lunes, 3 de agosto de 2015

Un hasta luego que me duele

Hace cuatro años, cuando todavía no sabía cuántos más le regalaría Dios, escribí mi "Tributo a Delia". Delia fue muy abuela por parte de padre. Una mujer bella, por dentro y por fuera, con ojos verdeazules que siempre irradiaban paz porque la Paz, Jesús, vivió en ella durante 97 años.

Ayer nos separamos temporalmente. Quisiera decirte que estuve tan fuerte que no lloré... pero te mentiría. Lloré mucho. Dios no nos creó para morir y por tanto la muerte siempre nos afectará, siempre nos sorprenderá y nos causará un profundo dolor porque nos separa. Él puso eternidad en el corazón del hombre, dijo Eclesiastés, y la muerte, aunque es la puerta, nos duele.

Tengo muchos recuerdos tangibles de mi abuela, pero sobre todo tengo un caudal de aquellos que no se pueden tocar pero que se guardan muy hondo en las arcas del corazón.

Con mi abuela aprendí que lo más importante que podemos dejar como herencia es nuestro legado a los que vengan después. Si realmente queremos vivir en la memoria de alguien tenemos que dejar algo más que una fortuna que se pueda contar.

El jueves pasado estuve con ella toda la tarde. Le cociné algo que quería, garbanzos, aunque ya apenas podía comer. Conversamos. Le di muchos besos. Acaricié sus cabellos plateados y me miré varias veces en sus ojos verdeazules. Nos abrazamos, y como si ella supiera algo que yo ignoraba, me dijo: "Allá nos vemos". Se me hizo un nudo en la garganta pero a la vez di gracias a Dios porque una vez más me recordó que él estaba a su lado y no la dejaría.

Sé que nos veremos otra vez, sé que ella ahora es libre de dolor y su cuerpo ya no está sujeto a la enfermedad y el desgaste de la vejez. Sé que por fin se encontró con su Salvador, el ancla de su vida. Y sé también que no la olvidaré nunca y que la voy a extrañar mucho.

Mi querida lectora, estamos de paso por esta tierra, y nunca sabremos por cuánto tiempo. Por tanto, disfrutemos cada minuto que Dios nos regale junto a aquellos que amamos.

Hoy quiero compartir contigo otra vez mi "Tributo a Delia". Y hoy quiero darle gracias a Dios nuevamente por haberme regalado una abuela tan especial. ¡Hasta luego, abue, allá nos vemos!

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Nuestra última foto juntas, hace apenas 2 semanas

Es raro que publique un artículo un sábado, pero hoy es un día especial: Mi abuela paterna cumple 93 años. ¡Quién lo iba a decir! Esta mujer decía que no quería vivir más allá de los 60 años. Para sus hermanos era “la flaca”, la que casi no comía, la que todos veían como más frágil. Bueno, ese todos no incluía a Dios.

Hoy le escribo esto porque la realidad es que no sé por cuánto tiempo más el Señor nos va a regalar su sonrisa entre nosotros y porque en mi corazón habrá eterno agradecimiento hacia mi abuela querida. Como ella misma dice siempre: “las flores se dan en vida”. 

Mi abuela ha sufrido varios vendavales en su vida, lo bueno es que su barco siempre estuvo anclado en puerto seguro, en la Palabra de Dios. Creo que solo así se puede soportar que de la noche a la mañana pierdas todo aquello por lo que luchaste y te esforzaste durante muchos años. Eso fue lo que les sucedió a ella y a mi abuelo cuando el nuevo gobierno de Cuba “intervino” su negocio. Se dice fácil pero no lo es. Ellos comenzaron aquel negocio con trabajo duro, era una empresa familiar donde todos trabajaban. Y sin poder reclamar, sin poder quejarse a nadie, se quedaron sin nada. 

 Luego vino otro vendaval cuando su hermano querido, un pastor y evangelista que llevó la salvación no solo a recónditos lugares de Cuba sino a pueblos y ciudades de Latinoamérica y hasta la fría Europa, fue apresado injustamente por el mismo gobierno que ya les había dejado sin nada. Y como él nunca se casó, vivía con mis abuelos cuando no viajaba. Le tocó a mi abuela llenarse de valor para visitar a su hermano Luis Manuel en la cárcel y sufrir en silencio lo que sus ojos no podían creer.

Sin embargo, a pesar de la dureza de estos vendavales, creo que el más difícil fue ver que la fe se enfriaba en los corazones de muchos a quienes amaba profundamente, la fe que ella había sembrado en sus corazones. Ahora que yo soy madre me imagino las lágrimas que nadie vio, sé por experiencia de las oraciones incansables, las luchas, los conflictos familiares…pero Dios era y es el ancla en la vida de mi abuela.  ¡Y ha premiado su fe con creces!

