lunes, 2 de mayo de 2016

Pensando en el día de las madres...

{Te comparto algo que escribí en ocasión de esta fecha especial.}

Más de una noche me he quedado despierta en la cama, contemplando el techo, con las lágrimas calientes rodando por las mejillas, preguntándome si cuando crezcan solo recordarán mis errores, si los momentos malos opacarán los buenos, si podrán entender que con ellos aprendí a ser mamá…

Quizá te ha pasado a ti también.


Cada día de nuestra vida como madres estamos construyendo un legado para nuestros hijos. Algo que se quedará con ellos incluso cuando nosotras ya no estemos. Pero, ¿sabes?, a pesar de esas noches de lágrimas y de mis propias dudas he llegado a entender que ese legado no tiene que ser un ideal de perfección. ¡Al contrario! Esa meta es imposible de alcanzar y lo que tantas veces nos frustra y nos impide avanzar.  

Quiero dejar a Daniela y a Nathan un legado real.

El legado de haber convivido en una familia imperfecta, como todas, pero aferrada al Perfecto. Una familia donde el amor siempre cubra multitud de pecados y sea incondicional.

Quiero mostrarles el verdadero orden bíblico: Dios, esposo, hijos. Que me vean amar a su papá, abrazarlo, besarlo. Y sí, algunas veces nos verán disentir, pero nunca maltratarnos ni faltarnos el respeto. Y cuando nos equivoquemos, quiero que vean que nos pedimos perdón. Modelarles una relación que pueda servirles de inspiración.

Quiero que recuerden a una mama auténtica, que se equivocó a montones,  pero reconoció sus errores y también buscó el perdón de ellos. Eso les hará sentir seguros cuando ellos mismos se equivoquen y tengan que buscar perdón, de Dios, de sus padres o de otras personas según vayan creciendo.

Quiero que en sus mentes se graben las canciones que les canté arrullándolos y las que luego cantamos juntos en la casa, en el carro, en la iglesia.  

Anhelo dejarles un legado de momentos de risa y abrazos, de mañanas de sábado jugando en la cama antes de levantarnos y de besos en la noche antes de dormir.

Quiero que recuerden las ocasiones en que coloreamos juntos, cocinamos juntos, hicimos castillos de arena, visitamos museos, armamos rompecabezas y paseamos juntos en bicicleta.

Le pido a Dios que puedan recordar a una mamá que les abrazó cuando estuvieron tristes o tuvieron dudas, y que siempre trató de escucharles y contestar sus preguntas. Una mamá que oró con ellos en cualquier situación.

Quiero que mi legado mayor para ellos sea haberme visto vivir lo que predico y amar a Jesús hasta el final, con imperfecciones y todo.

No sé qué riquezas materiales puedan heredar nuestros hijos pero es mi oración que podamos dejarles el caudal de vivir una vida abundante en Cristo Jesús, tal y como Dios la diseñó. 


Una idea para ti: Escribe una carta a cada uno de tus hijos. Cuéntales detalles de su vida, cómo fue su nacimiento, anécdotas y recuerdos que estén grabados en tu memoria. Háblales también de cómo te sentiste tú, tus emociones. Cuéntales cuáles son tus anhelos como madre, tus sueños, tus objetivos, lo que esperas para su futuro. Compárteles tus oraciones por ellos, versículos que guían tu visión como madre. Puedes darles la carta el día de su mayoría de edad, de su matrimonio, o incluso guardarla para cuando tú faltes. Tómate un tiempo para hacer de este ejercicio algo especial, algo que atesoren cuando tú no estés. Que sea parte de tu legado.

Bendiciones en tu semana,

Wendy 


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miércoles, 27 de abril de 2016

Una mujer fuera de serie (video)

Hoy quiero compartir contigo una enseñanza en video. Forma parte de varios que hice en Periscope a finales de 2015 y que ahora poco a poco estaránb disponibles en mi canal de YouTube.




Este primer video se titula: "Una mujer fuera de serie", y nos da lecciones de alguien que, a pesar de tener todo en su contra, supo alzarse sobre las circunstancias y ser de bendición. Le pido a Dios que esta enseñanza también sea provechosa para tu vida.





¡Feliz miércoles!

