miércoles, 1 de abril de 2015

Luego de 20 años, bodas de porcelana

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Mi esposo, Abel, y yo, celebramos hoy 20 años de casados, ¡el tiempo vuela! Según me dijo mi mamá, son bodas de porcelana y me compartió algunos datos. Así que decidí investigar un poco más sobre este material y mira lo que encontré:
“La porcelana es un material cerámico producido de forma artesanal o industrial y tradicionalmente blanco, compacto, duro, translúcido, impermeable, resonante, de baja elasticidad y altamente resistente al ataque químico y al choque térmico…  la porcelana se cuece a una temperatura alta, alrededor de 1200 Celsius. El proceso de cocción se realiza en dos etapas. La primera corresponde a la obtención del bizcocho (850-900 °C) y la segunda corresponde al vidriado (a temperaturas que varían según el producto entre 1175 y 1450 °C)… La porcelana se suele decorar en una tercera cocción (tercer fuego) con pigmentos que se obtienen a partir de óxidos metálicos calcinados.”1
Interesante, ¿verdad? Un material blanco, un color que nos recuerda la pureza. Y es justo a eso que Dios nos llama en el matrimonio, a mantenerlo puro, sin mezclas, fiel…
“Tengan todos en alta estima el matrimonio y la fidelidad conyugal” Hebreos 13:4, NVI.
Dice también que es un material compacto y duro. Esa debe ser nuestra meta en esta relación, y es por lo que hemos luchado nosotros durante estos veinte años. ¿Qué es un matrimonio compacto, duro? Un matrimonio donde el “amor nunca se da por vencido, jamás pierde la fe, siempre tiene esperanzas y se mantiene firme en toda circunstancia” (1 Corintios 13:7, NTV). Un matrimonio que resiste porque se ha forjado bajo las altas temperaturas de la vida. Igual que la porcelana. En los momentos de calor y cocción no se retracta sino que permanece y se afianza.

Como la porcelana, los matrimonios pasan por distintas etapas y en cada una de ellas algo nuevo se logra, algo se supera. Los primeros años fueron de adaptarnos el uno al otro. Estábamos en la etapa del “bizcocho de porcelana”. Muchas cosas por solidificar, otras que necesitaban derretirse y desaparecer.

Creo que ahora estamos en el vidriado, donde la temperatura varía porque tenemos hijos, en edades diferentes; tenemos responsabilidades profesionales y en el ministerio; una etapa de muchos desafíos. Ya no tenemos 20 años como cuando nos casamos y la madurez nos lleva a hacer las cosas de otra manera y a entender la brevedad de la vida como para malgastarla en pequeñeces.

Aún nos queda mucho por andar, si el Señor lo permite y nos regala muchos años de este lado de la eternidad. Entonces vendrá el decorado, cuando ya los hijos crecen y llegan los nietos; cuando las metas cambian y quizá tengamos que ayudarnos el uno al otro porque nos falle la vista o la visión. Pero entonces ya seremos una obra de porcelana completa, con adornos y todo, en la que Dios poco a poco fue formando la vasija que había diseñado desde el principio. Él es el alfarero por excelencia y si le damos espacio, hará algo lindo con cada una de las relaciones que tenemos en la vida, especialmente con el matrimonio.

No, no tenemos un matrimonio perfecto. A veces nos enojamos, otras veces nos frustramos el uno con el otro. Pero nos amamos, porque así es el amor, no espera perfección. Y si me preguntas si tengo el matrimonio que soñé cuando todavía no me había casado, tengo que decir que no… ¡es mucho mejor que cualquiera de mis sueños! Dios excedió con creces mis expectativas. Estos veinte años son realmente para su gloria, y si a alguien tenemos que condecorar con una medalla es a nuestro Señor Jesús que hasta aquí nos ha traído y que con paciencia nos ha ayudado a moldearnos y nos ha enseñado el amor, como Dios lo diseñó. En verdad un “cordón de tres dobleces no se rompe pronto”. 

No me quedan dudas, si tuviera que empezar de nuevo, lo haría con los ojos cerrados.

{Te invito a leer en Con diseño divino “Si yohubiera estado en la última cena”, un artículo que escribí con la segunda lección sobre la última semana en la vida de Jesús}

Bendiciones, lectora o lector, ¡vivamos como Dios lo diseñó y tendremos la plenitud!


 Wendy 

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lunes, 30 de marzo de 2015

¿Adoración condicional?

