!".

Quiero proponerte algo, mi querida lectora. No nos quedemos en el “si tan solo…” Sí, puedes llegar a Dios con confianza y abrirle tu corazón, y contarle de todos tus “si tan solo”, pero después, tenemos que hacer como Marta y declarar: “pero aun ahora…porque tú eres el Hijo de Dios”.  El “si tan solo” nos amarra al pasado. El “aun ahora” nos trae al presente y nos enfoca en el futuro. 

Nosotros sabemos el final de la historia, pero cuando Marta tuvo esta conversación con Jesús, no lo sabía. Así que, incluso cuando desconozcamos el desenlace de la historia o esta no tenga el final que esperamos, atrevámonos a decir junto con ella “aun ahora”…y como Marta, veremos la gloria de Dios.

Bendiciones en esta nueva semana,

Wendy
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viernes, 23 de septiembre de 2016

Mamá imperfecta, ¡y está bien!

Estoy segura de que cuando pasen los años y mire hacia atrás, habrá muchas cosas que quisiera haber hecho diferente como madre. ¿Será porque no puse todo mi empeño, o porque no di prioridad a este rol, o porque no leí suficientes libros sobre la maternidad a la manera de Dios? Creo que no. La respuesta es mucho más sencilla: simplemente porque soy humana y por mucho que me esfuerce nunca seré perfecta. Por lo tanto, en mi función de mamá, como en todas las demás, cometeré errores.


No hay manera de ser la súper mamá que tú y yo quisiéramos. Si brillamos en una cosa, es muy probable que fallemos en otra. Necesitamos aferrarnos cada día a la gracia de Dios si no queremos ser madres frustradas. Necesitamos entender la misericordia que el Padre nos muestra, incondicional, para no flagelarnos constantemente por los errores que a veces nos hacen quedarnos despiertas en medio de la noche.

Sí, es bueno que aprendamos de los errores, es excelente prepararnos hasta donde sea posible y maravilloso escuchar el consejo de otras madres que nos han precedido. Pero, incluso con todo esto, no seremos mamás perfectas. ¿Y sabes qué? ¡Está bien! Dios no quiere ni espera mamás perfectas. Él nos ha llamado a este rol consciente de que muchas veces tendremos que venir a su presencia pidiendo auxilio, con preguntas para las que no tenemos respuesta, con lágrimas, con preocupaciones, con temores. ¡Pero eso es justamente lo que tu Padre celestial desea! Él quiere que seamos mamás dependientes de su sabiduría, de su gracia, de su misericordia y de su amor. Y que confiemos en que la vida de nuestros hijos está, más que nada, en sus manos.

Meditaba en algo que a la vez me hizo pensar en mi rol de mamá. ¡Cuántos sueños tenemos cuando nuestros hijos nacen! Anhelamos para ellos un futuro brillante, victorias, premios. Deseamos de todo corazón que tomen decisiones acertadas, que no se desvíen ni a derecha ni a izquierda. Quisiéramos evitarle todo dolor. Que pudieran pasar por la vida sin magulladuras. Que los errores que plagaron nuestra juventud no sean los de ellos… Y soñamos muchas otras cosas. Sin embargo, mientras meditaba en todo esto y pensaba en las mamás que batallan con todo lo anterior, un pensamiento se apoderó de mi mente: la mejor oración que tú y yo podemos hacer por nuestros hijos es que el plan de Dios se cumpla en su vida.

No siempre es fácil orar de esa manera, porque los planes de Dios, aunque siempre son los mejores y tienen como meta nuestro bien, muchas veces requieren situaciones que preferiríamos evitar según nuestros criterios humanos.

No creo que José hubiera escogido ser vendido como esclavo ni estar en la cárcel de Egipto. Pero Dios tuvo que hacerlo pasar por todo aquello para que luego pudiera ocupar el lugar que le dio. Quizá Ester hubiera escogido otra cosa y no ser parte del harén del rey de Persia, pero su decisión valiente salvó a toda una nación. Y por supuesto, Jesús hubiera preferido pasar la copa de la muerte, pero si lo hubiera hecho, yo no estaría escribiendo este blog ni tú estuvieras leyéndolo. Y los tres, José, Ester y Jesús, tuvieron madres humanas como nosotras que de seguro nunca hubieran escogido el camino que sus hijos tuvieron que recorrer… ¡pero el plan de Dios siempre es mejor!

