miércoles, 23 de abril de 2014

Crucemos al otro lado

Un día Jesús les dijo a sus discípulos: “Crucemos al otro lado del lago”.  El lago de esta historia es más conocido como el mar de Galilea.  Tiene una superficie de 166 km2 (64 millas cuadradas) y es el lago de agua dulce más bajo del mundo. En esa masa de agua las tormentas son algo común debido a las diferencias de temperatura entre la costa y las montañas de alrededor.

Así que, ese día en particular, Jesús y los discípulos se subieron a una barca para “cruzar al otro lado”. Él estaba cansado y se quedó dormido. Se desató la tormenta, el barco empezó a llenarse de agua y los discípulos, muy asustados, despertaron a Jesús. “Él se levantó y reprendió al viento y a las olas; la tormenta se apaciguó y todo quedó tranquilo” (Lucas 8:24).

¿Y por qué te hablo de esto, qué tiene que ver contigo y conmigo esta historia? Bueno, quizá ha llegado uno de esos momentos en la vida en que tienes que “cruzar al otro lado”, a todos nos llegan: un trabajo nuevo, ya sea por puro gusto o porque no quedó otra opción; el nacimiento de un hijo y el cambio que eso trae; mudarse a un país, una ciudad o un vecindario diferente; vivir la vida sin un ser querido porque se nos adelantó y ya está en la presencia de Dios, etc. El caso es que sabes que tienes que cruzar al otro lado pero no contabas con que la travesía implicaba una o varias tormentas.

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lunes, 21 de abril de 2014

¿Y qué después del domingo de resurección?

Lunes. Lunes después del domingo de resurrección. Lunes después de una cumbre espiritual y emocional.

Otro lunes más. Quizá con una enorme pila de ropa esperando ser lavada, una larga lista de cosas por hacer y sin saber por dónde comenzar. Otro lunes con las mismas preocupaciones del sábado que todavía no se resuelven, solo que tuvieron un domingo de por medio. A lo mejor para ti es otro lunes de soledad, u otro lunes de dolor, o simplemente un lunes cualquiera, sin mucha inspiración ni motivación para seguir adelante.

Pero no se supone que sea “otro lunes más” después de la resurrección. ¿Qué tal si lo analizo desde otro punto de vista? ¿Qué tal si recuerdo las palabras de aquel apóstol, primero perseguidor, y luego perseguido?

“Y si nuestra esperanza en Cristo es sólo para esta vida, somos los más dignos de lástima de todo el mundo…  pero esta resurrección tiene un orden: Cristo fue resucitado como el primero de la cosecha, luego todos los que pertenecen a Cristo serán resucitados cuando él regrese.” (1 Corintios 15:19, 23)

Si reducimos la resurrección a un gran evento que identifica nuestra fe pero no vivimos creyéndola y teniéndola como el destino final, entonces realmente sí, es un lunes cualquiera. Si vivimos mirando a Cristo y su resurrección solo como algo de esta vida, sin recordar que aquí estamos de paso, que somos extranjeros y que todavía no hemos llegado “a casa”, realmente nos hemos perdido el quid del asunto.

La resurrección es victoria. Victoria sobre la muerte. Victoria sobre todo lo que esclaviza. Victoria sobre los imposibles. Victoria sobre los lunes comunes y corrientes.

La resurrección me recuerda que cuando conozco a Cristo puedo experimentar el mismo poder que aquel domingo inigualable lo levantó para siempre de los muertos.

La resurrección me recuerda que tengo otra oportunidad para empezar. Que así como marcó un nuevo comienzo en la historia del mundo puede marcar un nuevo comienzo en mi vida, porque ese poder, el que devoró la muerte, el poder de Dios, puede hacer cualquier cosa.

La resurrección da sentido a mi existencia si de una vez y por todas entiendo que Dios me trajo de muerte a vida y ahora tengo la misión de compartir con otros la noticia, tal y como hicieron las mujeres aquella mañana de la primera gran resurrección.

La resurrección me sirve de faro para no desviarme a izquierda ni derecha. Sí, vendrán tormentas, huracanes, sismos, físicos y emocionales, pero la resurrección me recuerda que son solo de carácter momentáneo. Ese no es el final.

La resurrección es esperanza ante el diagnóstico fatídico y la sentencia de divorcio, y también para la llamada que nunca quisiéramos recibir y para el adiós que no queremos decir. La resurrección es la esperanza de que un día habrá un amanecer diferente, sin más listas de pendientes ni soledad ni montones de ropa sucia. La resurrección es esperanza en una vida mejor, tal y como lo creyeron los héroes de la fe que menciona Hebreos 11.

