martes, 18 de julio de 2017

¡Se vale decir "no"!

“Me encantaría ayudarte, pero de veras no puedo añadir más cosas a mi vida en este momento”.
Esa fue la respuesta que tuve que dar no hace mucho a alguien que me pidió ayuda, quería que fuera parte de un determinado comité.  E hice algo que por muchos años no había podido hacer. Decir “no”.
Supongo que toma  muchas horas de cansancio, estrés, y sobre todo análisis y reflexión para llegar a entender que decir “no” no es pecado ni tampoco el fin del mundo.

Antes de que pienses que es egoísta, cómodo y hasta poco espiritual decir que no, permíteme ahondar un poco más en el tema.


A mí siempre me ha gustado participar en muchas cosas. Creo que es algo intrínseco a mi personalidad. Desde niña ha sido así. Sin embargo, a medida que la vida avanza nuestro nivel de responsabilidad también aumenta y vale mucho que aprendamos el secreto de la gente verdaderamente exitosa: prioridades

Somos responsables de nuestro tiempo. Muchas cosas pueden demandar nuestra atención, pero no todas pueden tener prioridad en nuestra lista. Muchas necesidades pueden reclamar tu tiempo, pero no has sido llamada a suplirlas todas. Lee eso otra vez.

Por alguna razón que todavía no he podido determinar bien, no sé si es cultural, social, un factor de crianza, etc., la tendencia general entre las mujeres es sentirse culpables cuando dicen “no” a una petición para asumir un rol más, participar de otro comité, asumir otro liderazgo, encargarse de cierta tarea, etc.

Libérate de esa carga. Decide, junto con Dios, qué cosas son prioritarias en tu vida y cuáles no. Aunque quizá alguien pueda decirte que tú eres la persona ideal para determinado cargo o ministerio, solo tú y Dios pueden decidirlo.  Y además te digo que si no es algo a lo que Dios te está llamando, él no tiene ningún problema con que digas “no”.  ¡Hasta Jesús tuvo momentos de escoger sus prioridades y decir “no”!

Otro punto importante, Dios no quiere soldados en su ejército que estén a punto de quemarse.  

Moisés fue un gran líder pero su agenda estaba demasiado llena. Qué bendición que tuvo un suegro sabio que le dio un excelente consejo: delega, reparte, dale la oportunidad a otros. La historia puedes leerla en el capítulo 18 de Éxodo. Esto es algo más que debemos aprender. Cuando tenemos una responsabilidad y podemos compartirla con otros, hagámoslo. Desde lo más sencillo como las tareas hogareñas (que a veces creemos que nadie las puede hacer tan bien como nosotras), hasta el ministerio o el trabajo. Delegar es una marca de los buenos líderes. Cuando creemos que solo nosotros podemos hacer bien las cosas, tenemos un problema. Se llama perfeccionismo, muy emparentado con el orgullo. Vigilemos a esta zorra pequeña que lucha por infiltrarse.

Hace poco escuché esto: lo mejor que el diablo hace para que no hagamos lo que realmente Dios quiere que hagamos es mantenernos ocupados. ¡Muy cierto! A veces llenamos tanto nuestras agendas de actividad que no queda espacio para lo verdaderamente importante. El orden de prioridades en la Palabra de Dios es este: Dios, familia y ministerio/iglesia. Cuando ese orden se altera, más atrás vienen los problemas. Busquemos seguir ese orden y hacerlo con equilibrio.

Así que, independientemente de lo que otros digan, ¡se vale decir "no"!

