viernes, 22 de septiembre de 2017

¿Cómo es nuestra casa?

¡Hay casas de las que nunca quisiéramos irnos cuando las visitamos porque nos sentimos tan bien! No es que los que allí viven sean parte de una familia perfecta, sino que han covertido ese lugar en un remanso de paz.

Otras, por el contrario, están en la "lista negra" y solo vamos cuando no tenemos otra opción. Estar allí nos recuerda más bien un campo de batalla donde cada quien está en su propio flanco a espera de que se dispare la primera bala para comenzar el combate. 


¿En cuál de los dos grupos estará la nuestra? 

Lamentablemente muchas veces la destrucción de un hogar viene por nuestras propias manos. Y quizá te preguntes cómo es posible. Pues, de muchas maneras, algunas más sutiles que otras. 

Una de ellas es la que describe este pasaje de la Biblia:
“Es mejor vivir solo en el desierto que con una esposa que se queja y busca pleitos.” (Proverbios 21:19)
Cuando tenemos un espíritu quejoso y buscapleitos estamos dando pie a que nuestro hogar se tambalee. Es muy difícil vivir en compañía de alguien que constantemente pelea o se queja. Por eso este proverbio dice que es mejor vivir solo que con alguien así. Tengo que confesar he sido culpable de esto en más de una ocasión. Y reconozco también que no es un cuadro lindo ni digno de ser observado.

Para empezar, Dios detesta la queja, como mencionamos hace unos días en este artículo. Si te quedan dudas, haz una búsqueda de todas las veces que aparece la palabra queja en la Biblia y verás en cuántas ocasiones Dios se molestó con el pueblo de Israel por este asunto. Tú y yo muchas veces somos como ellos. La raíz de la queja en gran medida es la ingratitud. Pero Dios nos dice en su Palabra que el que le ofrece gratitud, le honra (Salmos 50:23). De modo que lo contrario también se cumple, cuando somos ingratas, deshonramos a Dios. ¡Dejemos de ser mujeres quejosas!

Nuestra actitud influye en gran manera en el resto de nuestra familia. Ya que por lo general pasamos más tiempo con nuestros hijos, ellos observarán nuestra conducta muy de cerca. Si ven en nosotras una persona que vive agradecida a Dios por sus bendiciones, ellos aprenderán ese estilo de vida. Si por el contrario ven en nosotras insatisfacción y queja constantes… ¿adivina en qué se convertirán cuando sean adultos? ¡Exacto! Nuestro ejemplo será mucho mejor que mil sermones.

Lo segundo, destruimos el hogar cuando no fomentamos la paz. Otro proverbios nos apoya este punto:
"Mejor comer pan duro donde reina la paz, que vivir en una casa llena de banquetes donde hay peleas" (Proverbios 17:1).
¿Qué podemos hacer para que reine la paz en nuestro hogar? Empecemos por orar por nuestra familia cada día, cada uno de sus miembros. Haz una lista si crees que eso te ayudaría. Segundo, seamos pródigas en dar palabras de aliento y cariño, en mostrar sonrisas y prestar atención. Si lo analizamos, cada una de estas cosas es un acto pequeño en sí, pero el resultado que produce es grande. Y un último punto, analicemos si realmente lo que busco con “mi pleito” es una solución o simplemente tener la razón. En el caso de eso último, aunque supuestamente ganemos, muy pocas veces nos sentiremos contentas porque el rastro que dejamos fue doloroso. De modo que la pérdida será mayor que la ganancia. 

Te hago dos preguntas para meditar: 
  • ¿Cuál es el cimiento de tu hogar? Si no estás segura, lee Lucas 6:46-49 y analiza. 
  • ¿Si alguien fuera a "clasificarte" diría que eres una mujer gruñona y quejosa, o una mujer que busca la paz de su hogar?
Dios diseñó algo hermoso para la familia, y por eso su Palabra está llena de consejos y pautas sobre el tema. Depende de nosotros si los vamos a seguir o no. [Esto que has leído hoy es parte de mi libro "Una mujer sabia" donde exploramos varios de esos principios. Si todavía no lo tienes, aquí puedes adquirir tu copia.] 

Bendiciones,

 Wendy 

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miércoles, 20 de septiembre de 2017

Cómo vivir en tiempos de malas noticias

Hace unos años hubo una tragedia en un cine de los Estados Unidos a consecuencia de un tiroteo; algunos muertos y varios heridos, entre ellos niños. Horrible. A los pocos días algo similar ocurre en una escuela. Murieron muchas más personas. 