Wendy 

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lunes, 25 de abril de 2016

El hábito que hará que tu vida siempre agrade a Dios

Han pasado unos cuantos años ya de mis tiempos de adolescente, pero todavía los recuerdo muy bien. Y recuerdo también cómo las horas que mis abuelos dedicaron a sembrar en mí la Palabra de Dios fueron el ancla que muchas veces me sostuvo cuando estaba triste o temerosa, pero más que nada, lo que muchas veces me impidió tomar decisiones de las que luego me hubiese arrepentido. 


No tuve una juventud perfecta y si pudiera empezar otra vez, cambiaría unas cuantas cosas, pero reconozco que la Palabra guardada en mi corazón fue clave para sentir temor de Dios y buscar agradarle, aunque no fuera siempre o en todo.

Quizá era justo en eso en lo que pensaba el autor de Salmos 119 cuando escribió las líneas que hoy tenemos como el versículo 9: 
¿Cómo puede un joven mantenerse puro? Obedeciendo tu palabra.

Tal vez eres joven y batallas con la pureza. Te entiendo, todos pasamos por ahí. Y entiendo también que el mundo en que estás viviendo es una ametralladora que de continuo dispara para hacer caer todo intento de pureza en esta generación. Pero aquí tienes tu defensa: obedece la Palabra de Dios, esa es tu espada. Ah, y por cierto, la juventud no es la única que batalla con la pureza, esta verdad aplica a todos, no importa los años que tengamos.

El versículo 11 es una reiteración de esta receta para llevar una vida que agrade a Dios y que diga no al pecado. 
He guardado tu palabra en mi corazón, para no pecar contra ti.

De nada valen nuestras buenas intenciones ni cuántas veces digamos que no haremos esto o aquello. El corazón rendido a Dios y que se aleja del pecado es aquel que se alimenta de la Palabra. Así como nuestra piel es en gran parte el resultado de lo que comemos, un corazón conforme al de Dios se ha nutrido de sus dichos.  Y la buena nutrición no es cosa de una vez por semana, ni siquiera de días alternos o de una vez al día, es algo estructurado, y hasta cierto punto, constante. Lo mismo sucede con la nutrición espiritual. No puede quedar para el domingo ni siquiera para un bocadillo apurado cada día, tenemos que programarla, hacerla parte de nuestra existencia.  El versículo 13 nos ofrece un método sencillo para lograrlo: 
Recité en voz alta todas las ordenanzas que nos has dado.

Memorizar la Palabra nos ayuda a aprenderla y hacerlo en voz alta hace que se grabe mejor en nuestra mente. Si la fe viene por el oír, entonces cuando escuchamos la Palabra, nuestra fue crece. No te conformes con leerla en silencio, hazlo en voz alta, escúchala. ¡Verás la diferencia!

Por último, no es cuestión de leer por leer. Ni tampoco de leer con ojo intelectual.  Fíjate en el versículo 15: 
Estudiaré tus mandamientos y reflexionaré sobre tus caminos.

La exhortación es a acercarnos a la Palabra de Dios con alma de estudiante deseoso de aprender. Y con corazón dispuesto a reflexionar.  ¿Qué dice el pasaje? ¿Cuál es el contexto? ¿Qué me dice a mí y cómo puedo aplicarlo a mi vida? Esas son algunas preguntas que puedes hacerte.

Por último, si la lectura de la Palabra de Dios es una carga para nosotros, entonces necesitamos volver al principio y pedirle a Dios que nos dé pasión por ella. Tenemos miles de libros cristianos buenos y un sinnúmero de autores excelentes. Estoy a favor de la palabra escrita porque me fascina hacerlo y creo que Dios me ha llamado a tocar vidas con ella. Pero entiendo que no hay libro humano, por muy bueno que sea, que pueda compararse con la Biblia. Y la razón es sencilla, ningún otro tiene la firma de Dios. Cuando entendamos y creamos en el poder que está encerrado en esas páginas, podremos entender también porqué este salmista escribió: 
Me deleitaré en tus decretos y no olvidaré tu palabra. (v. 16)

Ahora te invito a que leas con calma los versículos del 9 al 16 del Salmo 119 y anotes tus impresiones, lo que entiendes que Dios está diciéndote a ti en particular. Y como siempre, estás invitada a dejar tu comentario en el blog. ¡Gracias!

Bendiciones en una nueva semana, vamos a vivir atesorando la Palabra de Dios y viviéndola.