Vivamos como Dios lo diseñó,


Wendy

Acabas de leer "¡Se vale decir "no"!", ¡te invito a dejar tu comentario  


jueves, 13 de julio de 2017

Cuando luchamos con los deseos de nuestro corazón

Los deseos de mi corazón…. ¡son tantos! Algunos son viejos ya, otros han ido cambiando de color y forma con los años. A veces son buenos y a veces…


Hace un tiempo, mientras repasábamos con nuestros hijos este versículo, otra vez me puse a meditar en los deseos de mi corazón.
“Confía en el Señor y haz el bien; entonces vivirás seguro en la tierra y prosperarás. Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón.” Salmos 37:3-4
Recuerdo cuando era una adolescente y leía este versículo, pensaba que si hacía todo lo que le agradaba a Dios, él —cual genio de la lámpara—, me daría todo lo que yo anhelara en mi corazón.

Lo triste es que los años pasan y muchas veces seguimos pensando de la misma manera. Dios como el genio de la lámpara maravillosa que me dará todas “las peticiones de mi corazón”.

¿Y acaso no es eso lo que tanto escuchamos ahora? “Confiésalo y será tuyo…el carro, la casa, el trabajo, los millones”, y quién sabe cuántas cosas más. Pero… ¿hasta qué punto es eso lo que promete Dios?

Spurgeon dijo en su libro The Treasury of David: “Los hombres que se deleitan en Dios desean o piden solo aquello que agrade a Dios; por tanto es seguro darles carta blanca. Su voluntad está sometida a la voluntad de Dios y por tanto reciben lo que quieren. Aquí se habla de nuestros deseos más íntimos, no deseos casuales; hay muchas cosas que la naturaleza pudiera desear que la gracia nunca nos permitiría pedir; es para estos deseos profundos, cargados de oración, que se hace la promesa”.

Deléitate… ¿qué quiere decir eso? En el hebreo original la palabra nos remite a una raíz que indica “disfrutar mucho algo, saborearlo”. ¿Y cómo puedo yo “saborear” a Dios? La misma Palabra nos contesta: 
"¡Qué dulces son a mi paladar tus palabras!  Son más dulces que la miel." Salmos 119:103
Conocemos a Dios en su Palabra al punto de que esta nos resulta dulce como la miel. La saboreamos, nos deleitamos en ella, y así llegamos a conocer a Dios. Él se nos revela allí de una manera viva. Y al conocerlo de tal modo, mi relación con él pasa de mero conocimiento a experiencia profunda. 

Deleitarme en Dios, conocerlo tan bien, al punto de que mi corazón y el de él estén alineados, y mis deseos sean los de él. Nada más y nada menos.

Y es que tenemos una lucha, como bien lo dice Pablo: “Por eso les digo: dejen que el Espíritu Santo los guíe en la vida. Entonces no se dejarán llevar por los impulsos de la naturaleza pecaminosa” (Gálatas 5:16).  

Fue por eso que Juan escribió:  Pues el mundo solo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos, y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo” (1 Juan 2:16).  

¿Cuáles son hoy los deseos de mi corazón, de tu corazón? ¿Deseos para darle gloria a Dios o deseos para satisfacer mi naturaleza humana, los deseos que pone delante de mí este mundo?

¿Estoy deleitándome en Dios, saboreando mi relación con él… o trato, en vano, de manipularla para que se convierta en una relación como la de Aladino con el genio?

Amiga, hermana, lectora o lector, si algo he aprendido es que no hay bien fuera de Dios. Mis deseos incluso pudieran ser muy buenos, pero si no son los de Dios, ¿para qué buscarlos? 

¿Quieres vivir una vida abundante y plena, de verdad; una que no dependa de nuestras cuentas de banco, nuestras posesiones o nuestros logros? Aprendamos a deleitarnos en Dios, a saborear nuestra relación con él…y él nos concederá los deseos que realmente satisfacen a nuestro corazón, porque él sabe lo que es mejor para ti y para mí

Bendiciones,


Wendy

Acabas de leer "Cuando luchamos con los deseos de nuestro corazón ", ¡te invito a dejar tu comentario  


lunes, 10 de julio de 2017

Para cuando la vida duele y nos parece que Dios no entiende

Oucrrió hace varios años ya. Su corazoncito tan joven estaba deshecho ante las palabras duras de una amiguita. Y yo trataba de secar las lágrimas y de mitigar el dolor…pero en realidad, dentro de mí, tenía deseos de salir corriendo porque sé que hay dolores que no podemos mitigar. Y quería también, como dicen por ahí, “cantarle las 40” a esa niña que había herido el corazón de mi primogénita. Pero, ¿acaso no lo he hecho yo también?

