miércoles, 29 de marzo de 2017

Pruebas divinas de estrés

Hace unos años mi papá tuvo un infarto cardiaco que casi le cuesta la vida. Gracias a Dios hoy está completamente recuperado y saludable. Sin embargo, cada cierto tiempo sus médicos lo chequean y parte de ese chequeo es la llamada prueba de esfuerzo o de estrés, como muchos la conocen. 

Si no estás familiarizada con el proceso, se hace en una máquina de correr estática (caminadora) y el objetivo es determinar cuánto estrés o esfuerzo puede soportar el corazón antes de desarrollar un ritmo anormal o que aparezcan muestras de que no está llegando sangre suficiente al músculo cardiaco…y hasta aquí la clase de medicina, ¿verdad?


Bueno, me puse a pensar que a nivel espiritual nos sucede lo mismo. Dios nos va sometiendo a “pruebas divinas de estrés” cada cierto tiempo, para ver cuán fuerte está nuestro corazón/espíritu.  Mira lo que nos dice al comienzo de su carta el apóstol Santiago: 
“Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando tengan que enfrentarse con diversas pruebas, pues ya saben que la prueba de su fe produce constancia… para que sean perfectos e íntegros, sin que les falte nada” (Santiago 1:2-4, NVI). 
Es un hecho que en la vida nos vamos a enfrentar a pruebas, no hay dudas al respecto. El asunto es que muchas veces nos asustan, les tememos y si es posible, salimos corriendo para no tener que lidiar con ellas.  Sin embargo, Santiago nos aconseja que lo veamos de otra manera, que sean más bien para nosotros una dicha porque al final producirán un fruto maravilloso. Tremendo reto, ¿no es cierto?

Hubo un joven una vez, llamado José, que tuvo que pasar por un sinnúmero de pruebas de estrés. Él tenía la promesa de Dios de llegar muy lejos y hacer cosas grandes, pero en el camino, mientras Dios lo preparaba para esa misión, las pruebas divinas de estrés abundaron en la vida de José, desde ser vendido como esclavo, por su propia familia, hasta acabar en un calabozo egipcio. Creo que eso es bastante para producir un ritmo anormal en cualquier corazón, pero José resistió y el final fue grandioso. La prueba produjo en José constancia, y venció. ¡Y llegó a ser todo lo que Dios había soñado para él!  

Pareciera paradójico pensar que una prueba de estrés, como las tantas que nos llegan a la vida (pérdida de un empleo, tu esposo te abandona, los hijos andan descarriados, el dinero no alcanza…etc.) pueda producir paciencia, cuando en realidad lo primero que solemos perder es la paciencia. 

¿Cómo entonces nos dice Dios en su Palabra que nos consideremos dichosas al pasar por las pruebas y que nos darán constancia, de tal modo que llegaremos a ser perfectas e íntegras? La respuesta está en los versículos que siguen en la carta de Santiago: 
“Si a alguno de ustedes le falta sabiduría, pídasela a Dios, y él se la dará, pues Dios da a todos generosamente sin menospreciar a nadie” (Santiago 1:5, NVI).  
¡Dios nos dará la sabiduría para pasar la prueba, cuando no sepamos cómo!

Recuerda que las pruebas tienen su blanco puesto en nuestra fe, en cuánto realmente confiamos en Dios. José confió, esperó, resistió. El gran orfebre necesita pasarnos por su fuego para convertirnos en una preciosa joya (Zacarías 13:9). Y no olvidemos tampoco que Dios nunca nos dará algo más allá de lo que podamos soportar. 

Cuando llegue la próxima prueba divina de estrés, ¿estaremos listas para pasarla? ¿Podremos como José poner la mira en la promesa y no en el problema?  Dios nos dice: 
“Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes…planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11). 
¿Confiamos en ese Dios? ¿Podemos decir como Job: “Yo sé en quien he creído”? Si es así, ¡te aseguro que saldremos airosas!

Bendiciones en tu semana,

Wendy 

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miércoles, 22 de marzo de 2017

El monstruo verde

El monstruo verde se muda sin avisar. Sin pedir permiso se acomoda y empieza a reclamar como suyo el territorio ajeno. El monstruo verde no hace distinción de edad, sexo, profesión, nivel educacional ni estatus social. El monstruo verde es sutil y persuasivo. No tiene rostro pero su voz es clara e insistente. 




¿Y quién no lo conoce? Es tan viejo como el mundo. Tanto así que fue el autor del primer asesinato registrado en la historia. El monstruo verde tiene un nombre que lucha por enmascararse: envidia.
  
Tú y yo lo conocemos también."Si yo tuviera ese trabajo.....", "si ganara tanto dinero como ________", "si tuviera la casa de _____", "si mis hijos fueran como _______", "si yo usara la talla de ________", "si yo hablara como _______", "si fuera tan bonita como ______"... Y la lista puede seguir interminablemente porque el monstruo verde no tiene fin, si lo dejamos.