Sí, es un lunes. Pero no es un lunes cualquiera porque este lunes es un regalo más para vivir la vida abundante que aquel domingo de resurrección hizo posible. Si lo miro como un lunes cualquiera me habré perdido la bendición de vivir en el poder de Dios para dejar que él cumpla su propósito y yo la misión que me haya encomendado… incluso con montones de ropa sucia, listas de pendientes y fragilidades humanas.

Hoy es lunes pero no un lunes cualquiera, hoy es un lunes donde quiero vivir conociendo más a Cristo y experimentando el poder que se manifestó en su resurrección. 

Vive como Dios lo diseñó,

Wendy

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viernes, 18 de abril de 2014

El final que en realidad fue un principio

En muchos lugares hoy se celebra el llamado Viernes Santo. En mi rincón de la ciudad el cielo está gris y llueve. La mañana mucho más oscura que de costumbre. ¡Cuánto mayor debe haber sido la oscuridad de aquel viernes cuando el Hijo de Dios exclamó desde su cruz: “Consumado es”! Por eso el título de este artículo, lo que parecía el final de la historia fue en realidad el gran comienzo.

Isaías 53, una de las más grandes profecías mesiánicas dice en el versículo 11:

“Y a causa de lo que sufrió
mi siervo justo hará posible
que muchos sean contados entre los justos,  
porque él cargará con todos los pecados de ellos.”


Su aparente final fue nuestro definitivo principio. La cruz puso punto fin a nuestra vida de esclavitud. La cruz marcó el inicio de la libertad. La cruz nos quitó el veredicto de culpabilidad que por siglos cargamos y nos estampó en letras rojas y grandes, letras de sangre, el mejor sello de todos: PERDONADOS. La cruz hizo que nunca más fuera necesario ofrecer sacrificios para saciar la sed de justicia de Dios. Mira lo que dice Hebreos 10:

“Pues la voluntad de Dios fue que el sacrificio del cuerpo de Jesucristo 
nos hiciera santos, una vez y para siempre… nuestro Sumo Sacerdote 
se ofreció a sí mismo a Dios como un solo sacrificio por los pecados, válido para siempre”.

Quizá cuando comenzaron a llamarle santo a este viernes, la idea era otra. Pero me gusta pensar en este día como el inicio de por fin poder ser justo eso, santos delante de Dios, para siempre.

Aquel día hizo posible que aunque tú y yo volvamos a luchar con el pecado, que repitamos los errores que una vez casi juramos no volver a cometer, que digamos palabras fuera de lugar, que nos dejemos vencer por la ira o sucumbamos ante la fuerza del desaliento… todavía podemos empezar de nuevo, porque Jesús murió en la cruz y su marca en nosotros es imborrable. Porque ahora somos santos, no porque no pequemos, sino porque hubo un sacrificio perfecto hecho a nuestro favor que nos cubre de gracia, “ahora Jesús, nuestro Sumo Sacerdote… es mediador a nuestro favor de un mejor pacto con Dios basado en promesas mejores”.

No creo que alguna podamos entender por completo la profundidad de la cruz y todo lo que significó. Nuestras mentes finitas son incapaces de procesar semejante sacrificio y mucho menos entender esa medida de amor y obediencia completa.

La cruz fue el principio, no el final. La cruz ya está vacía. Si Cristo todavía estuviera colgado allí, entonces el sacrificio sería constante e interminable. Pero el sacrificio fue hecho una vez y para siempre.  La cruz donde Cristo entregó su vida fue el principio que necesitábamos para poder cruzar al otro lado. Por eso el velo se rasgó. Ya no necesitamos intermediarios, el puente quedó establecido y cualquiera que acepte ese sacrificio puede llegar a Dios.

La cruz fue el principio del retorno hacia el plan original {compártelo en Twitter} . El reloj eterno de Dios echó a andar aquel viernes cuando el cielo se oscureció. Y sus manecillas siguen marcando los minutos y segundos hasta que por fin entonces sí veamos el final: el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo reinando para siempre. La oscuridad del viernes de la crucifixión desaparecerá porque el Cordero será luz para siempre.  

Aquel viernes, cuando la multitud de Jerusalén pensó que por fin habían acabado con el galileo y su turba de seguidores, en realidad fue el principio de una revolución mucho más grande que ni tan siquiera los romanos con todo su poderío pudieron contener.  Una revolución de amor, de perdón, de gracia y reconciliación que llega hasta hoy. Si algo vas a celebrar este viernes que no sea un final, que no sea un luto. Celebra con corazón agradecido un sacrificio de amor con dimensiones estrafalarias que te dio el boleto para disfrutar una vida abundante, plena y que sí, tendrá un final, pero no en los términos humanos. Tendrá un final eterno, una antítesis que solo Dios puede componer.  

 Wendy

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miércoles, 16 de abril de 2014

Si yo hubiera estado en la última cena...

