lunes, 29 de mayo de 2017

Para la mamá que quiere tirar la toalla

Esto lo escribí hace un tiempo, pero quisiera compartirlo contigo. Es uno de “esos” artículos que no me gusta escribir. sin embargo, cuando lo hago y dejo correr las ideas recuerdo que soy solo una obra en progreso, en manos de un Dios perfecto, nada más. 


Así que fue una de "esas" mañanas. El propósito era bueno y hermoso, leer juntas la Palabra antes de que ella se fuera a la escuela. Pero vinieron las preguntas, y busqué otra Biblia, una que tuviera notas, para poder explicarle mejor. Y las preguntas siguieron, la paciencia se fue agotando,   y sin darme cuenta… ¡ya no quería leer! Ahora estaba frustrada.

El reloj avanzaba, llegó la hora de salir, y ella se fue. Yo me quedé, con la casa en silencio, pensando en todo lo que había sucedido. Y la vocecita suave, casi imperceptible, comenzó a hablar a mi corazón. “No debías desesperarte. Todos tienen preguntas. Tú también.” Sí, era el diálogo o monólogo más bien del Ayudador y yo. Porque para eso vino él también, para ayudarnos a ver cuando las imperfecciones una vez más sacan la cabeza y nos hacen tropezar.

Tomé la taza de café y me senté a leer. Y esta vez fue el profeta Samuel quien me dio la lección:
“En cuanto a mí, ciertamente no pecaré contra el SEÑOR al dejar de orar por ustedes. Y seguiré enseñándoles lo que es bueno y correcto. Por su parte, asegúrense de temer al SEÑOR y de servirlo fielmente. Piensen en todas las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes.” (1 Samuel 12:23-24)
A veces, cuando me siento frustrada o pierdo la paciencia, o creo que no vale la pena la batalla, que es demasiado ardua y larga, me veo tentada a renunciar. Sin embargo, al leer las palabras de Samuel el Espíritu Santo me recordó que tengo que seguir enseñando a mis hijos lo que es bueno y correcto. ¡Estaría pecando si no lo hiciera, si dejara de orar por ellos o de instruirlos!

Hace 13 años Dios me asignó la tarea de criar hijos, no para mí, sino para él, y por tanto tengo que ser fiel. Esta es una manera de servirle, y de hecho una por la cual él me pedirá cuentas. Tengo que pensar en las cosas maravillosas que él ha hecho por mí, a pesar de las tantas veces en que mi actitud, mis preguntas, mis imperfecciones pudieran cansarle a él. ¡Pero no ha sido así! 

Sí, esa mañana me quedé un poco frustrada, pero ya no con mi hija, sino conmigo misma. Tal vez tú estás hoy así, o lo estuviste ayer, o te tocará mañana. Aprendamos del profeta Samuel, tenemos que seguir con las manos en el arado y servir fielmente, sin cansarnos, porque somos una obra en progreso. Y nuestros hijos también.

Las palabras de un viejo himno vienen a mi mente ahora: “Porque él vive, triunfaré mañana”. Sí, quizá ese día no fue el mejor, pero tengo la promesa del triunfo, en Cristo. Mi parte es perseverar.

Bendiciones,

Wendy

Publicado originalmente el 11 de septiembre de 2013. 

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jueves, 25 de mayo de 2017

Mamá sana, familia sana

Cada maestro tiene su librito y cada mamá sus propios métodos. Pero una cosa se cumple de cualquier manera: una mamá  siempre cansada es una mamá gruñona.  Y fíjate en que dije “siempre”, porque en realidad es un hecho que las mamás muchas veces nos sentimos cansadas. Especialmente cuando los niños son pequeños, las noches no se duermen bien, una personita depende de ti para comer, para dormir, para bañarse, para sentirse limpia, etc. Eso nos agota físicamente.


Pero esa etapa que acabo de describir es normalmente eso, una etapa, y pasa. El problema está cuando por distintas razones nos volvemos adictas a estar cansadas. Sí, nos parece que es algo inherente al título de madre y hasta lo ondeamos como bandera aunque no se lo digamos a nadie: “¡Estoy extenuada, símbolo de que soy una madre extraordinaria!”

Ahora bien, no me malentiendas. Sé que cuando tenemos que trabajar, atender una casa, una familia, y a eso sumarle tal vez otras responsabilidades en la iglesia o la sociedad, es muy lógico que nos sintamos cansadas físicamente. Y hago un paréntesis para decir que admiro muchísimo a las mamás solteras porque carecen del apoyo de un esposo y tienen que enfrentarlo todo solas. ¡Eso sí que es agotador! Pero en muchos casos nuestro problema con el cansancio viene también porque no sabemos o no hacemos nada por cuidarnos.

Y regreso a mi afirmación del principio, cuando estamos cansadas nos volvemos gruñonas, perdemos muy fácilmente la paciencia y no disfrutamos la vida.