Mi amiga lectora, con estas palabras quiero animarte. Primero,  deja de anhelar ser perfecta y vive en la gracia de Dios. Depende de él para ser mamá. Y no olvides que la mejor oración que puedes hacer por tus hijos, el mejor anhelo que puedes albergar, es que los planes de Dios se cumplan en su vida. Ellos necesitan tener un encuentro con él y depositar sus vidas en las manos del Autor. Nuestra función es mostrarles el camino y confiar en Jesús para el resto. 

Bendiciones en tu fin de semana,

Wendy
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miércoles, 21 de septiembre de 2016

¿A quién me parezco más?

Casi siempre cuando alguien conoce a mis hijos por primera vez me dice: “la niña se parece mucho a su papá, y el varón se parece más a ti”. No obstante, siempre hay quien dice lo contrario.

En mi familia varios me han dicho que camino igual a una de mis bisabuelas, a la que no conocí. Mi esposo, por su parte, camina igualito a su papá.


La realidad es que la genética juega un papel increíble cuando de parecidos se trata. Sin embargo, hay muchas cosas más que influyen en aquello que somos. El ambiente en que crecemos, por ejemplo, juega un papel crucial.

Recuerdo que de niña escuché muchas veces esta frase: “lo malo se aprende rápido” o “los malos hábitos se pegan enseguida”. Y, con el paso de los años, he llegado a la conclusión de que así es. Pero lo opuesto también sucede. Cuando pasamos tiempo con una persona que ríe mucho, el sentido del humor un tanto que se nos despierta. En cambio, si compartimos más con alguien gruñón y enojadizo… ¡ya sabemos la respuesta! No por gusto la Biblia habla de que las malas conversaciones corrompen las buenas costumbres. Terminaremos pareciéndonos mucho a aquella persona con quien pasemos más tiempo.

¿Adónde quiero llegar con todo esto? Bueno, hace unos días estuve meditando en todas estas cosas porque una pregunta me daba vueltas en la cabeza: ¿a quién te pareces más? Y no se trataba realmente de los parecidos físicos, se trataba más bien de aquello en lo que la genética no tiene voz ni voto. Estaba pensando en mi corazón.

Si realmente quiero parecerme a Jesús, ¡necesito pasar mucho tiempo con él! No puede suceder tan solo por asistir al culto el domingo…. ¡ni siquiera por ir varias veces por semana! Tampoco lo lograré escuchando la radio cristiana, aunque sean sermones muy buenos. No será leyendo el último libro sobre crecimiento espiritual ni aprendiéndome un montón de canciones. Sí, todas esas cosas pueden ayudarme en mi caminar cristiano, pero no harán que me parezca más a Cristo.  

Parecerme a Cristo es un proceso que ocurre en “lo secreto”, como él mismo lo llamó. En ese lugar de intimidad donde nadie más interviene. Allí donde nos encontramos y dejamos que su Palabra penetre el corazón y nos hable, aunque no haya voz audible. Ese parecido es la obra de su Espíritu en nosotros, que poco a poco comienza a borrar el yo para reflejarlo a él: “El Señor, quien es el Espíritu, nos hace más y más parecidos a él a medida que somos transformados a su gloriosa imagen” (2 Corintios 3:18).

Sin embargo, a diferencia de nuestros parecidos genéticos, sobre los cuales no tenemos ningún control, parecernos a nuestro Señor dependerá en buena medida de cuán dispuestos estemos a dejarle esculpir su imagen sobre nosotros. Para parecernos a él tenemos que rendirnos de manera total, completa, sin reservas. Parecerme a Cristo es entender lo que dijera Juan el Bautista, dejar que él crezca y que yo disminuya en importancia. Entender como Pablo que ya no vivo yo, ahora es él quien vive en mí.

Los años pasan y nuestros rostros cambian. ¿Te has fijado que en la vejez muchos comienzan a parecerse todavía más a sus padres o sus abuelos? Es como que los genes que tenemos en común con nuestros ancestros se revelan todavía más. Esa también debe ser la meta en nuestro caminar con Jesús; que a medida que los años pasen cuando alguien nos mire, converse con nosotros y nos vea actuar pueda percibir que hemos vivido junto al Maestro, a sus pies.  

Bendiciones,

Wendy
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