Podemos justificar este sentimiento de mil maneras, pero déjame decirte sin tapujos que la envidia no tiene cabida en el plan de Dios para nuestra vida. Desde un principio él lo dejó bien claro, hasta figura en la lista de los 10 mandamientos que muchos saben de memoria: 
"No codicies la casa de tu prójimo. No codicies la esposa de tu prójimo, ni su siervo, ni su sierva, ni su buey, ni su burro, ni ninguna otra cosa que le pertenezca" (Éxodo 20:17, NTV). 
Dios, el Creador, que nos conoce muy bien por dentro y por fuera por eso mismo, porque es nuestro Creador, sabía que el codiciar produce envidia, y la envidia, muerte.

Sí, quizá ni tú y yo no hemos matado a nadie por envidia, en el sentido literal, pero en nuestro corazón....¡ah, la historia es muy diferente! El monstruo verde carcome los huesos, nos destruye por dentro (Proverbios 14:30).

No nos dejemos engañar. Dios es infinitamente sabio. Él sabe lo que eres capaz de sobrellevar, lo que necesitas. No anheles lo de otro porque solo puedes ver un lado de la moneda. El juego de la comparación no nos lleva a ninguna parte, excepto a la destrucción de nuestro ser, y de nuestras relaciones. No compares a tu esposo con el de tu amiga. No compares a tus hijos con los de otra persona. No le sigas el juego al monstruo verde porque te esclavizará. Si no somos felices con lo que somos o con lo que tenemos ahora, tampoco lo seremos después.

Te dejo con el consejo de un hombre muy sabio que aprendió el secreto de una vida feliz: el contentamiento. Su nombre fue Pablo y cuando escribió esto que vas a leer estaba preso, encadenado a un soldado romano. 
"Sé vivir con casi nada o con todo lo necesario. He aprendido el secreto de vivir en cualquier situación, sea con el estómago lleno o vacío, con mucho o con poco.13 Pues todo lo puedo hacer por medio de Cristo, quien me da las fuerzas" (Filipenses 4:12-13, NTV) 

Amiga, con la fortaleza que Dios no da, hagamos una inspección sincera, y si te encuentras al monstruo, échalo fuera y asegúrate de cerrar bien las puertas para que no vuelva. 

¡Vivamos como Dios lo diseñó!


Wendy

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viernes, 17 de marzo de 2017

"El saco", porque hay demasiado en juego

Esto sucedió hace unos años, pero creo que la lección nunca pasará de moda. 

Mi hija había llegado de la escuela con varios libros de la biblioteca, pero el que traía en la mano enseguida llamó mi atención. Supongo que fuera en parte ese “sexto sentido” que dicen que tenemos nosotras las mujeres, especialmente las madres. 




El libro era sobre animales pero algo me parecía sospechoso. Para no dilatar la historia, luego de leer la contraportada y buscar un poco de información, mis sospechas quedaron corroboradas pues la autora es parte de un llamado movimiento espiritual que no compartimos.

Por supuesto, ahí mismo llegaron las quejas de mi primogénita que entonces tenía 7 años: “qué tiene de malo el libro”, “yo me lo quiero leer”, “son solos osos”, etc., etc. Y ahí mismo también tuve que pedirle a Dios sabiduría, en una oración más rápida que la luz, y darle una explicación.

Le dije que nuestra mente es como un saco, y nosotros tenemos que ser muy cuidadosos con lo que vamos a echar en él. ¿Serán cosas buenas, que agraden a Dios? ¿Cosas que nos hagan crecer como personas? Le expliqué también que llegará un momento en la vida cuando ella tendrá que decidir por sí sola qué cosas va a echar pero mientras tanto, papá y mamá tienen que enseñarle y ayudarle a tomar decisiones sabias y que vayan en su beneficio.

Tú y yo hace mucho tiempo dejamos atrás la época en que nuestros padres decidían qué echar en nuestro “saco”. Nos toca ahora jugar ese papel con nuestros hijos, y si me permites un consejo de una mamá a otra, aunque solo tengo 14 años de experiencia, seamos diligentes y cuidadosas con esta tarea. Chequea los libros; los programas de televisión, aunque solo sean dibujos animados; las películas. No todo lo que brilla es oro. Disney Channel, Nick Jr., MTV, etc., son solo grandes compañías cuyo objetivo primario es producir ganancias y no precisamente edificar y cultivar la mente de nuestros hijos. Esa responsabilidad es tuya y mía y tenemos un breve lapso de tiempo para hacerlo.  

Y antes de terminar, una nota para los que ya calificamos en el grupo de “adultos”. ¿Qué  estás echando en tu saco? La Palabra de Dios nos dice:
«Todo me está permitido, pero no todo es para mi bien» (1 Corintios 6:12). 
Seamos selectivos. Con la mente sucede igual que con el cuerpo, si le damos comida saludable, tendremos un cuerpo saludable; si alimentamos nuestra mente con cosas edificantes y agradables a Dios, será eso lo que obtendremos. Es la clásica ley de la siembra y la cosecha.