 Wendy 

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viernes, 22 de abril de 2016

Princesas de Disney y una vida en libertad

“Caminaré en libertad, porque me he dedicado a tus mandamientos”, cuando lo leo casi parece una paradoja. ¿Obedecer mandamientos me lleva a la libertad? Yo creía que la libertad era simplemente hacer lo que quisiera sin obedecer a nadie ni rendirle cuentas...


Quizá has escuchado un diálogo semejante a esto que acabo de escribir, o tal vez un monólogo, dentro de ti misma. El mundo se ha encargado de vendernos la idea de que libertad es libertinaje donde todo el mundo hace lo que se le antoja, cuando y donde se le ocurra. Si te pones a analizarlo, viene desde que somos pequeñas con historias tan lindas como las de las princesas de Disney. 

Veamos a Ariel, la sirenita. ¿Cuál es el centro de la historia? Ariel quiere una vida diferente a la que tiene, sin la cola de sirena y con piernas de humana que le permitan ser libre. Para lograrlo no importa si tiene que desobedecer a su papá y poner su vida en riesgo. Claro, como película al fin, el final es feliz y ella y este príncipe desconocido vivieron felices para siempre. El mismo tema se repite en libros, televisión, sistemas educativos, etc. Es una idea muy vieja, ¿sabes?, y quien primero la vendió fue Satanás en Edén, y Eva se la compró.

Sin embargo, el autor de Salmos 119 entendió que puede haber un camino diferente. La verdadera libertad solo llega cuando obedecemos a Dios. ¿Cómo se explica eso? ¿Acaso Dios no nos va a limitar con restricciones y toda clase de impedimentos? Si fuera así, entonces lo que tenemos es una religión que nos dice haz esto para obtener aquello. Pero no se trata de eso. No fue para amarrarnos a una religión que Dios dio a Jesús. ¡Al contrario! Fue para liberarnos de todo tipo de cadena religiosa. 

Cuando entendemos la manera en que Dios nos ama, y que su amor es perfecto, entonces obedecer sus mandamientos en realidad es un deleite para nosotros porque sabemos que detrás de cada mandamiento de Dios hay un sistema de protección que solo busca nuestro bien. Es por eso que este hombre escribió en los versículos 47 y 48:
¡Cuánto me deleito en tus mandatos!¡Cómo los amo!Honro y amo tus mandatos;en tus decretos medito.

La pregunta es, ¿hemos llegado tú y yo a ese mismo entendimiento? ¿Hemos comprendido que el verdadero amor a Dios refleja obediencia en todo y no solo en aquello que nos resulta fácil o nos gusta? Fue el propio Jesús quien más adelante afianzara estas palabras: “Los que aceptan mis mandamientos y los obedecen son los que me aman” (Juan 14:21).

Amiga lectora, si queremos vivir la vida abundante que Dios diseñó tenemos que entender de una vez y por todas que es una vida de obediencia, de rendición. Dios te ama de tal manera que dio lo mejor de sí por ti, su Hijo. ¿Cómo es posible entonces que podamos pensar que cuando él nos pide que le obedezcamos en su mente haya otra cosa que no sea nuestro bien? No le creas al enemigo que te susurra que tú sabes qué te conviene más, qué camino tomar. No le creas cuando intente venderte la idea de que Dios es un aguafiestas cósmico pasado de moda que está bien para el domingo pero no para el resto de la semana. DIOS TE AMA.  Dios nos ama. Pero no podemos disfrutar de la plenitud de su amor con una vida desobediente que se resiste a sus mandamientos.

Sí, estoy de acuerdo contigo. No siempre será fácil hacerlo porque nuestro ADN ya tiene codificado el pecado y la rebelión. Pero tampoco es imposible porque tenemos en nosotros al Espíritu Santo. ¡Clama y pide ayuda cada vez que sea necesario!

Los versículo 55 y 56 son el colofón de este tema: “De noche reflexiono sobre quién eres, Señor; por lo tanto, obedezco tus enseñanzas.  Así paso mis días: obedeciendo tus mandamientos.”

Entender quién es Dios nos hace obedecerle. Esta es la manera de vivir la abundancia de Dios y, como el salmista, yo también quiero pasar así mis días.

Muchas bendiciones en tu fin de semana, 


Wendy 

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