lunes, 22 de mayo de 2017

Mamá, ¿por qué quieres que tu niña ya parezca mujer?

Hace unos días vi una foto que me hizo pensar en lo que ahora es el título de este artículo. Mostraba a una niña muy linda, pero el maquillaje y el vestuario le robaban la belleza de la niñez y evocaban la imagen de una mujer en un cuerpo de menos de 10 años. Seguro has visto muchas fotos así en revistas, en las redes, en las tiendas, en la televisión… ¡incluso lo vemos reflejado en las muñecas!



¿Por qué queremos que nuestras hijas pequeñas parezcan mujeres en miniatura? Mi mamá tenía una frase que para mí se hizo célebre, y cuando la usaba durante mi niñez y juventud no me gustaba mucho, pero ahora la entiendo, ¡y muy bien! Ella me decía: “En la vida no se pueden quemar las etapas”. ¿Qué me quería decir? Lo mismo que dijo el autor de Eclesiastés, solo que en su propia versión: “Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo” (Ec 3:1). 

Cuando quemamos las etapas estamos desafiando el proceso de la madurez, y aunque es cierto que las niñas maduran mucho más rápido que los varones, eso no quiere decir que no deban vivir lo que corresponde a cada momento.

Estoy convencida de que parte de la agenda del maligno para esta generación es justo eso, que se quemen las etapas, porque cuando con 12 0 13 años hacemos lo que correspondería 10 años después, desde luego que el comportamiento no será para nada acertado ni maduro. ¡Mucho menos responsable!

Creo que es nuestra obligación como madres educar a nuestras hijas en el modelo bíblico de la mujer, y eso implica dejarles ser niñas, vestirlas como niñas. La pureza del corazón se refleja también en nuestro modo de vestir. Sí, el hábito no hace al monje, pero nuestro vestuario es parte de nuestra identidad.

¿Por qué quieres que tu hija atraiga la atención masculina cuando su mente está muy lejos de poder procesar todo lo que eso implica? Quizá no es la intención de ninguna madre, pero sin querer dejamos que la cultura decida la manera en que criamos a nuestra familia.

En el mundo caído en que vivimos el mal predomina y no podemos ignorarlo. Mamá, no expongas a tu hija. No publiques fotos provocativas, ni con trajes de baño que muestren lo que en realidad tú quisieras que ella conservara solo para el hombre con que un día se casará.  

Sé que estas palabras pueden sonar anticuadas, e incluso alguien pudiera catalogarlas de “legalistas”, pero, ¿sabes? “una persona con un corazón transformado busca la aprobación de Dios, no la de la gente” (Romanos 2:29). Si no enseñamos la pureza a nuestros hijos desde que son niños (y que quede claro que la pureza para Dios aplica tanto a mujeres como a hombres), no podemos esperar que de pronto, en la adolescencia, empiecen a comportarse de una manera diferente, agradable a Dios.

La presión del grupo es grande, no se puede negar; pero nuestros hijos estarán mucho más preparados para enfrentarla si en el hogar hemos inculcado los valores, si les hemos mostrado el porqué de lo que creemos, y sobre todo, si nos ven vivir de acuerdo a ello. No podemos aspirar a tener hijas que reflejen la pureza en el vestir si eso no es lo que han visto en sus mamás.


Somos hijas del Rey de reyes, por adopción a través de Cristo, y la realeza siempre se distingue. Seamos mujeres, madres, que viven dispuestas a marcar la diferencia. Cada etapa tiene su belleza, y en cada etapa podemos afianzar también la pureza a la que hemos sido llamadas tanto a vivir como a enseñar (Tito 2:5).  

¡Esa es la vida que Dios diseñó!

Bendiciones,

Wendy 



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Publicado originalmente el 10 de agosto de 2016. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Para la mamá que está pensando en su herencia

Más de una noche me he quedado despierta en la cama, contemplando el techo, con las lágrimas calientes rodando por las mejillas, preguntándome si cuando crezcan solo recordarán mis errores, si los momentos malos opacarán los buenos, si podrán entender que con ellos aprendí a ser mamá…

Quizá te ha pasado a ti también.