Mi corazón de mujer adulta también se duele a veces, quizá no tanto por las palabras dichas como por las no dichas. Cuando la amiga de la cual esperamos quizá no nos da las palabras de ánimo o el apoyo. ¿Y cuando no las he ofrecido yo?

Dolores que no podemos mitigar.

Con todas esas cargas me senté delante de Dios, más bien a quejarme. Y él, como todo un caballero paciente escuchó mi letanía y después susurró a mi corazón: “Yo lo sé, yo entiendo. Yo soy Padre y vi a mi hijo sufrir, traicionado por amigos, burlado, abandonado…lo vi morir. Yo te entiendo.”

A veces se nos olvida que Dios sí entiende. Él no es una entidad atmosférica que mira desde arriba a los humanos, como si fueran piezas de ajedrez. Él sabe, él entiende.

Su creación, donde puso lo mejor de sí, se rebela constantemente.

Su hijo, el único, vino a morir por esos mismos —tú y yo—, que constantemente le dan la espalda, se quejan, se hieren unos a otros.

Jesús, con toda su divinidad, caminó por este mundo y de los pocos amigos que tuvo sufrió traición, abandono, dudas. ¿Para qué? Pues para hoy poder decirte: 
“Nuestro Sumo Sacerdote [Cristo] comprende nuestras debilidades, porque enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, sin embargo él nunca pecó.  Así que acerquémonos con toda confianza al trono de la gracia de nuestro Dios. Allí recibiremos su misericordia y encontraremos la gracia que nos ayudará cuando más la necesitemos” (Hebreos 4:15-16).
Dios sí te entiende. No tienes que temer el contarle cómo te sientes, qué te frustra, qué te entristece, qué te asusta. Cristo enfrentó todas y cada una de las pruebas que enfrentamos nosotros, y ahora nos da acceso, está sentado en su trono, siempre dispuesto a escuchar, a entender, a darnos misericordia (librarnos del mal que merecemos) y gracia (darnos el bien que no merecemos). 

El enemigo de nuestras almas, Satanás, nos tienta a pensar que Dios está tan distante y ocupado que no nos entiende. Esa es otra de sus mentiras para que quitemos los ojos de Jesús. No le escuches. 

Hoy empieza una nueva semana y quizá mientras lees esto ya hay cargas en tu corazón, preocupaciones,  decepciones, y quién sabe qué otras cosas. Recuerda, él te entiende. Dios es tu Padre que te espera con los brazos abiertos para secar tus lágrimas, mitigar tu dolor. Si tiene que hacernos cambiar la perspectiva, lo hará. Si tiene que regañarnos lo hará también porque un buen padre disciplina. Pero no lo dudes, él te entiende y por sobre todas las cosas, te ama. Su Hijo murió por ti, y por mí. Cuando parezca que Dios no entiende, recuerda eso, su Hijo estuvo en nuestro lugar. ¿Qué más podemos pedir?

Bendiciones, 

Wendy

Nota: Por error, este mensaje puede haber llegado a tu buzón el viernes. Si fue así, mis disculpas. 

Acabas de leer "Para cuando la vida duele y nos parece que Dios no entiende", ¡te invito a dejar tu comentario 

jueves, 6 de julio de 2017

Lo que un verano con "súper luna" me enseñó

Era de madrugada y me levanté a mirar por entre las persianas. Ahí estaba, la súper luna. De no haber sido por algo que leí en las redes, no hubiera sabido que se vería esa noche pues estando de vacaciones, menos todavía me ocupo de las noticias.



