miércoles, 16 de abril de 2014

Si yo hubiera estado en la última cena...

La última cena. Subtítulo de un pasaje bíblico. Nombre de cuadros famosos, representada en más de una película. Pero más que nada, un momento real en la historia, real y determinante. Y si tú y yo hubiéramos estado presentes, ¿a quién nos pareceríamos?


Hay alguien cuyo nombre no se menciona pero es clave en este relato. El dueño de la casa. Es evidente que conocía al Maestro porque con la sola mención de su nombre, abriría las puertas de aquella habitación para que Jesús y sus discípulos se reunieran para comer juntos aquella cena especial. ¿Te has puesto a pensar que aquel hombre no cuestionó  nada? De hecho, ¡ya  estaba preparado!

Quiero parecerme a él. Que la sola mención del nombre de Jesús me haga abrir las puertas mi corazón que tantas veces quiero cerrar. Que al escuchar Jesús rinda todos mis planes, agendas, y esté preparada. Que cuando el Maestro llame yo siempre responda ¡aquí estoy, lista! No creas que porque escribo un blog, doy conferencias y ministro a la vida de mujeres mi vida es un cuadro de perfección. ¡Nada más lejos! Y, ¿sabes?, estoy convencida de que este hombre anónimo tampoco fue perfecto pero su carácter nos deja una lección intemporal: mantener el corazón abierto para Jesús y en el nombre de Jesús, tal y como él lo hizo con su casa.

¿A quién más nos podemos parecer? Ah, sí… el personaje oscuro. Aquel que preferiríamos borrar de la historia. Hasta su nombre nos resulta repulsivo. Judas. No sabemos mucho de su vida, ni de su familia. Sabemos que administraba el dinero y que lamentablemente la codicia pesaba más que la bondad en su corazón. A estas alturas quizá te estés preguntando por qué se me ocurrió pensar que pudiéramos parecernos en algo a Judas. Bueno, “el que crea estar firme…” Nuestros motivos pudieran volverse egoístas como los de Judas y llevarnos a traicionar al Maestro. Sí, es muy probable que no neguemos su nombre abiertamente, pero podemos hacerlo día  a día en el corazón cuando las aspiraciones personales, los motivos egoístas destronan a Jesús y sientan al yo. Sí, Judas fue un pobre infeliz al final de la historia, pero si creemos que nunca podríamos ser como él, el orgullo ya se ha apoderado de nuestra vida.

Amiga mía, este personaje oscuro sigue merodeando hoy, se viste con muchos trajes y te presenta oportunidades constantes para que digas sí. ¡No te dejes engañar! Este hombre caminó con Jesús cada día de su ministerio terrenal y no obstante, mira cuál fue el final. Debemos guardar nuestro corazón y presentarlo a Dios cada día para que lo revise y nos muestre donde la oscuridad quiere ganar terreno.

Tenemos otro personaje más. Este no quería perder ni un instante la compañía de su Maestro, sabía que los minutos estaban contados. Recostado a su lado comió de la última cena. Aquel a quien muchas veces se le llama “el discípulo a quien Jesús amaba”, a quien él encomendó el cuidado de su mamá. Juan. Juan nos enseña a buscar la proximidad, la cercanía, la intimidad con Jesús. Para él no era suficiente sentarse a la mesa. Él quería estar cerca, lo más cerca posible. Dice el griego original que “se recostó a Jesús”.

¿Cuánto buscamos tú y yo hacer lo mismo? ¿Cuánto valoramos la intimidad con Jesús, el tiempo a solas, “recostarnos” a su pecho y dejar que sus latidos desaceleren los nuestros y nos hagan cambiar el compás para que entremos en perfecta armonía con los deseos y sueños del Maestro? Te confieso que no siempre quiero hacerlo. Ya estoy tan acostumbrada al ritmo vertiginoso del siglo veintiuno en Norteamérica que bajar la marcha en ocasiones me parece una pérdida de tiempo. ¡Cómo nos dejamos engañar! Quiero aprender de Juan, él buscó lo mejor. Quiero sentarme a la mesa con Jesús, cada día, su banquete satisface más que cualquier otro manjar. Si tan solo lo recordáramos lo suficiente no andaríamos buscando migajas.  

Sí, no tuvimos el privilegio de participar de aquella Pascua, pero ahora tenemos al Cordero a nuestro lado todos los días. Él nos invita a un banquete: “¡Mira! Yo estoy a la puerta y llamo. Si oyes mi voz y abres la puerta, yo entraré y cenaremos juntos como amigos” (Apocalipsis 3:20). Ese mensaje es para cristianos. Es para ti. Es para mí. Él te llama y quiere que abras la puerta y le dejes entrar, para cenar contigo.

Aquel dueño de la casa en Jerusalén escuchó el llamado, abrió la puerta y Jesús entró para cenar. Juan no titubeó y escogió el lugar más cercano junto al maestro. Y Judas… bueno, recogió su cosecha.  ¿A quién escogeremos parecernos hoy?