¿Cómo viviríamos nosotros si supiéramos que es nuestra última semana en este hermoso planeta azul al que llamamos Tierra? No importa cuánto avance la ciencia, los médicos pueden dar un pronóstico de vida, pero nada más. Solo Dios sabe la medida de nuestros días. Pero Jesús sí supo que aquella sería su última semana. Una semana que viviría con una mezcla de agonía, propósito, obediencia y amor.


Más de dos mil años después, ahora estamos viviendo esa misma semana en nuestro calendario. Y fue un domingo como el de ayer que el Salvador entró por fin a Jerusalén para cumplir con la misión que lo había traído del cielo perfecto al planeta caído. La voz se corrió por la ciudad y la gente salió a recibir a aquel de quien se decía que hacía milagros tales que hasta resucitaba muertos. Emocionados, esto fue lo que hicieron:

…tomaron ramas de palmera y salieron al camino para recibirlo. Gritaban: «¡Alabado sea Dios! ¡Bendiciones al que viene en el nombre del Señor! ¡Viva el Rey de Israel!».
(Juan 12:13)

Cuando Jesús llegó a Jerusalén los que le recibieron vieron en él la solución a sus problemas; pero no a su problema eterno: la separación de Dios y la esclavitud al pecado. No, ellos veían la solución a un problema temporal: la opresión romana. Pensaron que este “hombre” que levantaba a los muertos de la tumba podría hacer caer con el mismo poder al yugo de Roma y por fin ser libres y disfrutar la bendición que por siglos habían esperado y de la que hablaron los profetas.

Sí, Jesús hubiera podido hacer eso, y más, pero entonces no habría cumplido con el propósito de su misión. Y la salvación no nos hubiera alcanzado a ti y a mí que vivimos muchos siglos después.

Resumido en pocas palabras: aquella gente le brindó adoración. Sin embargo, fue esta misma multitud la que tan solo tres días después gritaba enfurecida: “¡Crucifícalo!” Adoradores condicionales. Esa era su categoría.

¿Y será que a veces nosotros también calificamos para ese grupo? Si Dios nos bendice, si todo va bien, le adoramos. Si la vida no es color de rosa, si los planes se frustran, si las esperanzas se pierden y los sueños se diluyen… ¿adoramos a Dios? ¿Será que llegamos a él con una agenda oculta, incluso tal vez inconscientes de ella? Una agenda que dice: te adoro porque me das… Cuando en realidad la adoración es “te adoro porque eres….”.

Son preguntas difíciles que no nos gusta hacernos porque muchas veces nos hemos unido al coro de aquel día en Jerusalén, solo que en otro lugar diferente. El domingo cantamos, alzamos las manos, damos saltos, lo que sea… pero cuando en la semana la vida pareciera no sonreír… “¡crucifícalo!” No lo decimos, no lo pensamos con esas mismas palabras pero sí albergamos frustración, duda y hasta resentimiento porque Dios no se está ajustando a nuestro plan.

Te hablo con mi corazón abierto, porque me ha pasado. Y no estoy libre de culpa. Sé lo difícil que a veces se nos hace la adoración genuina, sin condiciones, sin pedir, sin esperar nada. La adoración que nace de un corazón que reconoce que aun si nada recibiéramos de parte de Dios, ya lo tenemos todo en Jesús. Una adoración como la que él recibió justo el día antes de estos sucesos que hoy examinamos. La adoración de aquella María que derramó perfume a los pies de su maestro y con sus propios cabellos los secó.

Amiga lectora, durante esta semana especial, y siempre, busquemos dar adoración genuina, sin condiciones. Derramemos el perfume de una alabanza sincera. Si vamos a gritar “¡Hosanna!” que sea de verdad, porque bendecimos a nuestro Rey. A Dios no lo podemos manipular. Él conoce el corazón y sabe qué es lo que realmente nos mueve. Que nuestra oración sea la de David: “Crea en mí, oh Dios, un corazón limpio y renueva un espíritu fiel dentro de mí”.  

El Rey regresará otra vez, ¡Aleluya!