La última cena. Subtítulo de un pasaje bíblico. Nombre de cuadros famosos, representada en más de una película. Pero más que nada, un momento real en la historia, real y determinante. Y si tú y yo hubiéramos estado presentes, ¿a quién nos pareceríamos?


Hay alguien cuyo nombre no se menciona pero es clave en este relato. El dueño de la casa. Es evidente que conocía al Maestro porque con la sola mención de su nombre, abriría las puertas de aquella habitación para que Jesús y sus discípulos se reunieran para comer juntos aquella cena especial. ¿Te has puesto a pensar que aquel hombre no cuestionó  nada? De hecho, ¡ya  estaba preparado!

Quiero parecerme a él. Que la sola mención del nombre de Jesús me haga abrir las puertas mi corazón que tantas veces quiero cerrar. Que al escuchar Jesús rinda todos mis planes, agendas, y esté preparada. Que cuando el Maestro llame yo siempre responda ¡aquí estoy, lista! No creas que porque escribo un blog, doy conferencias y ministro a la vida de mujeres mi vida es un cuadro de perfección. ¡Nada más lejos! Y, ¿sabes?, estoy convencida de que este hombre anónimo tampoco fue perfecto pero su carácter nos deja una lección intemporal: mantener el corazón abierto para Jesús y en el nombre de Jesús, tal y como él lo hizo con su casa.

¿A quién más nos podemos parecer? Ah, sí… el personaje oscuro. Aquel que preferiríamos borrar de la historia. Hasta su nombre nos resulta repulsivo. Judas. No sabemos mucho de su vida, ni de su familia. Sabemos que administraba el dinero y que lamentablemente la codicia pesaba más que la bondad en su corazón. A estas alturas quizá te estés preguntando por qué se me ocurrió pensar que pudiéramos parecernos en algo a Judas. Bueno, “el que crea estar firme…” Nuestros motivos pudieran volverse egoístas como los de Judas y llevarnos a traicionar al Maestro. Sí, es muy probable que no neguemos su nombre abiertamente, pero podemos hacerlo día  a día en el corazón cuando las aspiraciones personales, los motivos egoístas destronan a Jesús y sientan al yo. Sí, Judas fue un pobre infeliz al final de la historia, pero si creemos que nunca podríamos ser como él, el orgullo ya se ha apoderado de nuestra vida.

Amiga mía, este personaje oscuro sigue merodeando hoy, se viste con muchos trajes y te presenta oportunidades constantes para que digas sí. ¡No te dejes engañar! Este hombre caminó con Jesús cada día de su ministerio terrenal y no obstante, mira cuál fue el final. Debemos guardar nuestro corazón y presentarlo a Dios cada día para que lo revise y nos muestre donde la oscuridad quiere ganar terreno.

Tenemos otro personaje más. Este no quería perder ni un instante la compañía de su Maestro, sabía que los minutos estaban contados. Recostado a su lado comió de la última cena. Aquel a quien muchas veces se le llama “el discípulo a quien Jesús amaba”, a quien él encomendó el cuidado de su mamá. Juan. Juan nos enseña a buscar la proximidad, la cercanía, la intimidad con Jesús. Para él no era suficiente sentarse a la mesa. Él quería estar cerca, lo más cerca posible. Dice el griego original que “se recostó a Jesús”.

¿Cuánto buscamos tú y yo hacer lo mismo? ¿Cuánto valoramos la intimidad con Jesús, el tiempo a solas, “recostarnos” a su pecho y dejar que sus latidos desaceleren los nuestros y nos hagan cambiar el compás para que entremos en perfecta armonía con los deseos y sueños del Maestro? Te confieso que no siempre quiero hacerlo. Ya estoy tan acostumbrada al ritmo vertiginoso del siglo veintiuno en Norteamérica que bajar la marcha en ocasiones me parece una pérdida de tiempo. ¡Cómo nos dejamos engañar! Quiero aprender de Juan, él buscó lo mejor. Quiero sentarme a la mesa con Jesús, cada día, su banquete satisface más que cualquier otro manjar. Si tan solo lo recordáramos lo suficiente no andaríamos buscando migajas.  

Sí, no tuvimos el privilegio de participar de aquella Pascua, pero ahora tenemos al Cordero a nuestro lado todos los días. Él nos invita a un banquete: “¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos” (Apocalipsis 3:20). Ese mensaje es para cristianos. Es para ti. Es para mí. Él te llama y quiere que abras la puerta y le dejes entrar, para cenar contigo.

Aquel dueño de la casa en Jerusalén escuchó el llamado, abrió la puerta y Jesús entró para cenar. Juan no titubeó y escogió el lugar más cercano junto al maestro. Y Judas… bueno, recogió su cosecha.  ¿A quién escogeremos parecernos hoy?

Vive como Dios lo diseñó,

 Wendy

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