En aquel entonces mi hija tenía nueve años y en la escuela escuchó algo sobre esas noticias y vino con su carita preocupada a hacerme preguntas. Esas preguntas que nunca quisiéramos escuchar porque nos recuerdan el mundo caído e imperfecto en que vivimos. Nos recuerdan que aunque queramos, nuestros hijos no pueden vivir en una burbuja y están expuestos al pecado y a sus consecuencias.  Preguntas para las que quisiéramos tener respuestas fáciles, pero no es así.

Me senté con ella e hice lo único que con certeza podría darle una respuesta verdaderamente sabia y tranquilizadora. Busqué mi Biblia y le mostré el versículo en los Salmos que durante tantos años ha dado paz a mi corazón en medio de muchas tormentas de malas noticias:
“Ellos no tienen miedo de malas noticias; confían plenamente en que el Señor los cuidará.” Salmos 112:7
“¿Y quiénes son ellos?”, le expliqué yo a mi hija. “El Salmo nos da la respuesta un poquito antes: los justos (v. 4)”. Lo que nos llevó a otra pregunta: ¿Quiénes son los justos?  La misma Palabra nos da la definición: “sabemos que una persona es declarada justa ante Dios por la fe en Jesucristo” (Gálatas 2:16). 

¿Será que somos más fuertes que los demás? ¡Para nada! Pero la Palabra de Dios nos enseña que si hemos puesto nuestra fe en Jesús, no debemos tener miedo de malas noticias porque confiamos plenamente en que el Señor nos cuidará. 

El temor es un sentimiento humano, y es válido, siempre y cuando no dejemos que nos domine. Una mala noticia puede hacer que nuestro corazón dé un vuelco  y sintamos esta sensación incómoda en el estómago. Pero es ahí donde la Palabra de Dios, se convierte en nuestra ancla, sustento, esperanza. Es  entonces cuando recordamos que aunque la situación puede producir temor, como “justos que hemos creído en Cristo”, no nos quedamos en el temor sino que confiamos. Recordar el amor que Dios nos tiene, y que ha hecho evidente en Jesús, tiene que echar fuera el temor de nuestras vidas.

Una vida de temor es una vida que no marca diferencia. Eso es lo que quiere el enemigo de nuestras almas, que vivamos en temor, apocadas y aplastadas por las circunstancias. Lamentablemente no puedo decirte que vivirás una vida exenta de malas noticias, pero sí puedo decirte que al ser declarada “justa” delante de Dios, al ser su hija por medio de la fe en Jesús, ya no tienes que vivir esclava del temor. 
"Y ustedes no han recibido un espíritu que los esclavice al miedo. En cambio, recibieron el Espíritu de Dios cuando él los adoptó como sus propios hijos. Ahora lo llamamos 'Abba, Padre'" (Romanos 8:15).
Antes de sentarme a escribir este artículo oré por todos aquellos ojos que lo van a leer, y le pedí a Dios lo siguiente: “Padre, te pido por cada mujer u hombre que pueda leer estas palabras. Si en el día de hoy llega a su vida alguna mala noticia, no dejes que el miedo le abrume. Permite que su corazón tome aliento y confíe en ti, en tu perfecto amor que echa fuera el temor, en tus promesas que nos dicen que nuestras vidas están guardadas en la palma de tu mano. Líbranos de caer nuevamente en la esclavitud del miedo y recuérdanos que en todo momento podemos clamar ‘¡Padre, papá, ayúdanos!'. Te lo pido en el nombre de Jesús, amén”.

Quiero que sepas que estoy orando con todo mi corazón por ti que vives en México, luego del terremoto que ocurrió hace apenas unas horas del momento en que escribo; o si vives en Puerto Rico, y el huracán María amenaza feroz la isla. Tal vez en Cuba, donde la desolación de Irma es muy real. Quizá en Houston, aplastado por la fuerza de Harvey. Dondequiera que estés, hay un pueblo de Dios que ora por ti. ¡Y tienes a Jesús intercediendo junto al Padre! No dejes que el temor te robe la esperanza.

Bendiciones, 

 Wendy 

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viernes, 15 de septiembre de 2017

Dos cosas que pueden estar arruinando tu vida, y no lo sabes

En estos días posteriores a Irma las redes sociales están inundadas de todo tipo de fotos y comentarios. Algunas imágenes son tan tristes que me han hecho llorar. No estoy exagerando ni dramatizando, es así.