Wendy 

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miércoles, 25 de marzo de 2015

Ni perfecta, ni atascada

No quiero decir que ya haya logrado estas cosas ni que ya haya alcanzado la perfección; pero sigo adelante a fin de hacer mía esa perfección para la cual Cristo Jesús primeramente me hizo suyo. No, amados hermanos, no lo he logrado, pero me concentro sólo en esto: olvido el pasado y fijo la mirada en lo que tengo por delante, y así avanzo hasta llegar al final de la carrera para recibir el premio celestial al cual Dios nos llama por medio de Cristo Jesús. Filipenses 3:12-14



Soy editora y hasta cierto punto es una profesión que va tras la perfección. Los ojos de un editor se entrenan para ver a vuelo de pájaro una falta de ortografía o un error gramatical. Te confieso que a veces agota porque, incluso sin quererlo, es lo primero que hago cuando empiezo a leer cualquier cosa. ¿Quiere decir que nunca me equivoco? ¡Claro que no! En este mismo blog a veces releo mis artículos y me doy cuenta de algo “que se me fue”.  Y ahí mismo quedó por tierra la perfección.

La perfección es la meta de muchos aquí en la Tierra. Aquellos que tenemos algo de melancólicos en nuestro temperamento somos propensos al perfeccionismo. El problema es que entre el perfeccionismo y el orgullo hay, como dicen por ahí, una línea muy fina.

El perfeccionismo nos lleva a pensar que nadie puede hacer las cosas como nosotros y no reconocer el esfuerzo de los demás. Y esto nos puede suceder en el mundo profesional, en el hogar y hasta en la iglesia.

La contrapartida de la perfección es la excelencia. Excelencia es buscar la máxima calidad dando lo mejor de uno mismo pero estando conscientes de que podemos equivocarnos o de que no todo saldrá como hubiéramos querido.

Pablo llegó a la conclusión de que la perfección estaba fuera de su alcance, los errores del pasado y las incapacidades del presente obstaculizaban llegar a esa meta. Sin embargo, él decidió que su enfoque no estaría en la perfección sino en avanzar, poner la mirada en lo que tenía por delante y llegar a la verdadera meta. ¿Cuál era? Terminar la carrera y así alcanzar la perfección para la cual Cristo nos alcanzó primero, el premio celestial, la vida eterna.

Pero es imposible avanzar si vamos mirando hacia atrás, ¿verdad? Trata de correr mirando hacia atrás y verás que muy pronto terminas en el piso. Así mismo sucede en la vida. No podemos avanzar si nuestra mirada está puesta en el pasado.

Los errores del pasado solo sirven para una cosa: aprender de ellos. Pero el que vive regodeándose en el pasado se pierde la bendición de triunfar en el presente. Dios nos dice en su Palabra:

Pero olvida todo eso;
no es nada comparado con lo que voy a hacer.
Pues estoy a punto de hacer algo nuevo.
¡Mira, ya he comenzado! ¿No lo ves?
Haré un camino a través del desierto;
crearé ríos en la tierra árida y baldía.  
Isaías 43:18-19

Dios hace cosas nuevas, constantemente. Incluso en lugares áridos o que aparentemente no pudieran dar fruto.

Si tú y yo vamos a correr con éxito esta carrera llamada vida cristiana, tenemos que avanzar mirando hacia delante, con los ojos puestos en la meta: el premio celestial. A eso nos ha llamado Dios, tal y como lo dice Pablo en el pasaje del principio.

Me encanta como lo dice Hebreos: "Por lo tanto…quitémonos todo peso que nos impida correr, especialmente el pecado que tan fácilmente nos hace tropezar. Y corramos con perseverancia la carrera que Dios nos ha puesto por delante" (12:1, NTV).

Quitémonos el peso. Fíjate que los corredores usan ropa ligera. Cuando uno se sumerge a aguas profundas le ponen un peso pero luego, para subir, hay que soltar el lastre, el peso. Solo así se avanza. Quítate hoy el peso del pasado. Jesús no murió por ti para que luego tú siguieras cargando el peso de la culpa y el pecado.

Sí, quiero aprender de mis errores pasados, para no repetirlos, pero no vivo con la mirada puesta en “lo que pasó” sino en “lo que será”, la vida abundante que Dios me promete en Cristo, el triunfo celestial.

¿Te sumas?

Para reflexionar: ¿Qué cosas del pasado todavía no he dejado a los pies de la cruz?

Reto: A partir de hoy decide correr la carrera de la fe quitándote todo peso, con los ojos puestos en la meta del premio celestial. 

*****Este artículo forma parte del estudio "Reflexiones sobre Filipenses" que puedes descargar GRATIS en la página Recursos del Blog. 


Bendiciones, ¡vivamos como Dios lo diseñó!