En octubre de 1999 le tocó despedir, hasta su reencuentro del otro lado de la eternidad, al amor de su vida, al hombre que la amó incondicionalmente durante 56 años, mi abuelo. Siempre la trató como a una reina, le llamaba “su novia”.  Fueron un matrimonio admirable.

Al principio dije que hay agradecimiento eterno en mi corazón. Bueno, fue mi abuela quien sin cansarse puso en mí la semilla de la Palabra de Dios. Recuerdo cómo de niña me leía historias de la Biblia cuando me quedaba en su casa. Las veces en que me llevó, a escondidas, a la iglesia para que yo pudiera ver los programas de Navidad. Oraba conmigo cuando yo todavía no sabía orar, y luego oraba por mí. 

En su casa aprendí muchas cosas, desde bordar hasta escribir a máquina. Aprendí el amor al servicio a Dios. Cada semana la veía fielmente preparar su lección de la escuela dominical con su Biblia, el plan de clases y un lápiz rojo. Muchas veces secó mis lágrimas y me dio ánimo. Y en los años en que mi vida parecía alejarse de Dios, mi abuela no dejaba de orar por mí y de interceder, confiada en que la semilla daría fruto.

No ha sido una mujer perfecta por la sencilla razón de que nadie lo es, pero ha sido una gran mujer. Sé que le aguardan muchas coronas. Ya sus ojos no ven bien, su cuerpo se deteriora pero su espíritu se fortalece cada día para el encuentro con el Rey y con todos sus seres queridos que ya se han ido. Dios le ha regalado 93 años y yo siempre le digo que si está con nosotros todavía es porque él la necesita de este lado. Todavía ella sigue orando por mí, y por muchos otros.

No sé si Dios me dará el privilegio de tener nietos, espero que sí, y que yo pueda ser para ellos como lo ha sido para mí mi abuela Delia.


Wendy

miércoles, 29 de julio de 2015

Deja de esperar la vida perfecta

Nada como estar de vacaciones cerca del mar. El olor de la sal en el aire llena los pulmones y uno quiere seguir respirando y respirando como para tratar de almacenar lo suficiente para que al regresar a la ciudad todavía sigan llenos.

No hay horarios, no hay apuros, ni metas con las cuales cumplir. El agua transparente nos baña los pies que se entierran en la arena tan blanca que parece harina.

 

El cabello pareciera necesitar unas cuantas horas en el salón, pero no nos importa porque otra vez se sumergirá en las olas y flotará libremente o quedará cubierto por el agua refrescante de la piscina.

La mirada se pierde en la lejanía del horizonte que entre un parpadeo y otro nos recuerda que somos criaturas muy pequeñas ante esta inmensidad.

Fue en medio de pensamientos y sensaciones como estos que escuché esta frase: “¡Verdad que no hay vacaciones perfectas!”  Salió de boca de mi hija, muy desanimada porque sus gafas para el agua, compradas el día anterior, habían desaparecido en lo azul del océano. La búsqueda fue infructuosa pues ya se sabe que es casi imposible encontrar algo que se pierda en el mar.

De ahí surgió nuestra conversación acerca de lo importante y lo que no lo es. Ella siguió después nadando y yo me quedé pensando en su frase: “no hay vacaciones perfectas”.

La realidad es que no hay nada perfecto bajo este sol, ni en el verano ni en el invierno. Ni de vacaciones ni cuando el trabajo nos agota. El mundo dejó de ser perfecto hace ya unos cuantos siglos, en un jardín precioso, cuando el ser humano decidió cambiar la perfección por la imperfección.

Y aunque Dios, en su infinita misericordia, nos dio en Jesús la alternativa, la oportunidad de una vida abundante, en algún momento decidimos que vida abundante es sinónimo de vida perfecta y por lo tanto, los años que se nos conceden en este planeta los gastamos anhelando una perfección que solo está reservada para la eternidad con él  y la vida nos pasa por al lado, casi sin darnos cuenta.

¿Estás en ese punto? ¿Estás soñando con una vida “perfecta” y frustrada porque no logras alcanzarla? Ríndete. Esa pelea nunca la vamos a ganar. Si aquí tuviéramos una vida perfecta, ¿para qué entonces necesitamos a Cristo?

El secreto está en aprender a disfrutar el momento que Dios nos regala porque mi querida lectora, la realidad es que no tenemos garantías de otro amanecer, ni de otra puesta de sol, ni de otras vacaciones, ni siquiera de otra semana de trabajo. Lo único que tenemos por seguro es el momento. Por eso tantas veces la Biblia nos recuerda que aprovechemos bien el tiempo, que no vivamos afanadas por el día de mañana…y sobre todo, que entendamos la brevedad de la vida y lo hagamos con sabiduría (Salmos 90:12).