Sin embargo, otros comentarios hacen que me “hierva la sangre”. (Y airarse no es pecado. Lo pecaminoso es lo que hagamos a causa de la ira.) ¿Sabes por qué me molesto? Porque son comentarios de quejas: que si el tráfico se ha puesto difícil por falta de semáforos, que si la señal de los teléfonos está mala, que si la gasolina subió de precio, que si hay que regresar al trabajo… ¡la lista de quejas es interminable!

 Se nos olvida que luego de un desastre de esta índole es ilusorio pensar que todo seguirá marchando normalmente. ¡Claro que no! La vida se nos interrumpe. Pero como siempre, la actitud con que lo asumamos marcará una gran diferencia.

Señores, esos problemas son mínimos comparados con los de aquellos que miran a su alrededor y no tienen nada porque lo perdieron todo. En Cuba, por ejemplo, no se permite ayuda internacional en caso de desastres. Y ya es sabido que el gobierno no tiene recursos suficientes, aunque digan lo contrario. Tampoco existen aseguradoras que respondan ante las pérdidas.

En las islas del Caribe, como Barbuda y Antigua, la ayuda tiene que llegar de otros lugares, por aire, pues allí no quedó nada, literalmente.

¿Y tenemos la osadía de quejarnos por una mala señal en el celular o porque el tráfico está malo cuando vemos que los rescatistas, policía, obreros de la empresa eléctrica, voluntarios, etc., están trabajando para restaurar y ayudar, para resolver nuestros problemas? Honestamente, ¡estoy cansada de la gente quejosa!

No, no estoy diciendo que vivo en un paraíso donde todo es perfecto, ¡para nada! Hay muchos problemas y carencias también. Pero con todo, no estamos en las mismas condiciones que miles y miles de personas. 

No sé si lo has pensado alguna vez, pero quejarse es pecado para Dios. Si tienes dudas, lee Números capítulo 14. El pueblo de Israel pagó un precio muy alto por sus quejas. Toda una generación se perdió el disfrute de grandes bendiciones porque se quejaron y Dios se enojó mucho. Ahora bien, si crees que esto solo es un problema de los israelitas, piensa de nuevo. Presta atención y verás que es mucho más común de lo que creemos. 

El asunto es que si a Dios en el tiempo de Moisés le desagradaba la queja, ahora también, eso no cambia. La ingratitud es abominable para nuestro Señor.

Pablo, que vivió preso y en condiciones deplorables, nos enseñó que el secreto está en buscar la fuerza en Jesús para enfrentar situaciones así (Filipenses 4:13). Ese no es un pasaje que nos diga que somos súper hombres ni súper mujeres, es un pasaje que nos enseña a buscar fortaleza en Cristo para momentos duros y entonces poder experimentar lo mismo que Pablo… contentamiento en cualquier situación.

Por otro lado, la queja poco a poco se va convirtiendo en un mal que carcome y crea amargura. ¡Y a nadie le gusta convivir con gente amargada! Mira lo que nos dice Hebreos: “Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos” (12:15). Nuestra queja puede estar afectando a otros. 

Escribo estas palabras porque el pueblo de Dios tiene que ser diferente. Y una de esas diferencias es no ser un pueblo quejoso ni amargado. Si te has subido al tren de la quejabanza, ¡bájate rápido! Recuerda que al hacerlo estás desagradando a Dios, pecando. Además, pudieras estar demorando o perdiendo la bendición, como pasó con aquella generación de israelitas. Y encima, convertirte en una persona amargada y solitaria. 

Si vamos a ser luz para los demás, como estamos llamados, seamos un pueblo de gratitud y contentamiento que reconoce la mano de Dios, ayuda a otros y los alienta.

¡Esa es la vida que Dios diseñó!

Bendiciones,

 Wendy 

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Lecciones de Irma y otras tormentas

Hay fenómenos atmosféricos que nos toman por sorpresa, como los terremotos. No se puede hacer nada porque son sorpresivos. Hay otros, como los tornados, para los que se ha implementado un sistema de aviso, pero el lapso de tiempo es muy breve, apenas para buscar refugio.

No sucede así con los huracanes. Gracias a toda la tecnología con que ahora contamos, se puede seguir el curso de estos desde su formación, ver cuánta fuerza van cobrando, hacer pronósticos de la trayectoria y momento de llegada.

Para los que vivimos en zonas de paso de huracán eso representa mucho, podemos tomar ciertas medidas, proteger nuestras casas, comprar provisiones, diseñar un plan en caso de evacuación, y, hasta cierto punto, estar preparados para el embate de semejante fenómeno.