Y quizá te preguntes por qué estoy hablando aquí de la luna. Bueno, al otro día me levanté pensando en cómo me gustaría parecerme a la luna… me explico antes de que creas que el calor del verano me está afectando la cabeza. 😉

Primero pensé en la belleza de su luz… ¡que no es propia! Recuerdo que esa es una de las primeras cosas que nos enseñan en la escuela cuando comenzamos a estudiar ciencias. “La luna no brilla con luz propia, es un reflejo del sol.” Lo interesante es que así se supone que sea mi vida también. No que busque brillar con mi propia luz, porque en realidad, la luz humana no es lo suficientemente fuerte como para iluminar la noche de este mundo. Mi vida, y la tuya, deben ser un reflejo de Aquel que en el principio creó la luna y el sol. Somos hijos de la Luz, que es Jesús.

El apóstol Juan lo dice de manera muy clara su evangelio, al hablar de Juan el Bautista:
“Juan no era la luz; era sólo un testigo para hablar de la luz.  Aquel que es la luz verdadera, quien da luz a todos, venía al mundo” (Jn 1:8-9).
En el Nuevo Testamento, en la NTV, la palabra luz aparece 97 veces. Y aunque los contextos son variados, un gran parte está dedicada a recordarnos que Dios nos ha puesto para ser luz porque tenemos la luz del Señor.

El problema viene cuando queremos robarnos la luz y nos olvidamos de que, como la luna, necesitamos que el sol, Jesús, nos ilumine para entonces poder brillar. Si no es así, no lograremos penetrar la oscuridad y si lo hacemos, será solo por un efímero instante.

Durante nuestras vacaciones estuvimos en la playa y junto al lugar donde nos quedábamos pasaba un canal que con los días descubrimos estaba conectado al mar. ¿Cómo lo supimos? Bueno, además de estar bien cerca y ver que se unía a la ensenada que es parte de la bahía, nos percatamos de que el nivel del agua subía y bajaba en los diferentes momentos del día. La marea. ¿Y quién determina la marea? ¡La luna!

¿Sabías que las mareas tienen funciones súper importantes para la vida en la Tierra? Sirven para limpiar las orillas del océano, y ayudan a mantener las corrientes oceánicas que circulan, evitando que el océano se estanque.  Incluso en algunos lugares se utiliza la enorme energía de las mareas para generar electricidad.

Bueno, no quiero darte una clase de ciencias pero, ¿te percataste de nuestra analogía? La luna genera las mareas… y las mareas limpian las orillas del océano. Tú y yo estamos aquí también para que este mundo pueda limpiarse de la basura que el pecado se ha encargado de propagar. Tenemos que generar “mareas” de cambio y eso solo se logra cuando compartimos el evangelio de Jesús

Cuando la marea de las Buenas Nuevas invade, las vidas se transforman; y si la marea es lo suficientemente alta, el cambio alcanza ciudades e incluso países. ¡Las mareas generan energía! ¿Y qué energía más potente que la del Espíritu Santo que llevamos en nosotros? Pero tiene que haber movimiento. 

Las mareas ayudan a evitar que el océano se estanque. Agua estancada es agua muerta. Dios nos puso para llevar la vida a otros. ¡Sí, para eso estamos tú y yo aquí, para generar mareas de vida y cambio! Pero tenemos que movernos, tenemos que actuar.

Nunca antes lo había pensado. Me encanta observar la luna, admirar su esplendor en la noche. De hecho, no hace mucho también salimos de madrugada, todos en la casa, para ver “la luna roja”. ¡Qué espectáculo tan hermoso! Sin embargo, no fue hasta hace unos días que pensé en querer ser como ella. Y quién sabe, tal vez después de leer esto, tú también te animes. 

Brillar con la luz de Jesús, generar mareas, difundir el cambio, llevar vida… 

Así fue como Dios lo diseñó.

Bendiciones,

Wendy

Acabas de leer "Lo que un verano con súper luna me enseñó", ¡te invito a dejar tu comentario