Vive como Dios lo diseñó,

 Wendy

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lunes, 14 de abril de 2014

Lo que dará éxito a tus días

¿Alguna vez has tenido de esos días que cuando llegas al final dices: “¿y en qué se me fue el tiempo?”? Es muy probable que sí. A todos nos pasa. Cuando somos muy jóvenes pensamos que el tiempo es eterno y que tenemos toda la vida por delante, así que no importa si malgastamos las horas. Luego, con el paso de los años, nos vamos dando cuenta de que la vida no era tan larga como parecía, los días cada vez nos resultan más cortos y por fin entendemos que las horas perdidas nunca regresarán. El tiempo malgastado será eso, malgastado. Sin embargo, Dios quiere que vivamos de manera diferente.  

Hace unos días leía 1 Corintios capítulo 9 en la Nueva Traducción Viviente y mira cómo dice el versículo 26:  “Por eso yo corro cada paso con propósito. No sólo doy golpes al aire.”


Propósito. Esa es la palabra que debe regir cada día. Cuando vivimos con propósito el tiempo no se malgasta, se invierte. ¿Qué es vivir con propósito? Para una hija de Dios un día se vive con propósito cuando lo hacemos para dar gloria a Dios y conscientes de que tenemos tiempo limitado y no lo malgastamos. Dios nos ha regalado una cantidad de días sobre la Tierra. Diferente para cada cual. Pero al igual que con los demás recursos que él pone en nuestras manos, espera que lo administremos bien. Me parece que Moisés, un hombre de Dios que vivió en una época donde no había el apuro ni el estrés del siglo 21, también luchaba con el asunto del tiempo. Tanto así que mira lo que escribió: “Enséñanos a entender la brevedad de la vida, para que crezcamos en sabiduría” (salmos 90:12).

Una persona sabia es aquella que comprende la brevedad de la vida. Y si la comprende, entonces hace todo lo que esté a su alcance para vivir cada día con propósito y no dando golpes al aire, es decir, y no perdiendo el tiempo.

Pablo, cientos de años después de Moisés, también nos dejó esta advertencia: “aprovechando al máximo cada momento oportuno, porque los días son malos” (Efesios 5:16, NVI). Cada día nos presenta oportunidades, depende de nosotros si las aprovechamos o las dejamos pasar. Mi pastor ayer nos hacía reflexionar en esto usando las palabras de Salomón en Eclesiastés 9:11. Sí, cada día trae oportunidades para todos, pero si malgastamos el tiempo, la oportunidad pasará.

Amiga lectora, hoy comenzamos una nueva semana de trabajo, de estudios, de luchas y afanes. Cada día es un regalo de 24 horas que Dios nos presenta. Él es su autor, él tiene planes que son de bien, para ti y para mí, pero lo que hagamos con esas 24 horas depende de nosotras. Quiero exhortarte a que, como Pablo, corras cada día con propósito. Siéntate a solas con Dios, escúchale. Aunque tengas tu propia agenda, permite que él te dirija y te indique qué quitar, qué añadir. Vivir cada día con propósito, como dije al principio, es primero que nada, vivir para darle gloria a Dios. ¿Qué quiere Dios que sea tu enfoque hoy? Muchas situaciones se presentarán, pídele discernimiento para saber dónde detenerte y dónde seguir. 

Cada una de nosotras tiene una misión que cumplir en su vida con Dios, en su familia, en su ministerio, donde sea que él te haya puesto.  El enemigo tratará de desviarte, de entretenerte e incluso de hacer que malgastes tus 24 horas. ¡Mantente alerta! Recuerda, la vida en realidad no es tan larga como parece y es de sabios entender esto. Y sabio también abrazar cada día y correrlo con los ojos puestos en Jesús.  Si lo haces, independientemente de cuánto tiempo vivas en este planeta, cada uno de ellos será especial incluso cuando se presenten luchas, problemas y dificultades. La vida que Dios diseñó para ti está llena de propósito, de fruto; es abundante, es plena. El diseño está a tu disposición, ¡tómalo y vívelo! 

Wendy

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viernes, 11 de abril de 2014

Porque todas queremos una vida radiante... ¡y es posible!

En los últimos meses mi vida ha estado llena de desafíos, a todos los niveles: familiar, personal, en el ministerio, a nivel profesional. Los desafíos tienen diversas formas, colores, complejidad. Algunos me han puesto en el punto donde lo único que he podido hacer es confiar plenamente en Dios, y nada más; incluso cuando el miedo lucha por tomar el control mientras un taxi me lleva a un destino que no conozco en una ciudad altamente peligrosa y mi único recurso es decir: “Dios, tú sabes lo que haces y mi vida está en tus manos”. En esta cadena de desafíos he tenido que forzar mi mente y pensar en cómo compartir el diseño de Dios cuando la audiencia no conoce a Cristo, orando todo el tiempo para que el mensaje impacte las vidas y recordando que no soy yo, que es el Espíritu quien produce el cambio. Otros me han llevado a recordar que no por gusto mi palabra para 2014 es “rendición”. Rendir mi agenda, rendir mi carácter, rendir mi lengua, rendir, rendir, rendir…
 
Los desafíos son buenos, aunque no nos gusten. Los desafíos nos sacan de nuestra zona de comodidad y nos obligan a dar saltos que de otro modo ni siquiera hubiéramos considerado. Los desafíos nos hacen recordar cuán vital es la gracia de Dios en nuestra vida. Y nos hacen concederla a los demás.