Wendy 

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lunes, 23 de marzo de 2015

Cuando de triunfar se trata, Jesús nos enseña

Quizá recuerdes que en enero dije que me dedicaría a leer los Salmos durante este año; con mucha calma para saborear y poder extraer todos los tesoros escondidos en este libro precioso. Así lo he estado haciendo. Sin embargo, una amiga lanzó el reto de leer los cuatro evangelios en 40 días, y lo acepté. No he dejado los Salmos a un lado, sino que añadí los evangelios a estos 40 días. Es justo de esa lectura que quiero compartirte algo hoy.


Jesús nunca dejará de asombrarme, no importa cuántos años pasen de conocerle. Y creo que no puede ser de otra manera, porque él es Dios, y nuestra mente humana tan pequeña y finita nunca alcanzará a comprender todo lo que eso implica.

Hace unos días estaba leyendo en Marcos este pasaje:

A la mañana siguiente, antes del amanecer, Jesús se levantó y fue a un lugar aislado para orar. Más tarde, Simón y los otros salieron a buscarlo. Cuando lo encontraron, le dijeron:—Todos te están buscando.Jesús les respondió:Debemos seguir adelante e ir a otras ciudades, y en ellas también predicaré porque para eso he venido. (Marcos 1:35-38, NTV, cursivas de la autora)

Nuevamente llamó mi atención el hecho de que Jesús, siendo también Dios, buscara el tiempo para orar. ¿Por qué lo hacía? Quizá sea necesario para nosotros, en nuestra condición humana, pero no para él, pudiéramos pensar. De una manera incomprensible Jesús era ambas cosas, Dios y hombre, y era precisamente eso lo que le hacía buscar a Dios. Todo el que reconoce su condición humana, limitada, débil, entiende que la fortaleza, la sabiduría, y la dirección para la vida están en Dios y solo las encuentran quienes lo buscan.

Creo que estarás de acuerdo conmigo en que el ministerio de Jesús en la tierra fue exitoso. No fue fácil, para nada. Pero sí tuvo éxito, ¿por qué? Porque logró su objetivo. Y creo que se debió en gran manera a que él hacía tiempo para encontrarse con su Padre.

Nosotros también queremos éxito en nuestros empeños. No importa cuáles sean, desde la familia hasta la profesión, ¿verdad? Bueno, aprendamos de nuestro modelo, Jesús. Comencemos por dar prioridad al encuentro con nuestro Padre, cada día, y veremos que incluso en los momentos más difíciles, como le sucedió a Jesús, encontraremos la fortaleza, la sabiduría y la dirección.

Pero hay algo más en esos versículos que me cautivó. Seguro notaste que parte de las palabras están en letra cursiva.  Debemos seguir adelante… porque para eso he venido. Esto fue lo que respondió Jesús cuando los discípulos le dijeron que la gente lo buscaba.

¿Sabes qué es lo que me cautiva? Lo urgente no hizo que Jesús se desviara de lo verdaderamente importante. ¿Qué era lo urgente? Las personas le estaban buscando porque querían recibir algo de él. ¿Qué era lo verdaderamente importante para él? Su misión… para lo que había venido. Tenía que seguir adelante.

Este es el problema que tú y yo muchas veces tenemos, lo urgente ocupa el lugar de lo importante. Y cuando dejamos que sea lo urgente, lo inmediato, quien controle nuestra agenda, perderemos el enfoque de nuestra misión, de nuestro propósito.

Sí, hay situaciones verdaderamente urgentes como una enfermedad que requieren atención inmediata, pero esa no puede ser la manera en que vivamos. Jesús lo entendió bien. ¿Recuerdas la historia de la muerte de Lázaro? La llamada de Marta y María fue en base a lo urgente; la respuesta de Jesús, en base a lo importante. ¿Cómo reaccionamos nosotras? Lo urgente muchas veces viene en forma de alguien que, sin planificar, quiere nuestra atención y tiempo. Otras veces llega porque dejamos las cosas para última hora, el finalismo que comienza cuando estamos en la escuela y solo estudiamos el día antes y luego se convierte en un patrón para todas las demás cosas. Y esto es solo un ejemplo sencillo, pero creo que captamos la idea.

Jesús tuvo éxito en su ministerio también porque nunca dejó que lo urgente ocupara el lugar de lo importante.

Hoy es lunes, tenemos una nueva semana en cuanto a trabajo y tareas, ¿cómo vamos a vivir? El diseño de Dios, como ya hemos visto, no se basa en lo urgente, sino en lo importante. Y en priorizar cada día nuestro encuentro con él.

Bendiciones, mi querida lectora, ¡vivamos como Dios lo diseñó!


Wendy 

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