Cada día de nuestra vida como madres estamos construyendo un legado para nuestros hijos. Algo que se quedará con ellos incluso cuando nosotras ya no estemos. Pero, ¿sabes?, a pesar de esas noches de lágrimas y de mis propias dudas he llegado a entender que ese legado no tiene que ser un ideal de perfección. ¡Al contrario! Esa meta es imposible de alcanzar y lo que tantas veces nos frustra y nos impide avanzar.  

Quiero dejar a Daniela y a Nathan un legado real.

El legado de haber convivido en una familia imperfecta, como todas, pero aferrada al Perfecto. Una familia donde el amor siempre cubra multitud de pecados y sea incondicional.

Quiero mostrarles el verdadero orden bíblico: Dios, esposo, hijos. Que me vean amar a su papá, abrazarlo, besarlo. Y sí, algunas veces nos verán disentir, pero nunca maltratarnos ni faltarnos el respeto. Y cuando nos equivoquemos, quiero que vean que nos pedimos perdón. Modelarles una relación que pueda servirles de inspiración.

Quiero que recuerden a una mama auténtica, que se equivocó a montones,  pero reconoció sus errores y también buscó el perdón de ellos. Eso les hará sentir seguros cuando ellos mismos se equivoquen y tengan que buscar perdón, de Dios, de sus padres o de otras personas según vayan creciendo.

Quiero que en sus mentes se graben las canciones que les canté arrullándolos y las que luego cantamos juntos en la casa, en el carro, en la iglesia.  

Anhelo dejarles un legado de momentos de risa y abrazos, de mañanas de sábado jugando en la cama antes de levantarnos y de besos en la noche antes de dormir.

Quiero que recuerden las ocasiones en que coloreamos juntos, cocinamos juntos, hicimos castillos de arena, visitamos museos, armamos rompecabezas y paseamos juntos en bicicleta.

Le pido a Dios que puedan recordar a una mamá que les abrazó cuando estuvieron tristes o tuvieron dudas, y que siempre trató de escucharles y contestar sus preguntas. Una mamá que oró con ellos en cualquier situación.

Quiero que mi legado mayor para ellos sea haberme visto vivir lo que predico y amar a Jesús hasta el final, con imperfecciones y todo.

No sé qué riquezas materiales puedan heredar nuestros hijos pero es mi oración que podamos dejarles el caudal de vivir una vida abundante en Cristo Jesús, tal y como Dios la diseñó. 


Una idea para ti: Escribe una carta a cada uno de tus hijos. Cuéntales detalles de su vida, cómo fue su nacimiento, anécdotas y recuerdos que estén grabados en tu memoria. Háblales también de cómo te sentiste tú, tus emociones. Cuéntales cuáles son tus anhelos como madre, tus sueños, tus objetivos, lo que esperas para su futuro. Compárteles tus oraciones por ellos, versículos que guían tu visión como madre. Puedes darles la carta el día de su mayoría de edad, de su matrimonio, o incluso guardarla para cuando tú faltes. Tómate un tiempo para hacer de este ejercicio algo especial, algo que atesoren cuando tú no estés. Que sea parte de tu legado.

Bendiciones en tu semana,

Wendy 


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Publicado originalmente el 15 de mayo de 2013. 

lunes, 15 de mayo de 2017

Mamá, no puedes esperar por la iglesia (ni por la escuela)

Ha pasado un año desde que una noticia recorrió los medios aquí en los Estados Unidos y creó un estado de inconformidad, frustración y enojo en muchos círculos… entre ellos, las familias cristianas. ¿Qué noticia? El decreto del presidente para las escuelas públicas con relación al uso de los baños y la necesidad de acomodar estos de manera que puedan ser usados por estudiantes transexuales. Dicho con otras palabras, varones en los baños de las niñas y viceversa.