Pero sobre todo, los desafíos nos arrancan las capas del corazón y dejan al descubierto las verdaderas intenciones y cuánto en realidad creemos lo que predicamos. Más aún, nos confrontan con las verdades que tanto pregonamos y nos hacen reflexionar en si las vivimos o no.

Al comienzo de 2014 Dios me retó con esta palabra del libro de Job, pero ahora, varios meses después, dos versículos dan vueltas en mi mente cada día:

¡Si tan sólo prepararas tu corazón y levantaras tus manos a él en oración!... Tu vida será más radiante que el mediodía; y aun la oscuridad brillará como la mañana.

Preparar mi corazón y alzar mis manos en oración. Ahí está la clave. Ahí está la pauta a seguir  cuando llegan los desafíos.

“Si preparo mi corazón”. ¿Y cómo se hace eso?  Preparar es una acción de tiempo, no es algo instantáneo. Preparar implica hacer una pausa, buscar los ingredientes necesarios, considerar los pasos, y luego vendrá el resultado. No puedo preparar mi corazón en cinco minutos, no puedo hacerlo con solo escuchar un buen sermón, no puedo hacerlo leyendo un par de versículos de carrera para así marcar en mi lista que leí la Palabra correspondiente al día. No, preparar el corazón requiere que me detenga y haga espacio para encontrarme con Dios y dejar que me hable, me transforme. Tiempo para que añada ingredientes, tiempo para que purifique. Cuando paso por alto este proceso de preparación los desafíos serán prácticamente insuperables. Créeme que lo he intentado. He tratado de acelerar la preparación, como si fuera en un horno de microondas, y no resulta. Dios hace las cosas “a la antigua”, cocción lenta.

Cuando he querido enfrentar mis desafíos sin preparar mi corazón, sin pasar tiempo en oración, he terminado agotada, extenuada más bien. ¿Por qué? Porque quise hacerlo con mis propias fuerzas. Es algo así como el corredor que inicia la carrera sin previo calentamiento. Sus músculos se paralizan, el aire no le alcanza y claro, no llega a la meta. Y si llega, te garantizo que no ganó.

Amiga lectora, ¿quién no añora una vida radiante, quién no anhela luz incluso en la más negra oscuridad? Pero la vida radiante no se consigue en el “drive-thru”, en la ventanilla del auto. ¡Cuánto quisiera decirte que sí! Pero no nos dejemos engañar. El enemigo nos hace creer que así como podemos hacer una transacción en línea y comprar lo que queremos en menos de cinco minutos, igual podemos conseguir un corazón alineado con Dios, una vida radiante, con migajas de tiempo.  ¡No es cierto! Necesitamos el proceso de preparación del corazón.

Yo no sé qué desafíos puedas estar enfrentando tú hoy pero si no tienes ninguno, prepárate porque está al llegar. Y si ya estás en medio de ellos, haz una pausa. Lee de nuevo este pasaje de Job. Medita. Este pasaje está lleno de promesas: para vivir libres de temor, para olvidar el sufrimiento, para ser fuertes. Pero todo comienza con una simple condición: preparar nuestro corazón y alzar los brazos en oración.

Estamos en abril, sé que todavía me quedan muchos desafíos por delante antes de que  2014  sea un año más en la historia. Quiero llegar al final y poder decir: vencí, para la gloria de Dios. ¿Tú también? Entonces, no alteremos los pasos. Empecemos por preparar el corazón. ¡Verás que terminaremos radiantes, incluso más que la luz del mediodía! 

 Wendy

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miércoles, 9 de abril de 2014

Para cuando "hoy no es mi día" es el lema de 24 horas

Uno de “esos” días. 

Para comenzar, me levanté cansada por haberme acostado muy tarde la noche anterior. Aunque quería andar rápido, mi cerebro iba en cámara lenta. No salimos de la casa a la hora necesaria y llegar a la escuela con los niños puntualmente sería un desafío en el tráfico tan complicado de la mañana. Pero llegamos. Me dispuse a regresar rápido mientras pensaba: tengo tanto que hacer hoy que las 24 horas se quedarán cortas.   

Ya había avanzado bastante en el camino de vuelta a casa cuando suena el teléfono con un aviso de mi calendario: ceremonia de premiación en la escuela. ¡Oh, no, se me había olvidado! 

Un giro en “u” para regresar. Ahora tengo todavía menos tiempo disponible. Llegué a la escuela, estacioné el carro y a esperar que llegara la ceremonia, dentro de media hora. ¡Sorpresa! Cambiaron la ceremonia de día….será la semana que viene. ¿En serio? 

Volví a subirme al auto para regresar a casa, por segunda vez...