Como quizá ya sabes, vivo en la Florida y hace menos de 72 horas que nos vimos bajo el impacto de Irma, un huracán al que muchos han catalogado como “monstruo”, una tormenta sin precedentes en el Atlántico. Sus secuelas han sido devastadoras. Vidas perdidas. Países prácticamente destruidos por completo, como la isla de San Martín en el Caribe. Ciudades que parecen barridas con un enorme buldócer, como Key West. Inundaciones en lugares como Jacksonville, al norte de la Florida, que han dejado a sus residentes sin poder regresar, nunca más, a sus casas. Pueblos pequeños carentes de recursos como Caibarién, en Cuba, donde la desesperanza se dibuja en los rostros que muestran las noticias.

A pesar de las medidas, de la preparación, el huracán dejó su marca indeleble, tanto así que nunca más una tormenta tropical llevará el nombre de Irma.

¿Qué quiero decirte con todo esto? Varias cosas.

1. Hay sabiduría en prepararse para sucesos de este tipo. No podemos simplemente cruzar los brazos, por muy grande que sea nuestra fe, Dios nos enseña que es sabio prepararse (lee Proverbios 6:6-8).

2. Hay tormentas en la vida, no atmosféricas sino a nivel personal, que nunca podremos enfrentar si antes no hemos tomado el tiempo de prepararnos con Dios. Es decir, si nuestra relación con él no ha llegado al punto de saber, y entender, que pase lo que pase, nuestras vidas están en sus manos, él tiene el control, nos ama igual, cuando la tormenta pase quedaremos como todos esos lugares, destruidos.

3. Cuando algo semejante sucede tenemos que recordar que vivimos en un mundo caído, sujeto a las consecuencias del pecado. No podemos esperar perfección hasta que Cristo venga y establezca nuevamente su reino de orden.

4. El carácter se refleja en las crisis. Cuando todo marcha bien, sobre ruedas, es fácil mostrar “carácter cristiano”. Cuando la vida se vuelve patas arriba, cuando estamos incómodos, cuando hay calor que no deja dormir, cuando no sabemos cómo empezar de nuevo, y muchas otras cosas más que alteran el ritmo al que estamos acostumbrados, la manera en que reaccionemos será una muestra fehaciente de nuestro verdadero carácter. Por eso es crucial que dejemos que Dios obre en nosotros cada día y nos lleve a la meta suprema, ser formados a imagen de Cristo.

5.  Irma puso a muchos de rodillas en Miami y en otros lugares. Nosotros en esta ciudad vimos la mano de Dios, desviando el curso, alejando el “ojo” del huracán. Sin embargo, en medio de todo yo pensaba: ¿por qué no vivimos siempre con esta actitud de dependencia de Dios? Y cuando pase, ¿se acordarán de darle la gloria al único que la merece? Mi querida lectora, cuando las tormentas pasen, y veas la calma, no olvides darle la gloria a Dios. Él es fiel, incluso si la noche parece interminable, si los vientos golpean y las casas se estremecen; o la vida parece derrumbarse. Sí, nos preparamos hasta donde podemos, pero al final, tenemos que rendirnos a Dios y saber que estamos en sus manos.

6. Aprende a cantar en medio de las tormentas. Mientras los vientos de Irma rugían contra las ventanas de mi casa, esta era la canción en mis labios: “yo sé que tú, mueves montañas, yo creo en ti, sé que lo harás otra vez, abriste el mar en el desierto, yo creo en ti, sé que lo harás otra vez… siempre has sido fiel”. (Puedes escucharla aquí). ¿Por qué cantar o, mejor dicho, por qué alabar a Dios? Porque cuando lo hacemos nuestro enfoque cambia de las circunstancias al que controla toda circunstancia.

7. Vivamos con un espíritu de gratitud constante. Nada de lo que tenemos podemos darlo por sentado pues en un abrir y cerrar de ojos puede desaparecer. Aprendamos que toda buena cosa viene de nuestro Dios, él da y quita, pero su nombre es siempre bendito, como dijera Job.

Así que, luego del paso de Irma, la vida todavía no regresa a la normalidad. Nosotros no tenemos electricidad en nuestra casa, no sabemos cuándo regresará, pero estamos más que agradecidos a Dios por habernos guardado, por haber tenido misericordia de nuestra ciudad, de nuestra familia, nuestros amigos. Quizá tú no vivas en un clima tropical y nunca te tocará lidiar con un huracán, pero alguna otra clase de tormenta puede estar a la vuelta de la esquina y mi oración es que estas lecciones de Irma sean útiles para ti también y te ayuden a estar preparada. 

Bendiciones,

 Wendy 

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