No pretendo politizar este blog pero a raíz de todo esto, con lo que por supuesto estoy en total desacuerdo, me puse a pensar más allá. Más allá de lo que la política implica. Me puse a pensar en nuestro rol como madres e instructoras.

El tema de los baños en realidad es solo una arista de algo mucho mayor, y como cristianos sabemos que en el centro de toda esta pelea hay un conflicto espiritual. Y ese conflicto espiritual tiene como meta llevar cuesta abajo a toda una generación, arrancándole todo tipo de valores morales y espirituales.  Y en esa generación están tus hijos, los míos, sobrinos, nietos, etc.

Por años, lamentablemente, el pueblo cristiano ha dependido de la iglesia e incluso de la escuela para la instrucción y la siembra de valores y moralidad. ¡Error craso! Y dadas las circunstancias que estamos viviendo, y que poco a poco irán alcanzando a cada rincón del planeta, corremos un grave peligro si continuamos dependiendo de estas dos instituciones para la crianza de nuestros hijos.

No me malentiendas. ¡Claro que la iglesia es importante! Y nadie puede ignorar el alcance de la educación académica. Pero ninguna de ellas puede sustituir el rol que Dios ha puesto en nuestras manos como madres, como familia. Y no te queden dudas, tendremos que dar cuentas de cómo desarrollamos este papel.

Poco a poco los currículos escolares han ido cambiando, y cambiarán todavía más, para dar espacio a un nuevo sistema que promueve todo lo contrario a lo que Dios enseña en su Palabra. ¿Qué vamos a hacer nosotros para contrarrestar todo esto?

Conversaba yo en mi mente con el Señor todos estos temas, pensando en los miles y miles de familias cristianas donde la educación privada, con valores también cristianos, no es una opción. Otras que por diversas circunstancias no pueden ni siquiera considerar la educación en casa. ¿Qué hacer? Tenemos que asumir la responsabilidad, ahora más que nunca, de convertirnos en maestras de la Palabra de Dios.

Enseñar a nuestros hijos la Biblia tiene que ser más importante que ver televisión, que dejar toda la casa limpia antes de irnos a dormir o pasar rato en las redes sociales. Igual que programamos otras cosas en nuestra agenda, tenemos que programar tiempo para enseñarles, para memorizar, para impregnar sus mentes y corazones de la verdad de modo que puedan identificar la mentira y saber contrarrestarla.

¿Por qué dije entonces que no puedes esperar por la iglesia? Porque la iglesia es como el postre, el complemento, pero tus hijos solo están allí un rato, un espacio de tiempo. ¡En la casa están siempre! La responsabilidad primera la tenemos nosotros los padres.

Fue por eso que Dios le dijo al pueblo de Israel: “Por lo tanto, comprométete de todo corazón a cumplir estas palabras que te doy. Átalas a tus manos y llévalas sobre la frente para recordarlas. Enséñalas a tus hijos. Habla de ellas en tus conversaciones cuando estés en tu casa y cuando vayas por el camino, cuando te acuestes y cuando te levantes…” (Deuteronomio 11:18-19).  Y luego el apóstol Pablo nos exhorta en Efesios: “…críenlos con la disciplina e instrucción que proviene del Señor” (6:4).   

Mi querida lectora, no podemos depender solamente de la iglesia para que ellos aprendan lo que Dios enseña. Y en cuanto a valores morales y espirituales, ¡no podemos confiar en las escuelas! ¡Al contrario!

El enemigo de nuestras almas se ha propuesto borrar todo tipo de estándares y quiere empezar con los niños y jóvenes, desde muy pequeños. ¿Lo vamos a permitir? ¿Nos vamos a sentar a llorar y lamentarnos o nos vamos a parar firmes en la brecha para orar, interceder y enseñar? Esta tarea no es para gente temerosa ni de doble ánimo, es para valientes, para los que entienden que hay mucho en juego y nos toca dar el paso.