¿Sabes? Cuando uno pasa cierta década, esa que incluso lleva el título de una canción para nosotras las mujeres, nos damos cuenta de que en verdad la vida es corta. Y también entendemos que cada día sobre este planeta es un motivo para agradecer y estar contentas. 

¿Que no todo es como quisiéramos? ¿Que los sueños todavía no se cumplen? ¿Que hay cosas que quisiéramos poder cambiar? Es verdad. Pero también es verdad que Dios nos bendice mucho más de lo que merecemos. Nos permite disfrutar momentos que debemos atesorar, diferentes y preciosos como los caracoles de la orilla del mar.

No sigas esperando la vida perfecta porque nunca va a llegar; más bien decide vivir a plenitud tu vida imperfecta, dando gracias a Dios por cada minuto, por cada regalo de su misericordia.  Si lo haces empezarás a encontrar la verdadera abundancia. Y te cuento algo, eso es lo que en verdad necesita tu corazón.

Bendiciones,

Wendy

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miércoles, 22 de julio de 2015

Para las bajas de la vida

Hace un tiempo viví un fin de semana intenso. Dice la Real Academia que intenso es vivo, y te garantizo que la vida pasó a todo color frente a mí ese fin de semana. Hubo altas, y hubo bajas.


Si algún día en la eternidad tengo la oportunidad de conversar con David {el pastor, rey, salmista, humano, pecador, redimido} esto es lo que quisiera decirle: “Gracias por ser real”. Quizá no será una conversación muy larga. Es probable que haya otros miles de seres humanos que quieran decirle algo también; pero si tengo la oportunidad, esas serían mis palabras.

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Muchas bendiciones,

Wendy

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viernes, 17 de julio de 2015

12 consejos para vivir bien en medio del caos

En un mundo de tanto estrés e inestabilidad, es muy fácil ir con la corriente y convertirnos en un manojo de mujeres nerviosas y temerosas. Sin embargo, nada más lejos del diseño de Dios. Eso no es lo que nuestro Padre amoroso quiere para ti y para mí. El caos seguirá rodeándonos por todas partes, nuestra manera de reaccionar marcará toda la diferencia. 

¿Qué hacer entonces? Hoy quiero compartir contigo 12 consejos que parten de algunas lecciones que he aprendido en mi caminar con Jesús.


  1. Nuestra paz no viene por un cambio de circunstancias, nuestra paz es una persona, Jesús, y por tanto viene al conocerle. Cultiva cada día tu relación con él.
  2. Sé selectiva al escuchar. Las malas noticias son lo que produce el sustento a la mayoría de las cadenas noticiosas pero no son el alimento para una mujer de Dios. Si les seguimos la rima, acabaremos escondidas debajo de las sábanas.
  3. Cuando el temor saque la cabeza, acude a tu arsenal de promesas de Dios. Si dejas que asome más que la cabeza, le darás oportunidad de apoderarse de ti; si lo atacas desde el principio, la batalla estará ganada.
  4. Pon tus reacciones bajo el control del Espíritu Santo. No podemos controlar lo que sucede, en la mayoría de los casos, pero sí cómo reaccionamos.
  5. El negativismo es muy contagioso, rodéate de personas que te hagan reír y recordar que Dios te ama, sea lo que sea.
  6. Camina, contempla la creación, respira profundo y da gracias por la belleza que nos rodea. Este simple acto nos hace recordar que estamos vivas y eso por sí solo es un regalo de Dios.
  7. Canta, alaba. No importa si eres afinada o no, ni si tu voz es digna de una compañía de óperas. Cuando alabamos a Dios dejamos de pensar en las circunstancias y nos enfocamos en aquel que controla toda circunstancia.    
  8. Dedica tiempo a las relaciones humanas. No hay nada que las pueda sustituir. Dios nos hizo para vivir en comunidad.
  9. Memoriza la Palabra de Dios. Aquello que llene tu mente, llenará tu corazón.
  10. Lee un buen libro. La lectura nos enriquece, nos permite viajar con la imaginación y nos da la oportunidad de aprender sin mucho esfuerzo.
  11. Usa la creatividad. Hay algo en este acto que produce una sensación de bienestar. No importa qué sea, desde un rico plato de comida, una manualidad, hasta algo para el hogar, el jardín o algún miembro de la familia.
  12. Descansa. El cansancio es el peor enemigo de un buen estado de ánimo, tal es así que Dios nos mandó a descansar. Sé intencional en disfrutar el descanso. Tú no eres una máquina, eres una persona.

Y por tanto, la próxima semana estaré descansando.  El miércoles recibirás un artículo y si visitas Facebook, seguro compartiré algunas fotos.

Entre tanto, espero que estos consejos sean de bendición para tu vida, y si así es, ¡compártelos con tus amigas!

Hasta pronto,

Wendy

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