El tiempo es un lujo en el siglo XXI, ¿por qué desaprovecharlo en cosas que no valen la pena?  Antes de dedicar una hora, dos, o el tiempo que sea, a llenar tu mente de algo, pregúntate primero: ¿Será para mi bien? ¿Traerá provecho, crecimiento? ¿Qué haría Jesús en mi lugar?

Seamos mujeres sabias, que cuidan su mente y su corazón.

Bendiciones en tu fin de semana,

Wendy

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lunes, 13 de marzo de 2017

Una mujer eficiente

En 1989 Stephen Covey publicó por primera vez su libro Los 7 habitos de la gente altamente efectiva,que ha vendido más de 25 millones de copias. De esto hace ya 25 años, sin embargo, la gente lo sigue comprando. ¿Por qué? Porque todos queremos lograr el éxito en la vida y para eso necesitamos ser personas efectivas.

 
Sin embargo, se le atribuye a Albert Einstein haber dicho lo siguiente: Seguir haciendo las cosas de la misma manera y esperar obtener resultados diferentes es locura. Esa es la clave. No basta con desearlo, necesitamos hacer algo al respecto, de manera intencional, cambiar lo que hemos estados haciendo que no nos ha dado resultados.

Una de las cosas que he aprendido acerca de la efectividad es el valor de planificar. Necesitamos una estrategia. Básicamente esto responde a una pregunta, ¿cómo llego de donde estoy a donde quiero estar?

Jesús conversaba un día con sus discípulos (aparece en Lucas 14) y usó esta ilustración:
“No comiences sin calcular el costo. Pues, ¿quién comenzaría a construir un edificio sin primero calcular el costo para ver si hay suficiente dinero para terminarlo? De no ser así, tal vez termines solamente los cimientos antes de quedarte sin dinero, y entonces todos se reirán de ti.  Dirán: “¡Ahí está el que comenzó un edificio y no pudo terminarlo!”.¿O qué rey entraría en guerra con otro rey sin primero sentarse con sus consejeros para evaluar si su ejército de diez mil puede vencer a los veinte mil soldados que marchan contra él? Y, si no puede, enviará una delegación para negociar las condiciones de paz mientras el enemigo todavía esté lejos.
Ser eficaz requiere que adquiramos el hábito de tener planes, y para planificar necesitamos comenzar por evaluar:

¿Cómo está mi vida a nivel personal (salud física, emocional, espiritual), relacional, profesional, etc.? Tómate tiempo para hacer esta evaluación. Sé honesta. Pídele a Dios que te ayude a ver con claridad las respuestas.

¿Cómo quiero que esté en el futuro? Si no hago cambios, ¿cómo será? Si sí los hago, ¿dónde estaré? De nuevo incluye los aspectos físicos, emocionales y espirituales y busca la respuesta de Dios.

¿Qué cambios puedo hacer, cómo y en qué orden?  Dice Proverbios 21:15: “Los planes bien pensados y el arduo trabajo llevan a la prosperidad, pero los atajos tomados a la carrera conducen a la pobreza.” Para ser mujeres eficientes, con planes efectivos, necesitamos pensar bien, analizar, no actuar por impulso.

Establece maneras de chequear el progreso de tu plan y si es posible, busca una persona que pueda ayudarte a mantenerte enfocada en esos planes. Una especie de rendición de cuentas.

El escritor francés Antoine de Saint-Exupéry dijo: “Una meta sin un plan, es solo un deseo”. Incluso cuando sepamos adónde queremos llegar, la meta, si no tenemos un plan, se quedará en deseo. La gente muy eficaz tiene planes. 

Y claro, no puedo hablarte de planes sin dejar de decirte algo de parte de Dios: “Podemos hacer nuestros propios planes,  pero la respuesta correcta viene del Señor. Pon todo lo que hagas en manos del Señor, y tus planes tendrán éxito” (Pr 16:1, 3). Ahí está la clave. 

Una vez que hayas hecho todo lo anterior, escríbelo. Escribir nos ayuda a visualizar las cosas y enfocarnos en lo que realmente queremos.  Hace que la idea se vuelva más tangible. Y luego, con tu lista en la mano, ve donde Dios y preséntasela. Pero ve dispuesta a que haya cambios, a que quizá el orden se altere, algunas cosas desaparezcan y otras que ni habías considerado se sumen. Ten la certeza de que como dice este pasaje, así tus planes tendrán éxito y recibirás la respuesta correcta.

¿Lista para comenzar? Vamos a dar el primer paso hoy para ser mujeres eficaces que viven en las metas y propósitos de Dios.

¡Bendiciones en tu semana!


 Wendy

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