Sí, es un tema radical, pero Dios es radical, no de medias tintas. Lo tibio le causa repulsión (Ap 3:16). El diseño de Dios para ti y para mí implica que cumplamos con nuestro rol de instruir y ser obedientes y que enseñemos a nuestros hijos que aunque Dios es amor, también es justicia y juzgará de acuerdo a sus estándares no a los nuestros.

Amiga,  nos toca ajustarnos la falda y dar la pelea. “Estén alerta. Permanezcan firmes en la fe. Sean valientes. Sean fuertes” (1 Corintios 16:13, NTV).

Bendiciones en tu semana,


Wendy 

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Publicado originalmente el 16 de mayo de 2016.   

jueves, 11 de mayo de 2017

Porque ese hijo varón llegará a ser un hombre

Aunque soy mujer, muchas veces no entiendo a las mujeres. Sí, seguro a ti te pasa lo mismo. Lo sé. En ocasiones me quedo sin palabras al ver cómo nosotras mismas contribuimos a cosas que detestamos. Permíteme contarte.


Un día leí un comentario en una de las redes sociales que mostraba a una mamá con su hijo pequeño, en edad de escuela primaria, y decía algo así: “Chicas, prepárense que estoy criando un ‘rompecorazones’”. ¿En serio? ¿En serio queremos que nuestros hijos varones se conviertan justo en aquello de lo que queremos proteger a nuestras hijas hembras y de lo que tanto nosotras mismas nos hemos protegido o la razón por la cual hemos sufrido?

Mamá que estás leyendo este artículo, ¿para qué o quién estás criando tu hijo varón? Sin darnos cuenta muchas veces los valores del mundo son los que definen nuestra mentalidad y la manera en que lo hacemos. Por alguna razón dejamos que la idea de “macho” domine nuestro hogar y nos olvidamos de que este niño al que tanto amamos fue puesto por Dios en nuestras manos para que lo eduquemos en la Palabra, conforme a los principios allí establecidos y para que llegue a convertirse en un hombre de Dios.

¿De dónde sacamos la idea de que los varones tienen que ser “rompecorazones”? De un mundo caído donde todo está al revés, de las películas que nos venden la idea de que hombre es aquel que se adueña del corazón de muchas mujeres, de los seriales para jovencitos y jovencitas donde los chicos solo sirven para ser lindos y tienen la cabeza hueca, ¡de ahí lo sacamos! Pero resulta que tú y yo, que decimos amar a Dios y que queremos agradarle y vivir según su diseño, no podemos seguir esa corriente. ¡Basta ya!

Es hora de que decidamos criar caballeros, hombres temerosos de Dios, dispuestos a guardarse para una sola mujer. Hombres que amen como Cristo amó a la iglesia y se entregó a sí mismo por ella. Hombres que respeten a la mujer y la tratan como a vaso más frágil. Hombres que sepan que su hombría no la determina el número de relaciones que hayan tenido, su hombría está en vivir por alcanzar la estatura de Cristo. Hombres que trabajen para ser proveedores y que con corazón rendido sirvan a Dios. Hombres que vivan de rodillas. Al menos, ese es el tipo de hombre que yo oro para que mi hijo llegue a ser. Y es el tipo de hombre que quiero para mi hija cuando llegue su momento de escoger. Me imagino que lo mismo quieras tú. 

¿Entonces? Tenemos que decidir “romper el molde” del mundo y ajustarnos al patrón de Dios. Quizá tú  estás criando el hombre que será el esposo de alguna otra lectora de este blog… y viceversa. ¿Te das cuenta? Tenemos una responsabilidad como madres y no podemos dejarnos arrastrar. 

¡Seamos mujeres sabias!

Bendiciones,

Wendy

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Publicado originalmente el 14 de agosto de 2015.