Te confieso que a mí no me gusta hacer ejercicios pero sé que es algo en primer lugar necesario y en segundo muy bueno para no estar cansadas siempre. Cuando practicamos el ejercicio físico, hay mayor movimiento de sangre y por lo tanto de oxígeno. Eso produce bienestar, mejor enfoque y aunque parezca contradictorio, menos cansancio. De modo que aquellas de nosotros que somos menos deportivas, tenemos que intentar hacer algún tipo de ejercicio físico. Nuestro cuerpo y nuestra familia nos lo agradecerán.

Otro problema que tenemos las mamás es que no nos alimentamos bien. ¿Alguien me secunda? Es así. Nos preocupamos mucho por cuidar de nuestra familia, preparamos los almuerzos de nuestros hijos para que los lleven a la escuela y demás. Pero nosotras “comemos cualquier cosa”. Un día recogí a mi hijo de cinco años después de la escuela y le dije: “¡Tengo un hambre!” ¿Sabes que me contestó? “Mami, ¿otra vez no almorzaste?” (¡No por gusto dice Jesús que tenemos que ser como niños!) En realidad tenemos que priorizar el estar bien alimentadas porque un cuerpo mal alimentado es un cuerpo débil y mal preparado para luchar contra las enfermedades. Así que cuidemos nuestra dieta. No comamos “cualquier cosa”, ni tampoco saltemos los horarios de comida.

El último problema que quiero abordar es el tiempo. Cuando nos convertimos en mamá enseguida nos damos cuenta de que el tiempo ya no nos pertenece de la misma manera porque en el horario en que antes quizá te sentabas a leer, ahora estás cambiando pañales. O ya no puedes ir tanto de compras con amigas porque tienes proyectos escolares con los cuales ayudar, ropa por lavar, comidas que preparar, etc.

Sin embargo, necesitamos dejar un margen en el calendario para nosotras. ¡Y no sentirnos culpables por hacerlo! Un espacio en la semana donde puedas hacer algo que no implique tu tarea de mamá te ayudará a mantener mejor estado de ánimo, recargará tus baterías físicas y emocionales. Por supuesto,  en toda nuestra administración del tiempo no olvidemos que cada día necesitamos una cita con Dios. Esa es la más importante para que todo lo demás ocupe su lugar.

Amiga lectora, independientemente de en qué etapa de la vida te encuentres, eres responsable ante Dios de cuidar de tu cuerpo como un todo (incluyendo tu espíritu y tu alma) porque ese cuerpo te lo dio él y ahora también es su casa. Así como cuidamos de nuestros hijos y de nuestros esposos, aprendamos a cuidar de nosotras mismas y les estaremos dando a ellos lo mejor, una mamá y/o esposa sana y feliz.

Bendiciones,

Wendy 

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Publicado originalmente el 22 de mayo de 2013. 

lunes, 22 de mayo de 2017

Mamá, ¿por qué quieres que tu niña ya parezca mujer?

Hace unos días vi una foto que me hizo pensar en lo que ahora es el título de este artículo. Mostraba a una niña muy linda, pero el maquillaje y el vestuario le robaban la belleza de la niñez y evocaban la imagen de una mujer en un cuerpo de menos de 10 años. Seguro has visto muchas fotos así en revistas, en las redes, en las tiendas, en la televisión… ¡incluso lo vemos reflejado en las muñecas!



¿Por qué queremos que nuestras hijas pequeñas parezcan mujeres en miniatura? Mi mamá tenía una frase que para mí se hizo célebre, y cuando la usaba durante mi niñez y juventud no me gustaba mucho, pero ahora la entiendo, ¡y muy bien! Ella me decía: “En la vida no se pueden quemar las etapas”. ¿Qué me quería decir? Lo mismo que dijo el autor de Eclesiastés, solo que en su propia versión: “Hay una temporada para todo, un tiempo para cada actividad bajo el cielo” (Ec 3:1). 

Cuando quemamos las etapas estamos desafiando el proceso de la madurez, y aunque es cierto que las niñas maduran mucho más rápido que los varones, eso no quiere decir que no deban vivir lo que corresponde a cada momento.

Estoy convencida de que parte de la agenda del maligno para esta generación es justo eso, que se quemen las etapas, porque cuando con 12 0 13 años hacemos lo que correspondería 10 años después, desde luego que el comportamiento no será para nada acertado ni maduro. ¡Mucho menos responsable!

Creo que es nuestra obligación como madres educar a nuestras hijas en el modelo bíblico de la mujer, y eso implica dejarles ser niñas, vestirlas como niñas. La pureza del corazón se refleja también en nuestro modo de vestir. Sí, el hábito no hace al monje, pero nuestro vestuario es parte de nuestra identidad.

¿Por qué quieres que tu hija atraiga la atención masculina cuando su mente está muy lejos de poder procesar todo lo que eso implica? Quizá no es la intención de ninguna madre, pero sin querer dejamos que la cultura decida la manera en que criamos a nuestra familia.

En el mundo caído en que vivimos el mal predomina y no podemos ignorarlo. Mamá, no expongas a tu hija. No publiques fotos provocativas, ni con trajes de baño que muestren lo que en realidad tú quisieras que ella conservara solo para el hombre con que un día se casará.  

Sé que estas palabras pueden sonar anticuadas, e incluso alguien pudiera catalogarlas de “legalistas”, pero, ¿sabes? “una persona con un corazón transformado busca la aprobación de Dios, no la de la gente” (Romanos 2:29). Si no enseñamos la pureza a nuestros hijos desde que son niños (y que quede claro que la pureza para Dios aplica tanto a mujeres como a hombres), no podemos esperar que de pronto, en la adolescencia, empiecen a comportarse de una manera diferente, agradable a Dios.

La presión del grupo es grande, no se puede negar; pero nuestros hijos estarán mucho más preparados para enfrentarla si en el hogar hemos inculcado los valores, si les hemos mostrado el porqué de lo que creemos, y sobre todo, si nos ven vivir de acuerdo a ello. No podemos aspirar a tener hijas que reflejen la pureza en el vestir si eso no es lo que han visto en sus mamás.


Somos hijas del Rey de reyes, por adopción a través de Cristo, y la realeza siempre se distingue. Seamos mujeres, madres, que viven dispuestas a marcar la diferencia. Cada etapa tiene su belleza, y en cada etapa podemos afianzar también la pureza a la que hemos sido llamadas tanto a vivir como a enseñar (Tito 2:5).  

¡Esa es la vida que Dios diseñó!

Bendiciones,

Wendy 



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Publicado originalmente el 10 de agosto de 2016. 

jueves, 18 de mayo de 2017

Para la mamá que está pensando en su herencia

Más de una noche me he quedado despierta en la cama, contemplando el techo, con las lágrimas calientes rodando por las mejillas, preguntándome si cuando crezcan solo recordarán mis errores, si los momentos malos opacarán los buenos, si podrán entender que con ellos aprendí a ser mamá…

Quizá te ha pasado a ti también.

Cada día de nuestra vida como madres estamos construyendo un legado para nuestros hijos. Algo que se quedará con ellos incluso cuando nosotras ya no estemos. Pero, ¿sabes?, a pesar de esas noches de lágrimas y de mis propias dudas he llegado a entender que ese legado no tiene que ser un ideal de perfección. ¡Al contrario! Esa meta es imposible de alcanzar y lo que tantas veces nos frustra y nos impide avanzar.  

Quiero dejar a Daniela y a Nathan un legado real.

El legado de haber convivido en una familia imperfecta, como todas, pero aferrada al Perfecto. Una familia donde el amor siempre cubra multitud de pecados y sea incondicional.

Quiero mostrarles el verdadero orden bíblico: Dios, esposo, hijos. Que me vean amar a su papá, abrazarlo, besarlo. Y sí, algunas veces nos verán disentir, pero nunca maltratarnos ni faltarnos el respeto. Y cuando nos equivoquemos, quiero que vean que nos pedimos perdón. Modelarles una relación que pueda servirles de inspiración.

Quiero que recuerden a una mama auténtica, que se equivocó a montones,  pero reconoció sus errores y también buscó el perdón de ellos. Eso les hará sentir seguros cuando ellos mismos se equivoquen y tengan que buscar perdón, de Dios, de sus padres o de otras personas según vayan creciendo.

Quiero que en sus mentes se graben las canciones que les canté arrullándolos y las que luego cantamos juntos en la casa, en el carro, en la iglesia.  

Anhelo dejarles un legado de momentos de risa y abrazos, de mañanas de sábado jugando en la cama antes de levantarnos y de besos en la noche antes de dormir.

Quiero que recuerden las ocasiones en que coloreamos juntos, cocinamos juntos, hicimos castillos de arena, visitamos museos, armamos rompecabezas y paseamos juntos en bicicleta.

Le pido a Dios que puedan recordar a una mamá que les abrazó cuando estuvieron tristes o tuvieron dudas, y que siempre trató de escucharles y contestar sus preguntas. Una mamá que oró con ellos en cualquier situación.

Quiero que mi legado mayor para ellos sea haberme visto vivir lo que predico y amar a Jesús hasta el final, con imperfecciones y todo.

No sé qué riquezas materiales puedan heredar nuestros hijos pero es mi oración que podamos dejarles el caudal de vivir una vida abundante en Cristo Jesús, tal y como Dios la diseñó. 


Una idea para ti: Escribe una carta a cada uno de tus hijos. Cuéntales detalles de su vida, cómo fue su nacimiento, anécdotas y recuerdos que estén grabados en tu memoria. Háblales también de cómo te sentiste tú, tus emociones. Cuéntales cuáles son tus anhelos como madre, tus sueños, tus objetivos, lo que esperas para su futuro. Compárteles tus oraciones por ellos, versículos que guían tu visión como madre. Puedes darles la carta el día de su mayoría de edad, de su matrimonio, o incluso guardarla para cuando tú faltes. Tómate un tiempo para hacer de este ejercicio algo especial, algo que atesoren cuando tú no estés. Que sea parte de tu legado.

Bendiciones en tu semana,

Wendy 


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Publicado originalmente el 15 de mayo de 2013.