viernes, 15 de septiembre de 2017

Dos cosas que pueden estar arruinando tu vida, y no lo sabes

En estos días posteriores a Irma las redes sociales están inundadas de todo tipo de fotos y comentarios. Algunas imágenes son tan tristes que me han hecho llorar. No estoy exagerando ni dramatizando, es así.

Sin embargo, otros comentarios hacen que me “hierva la sangre”. (Y airarse no es pecado. Lo pecaminoso es lo que hagamos a causa de la ira.) ¿Sabes por qué me molesto? Porque son comentarios de quejas: que si el tráfico se ha puesto difícil por falta de semáforos, que si la señal de los teléfonos está mala, que si la gasolina subió de precio, que si hay que regresar al trabajo… ¡la lista de quejas es interminable!

 Se nos olvida que luego de un desastre de esta índole es ilusorio pensar que todo seguirá marchando normalmente. ¡Claro que no! La vida se nos interrumpe. Pero como siempre, la actitud con que lo asumamos marcará una gran diferencia.

Señores, esos problemas son mínimos comparados con los de aquellos que miran a su alrededor y no tienen nada porque lo perdieron todo. En Cuba, por ejemplo, no se permite ayuda internacional en caso de desastres. Y ya es sabido que el gobierno no tiene recursos suficientes, aunque digan lo contrario. Tampoco existen aseguradoras que respondan ante las pérdidas.

En las islas del Caribe, como Barbuda y Antigua, la ayuda tiene que llegar de otros lugares, por aire, pues allí no quedó nada, literalmente.

¿Y tenemos la osadía de quejarnos por una mala señal en el celular o porque el tráfico está malo cuando vemos que los rescatistas, policía, obreros de la empresa eléctrica, voluntarios, etc., están trabajando para restaurar y ayudar, para resolver nuestros problemas? Honestamente, ¡estoy cansada de la gente quejosa!

No, no estoy diciendo que vivo en un paraíso donde todo es perfecto, ¡para nada! Hay muchos problemas y carencias también. Pero con todo, no estamos en las mismas condiciones que miles y miles de personas. 

No sé si lo has pensado alguna vez, pero quejarse es pecado para Dios. Si tienes dudas, lee Números capítulo 14. El pueblo de Israel pagó un precio muy alto por sus quejas. Toda una generación se perdió el disfrute de grandes bendiciones porque se quejaron y Dios se enojó mucho. Ahora bien, si crees que esto solo es un problema de los israelitas, piensa de nuevo. Presta atención y verás que es mucho más común de lo que creemos. 

El asunto es que si a Dios en el tiempo de Moisés le desagradaba la queja, ahora también, eso no cambia. La ingratitud es abominable para nuestro Señor.

Pablo, que vivió preso y en condiciones deplorables, nos enseñó que el secreto está en buscar la fuerza en Jesús para enfrentar situaciones así (Filipenses 4:13). Ese no es un pasaje que nos diga que somos súper hombres ni súper mujeres, es un pasaje que nos enseña a buscar fortaleza en Cristo para momentos duros y entonces poder experimentar lo mismo que Pablo… contentamiento en cualquier situación.

Por otro lado, la queja poco a poco se va convirtiendo en un mal que carcome y crea amargura. ¡Y a nadie le gusta convivir con gente amargada! Mira lo que nos dice Hebreos: “Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos” (12:15). Nuestra queja puede estar afectando a otros. 

Escribo estas palabras porque el pueblo de Dios tiene que ser diferente. Y una de esas diferencias es no ser un pueblo quejoso ni amargado. Si te has subido al tren de la quejabanza, ¡bájate rápido! Recuerda que al hacerlo estás desagradando a Dios, pecando. Además, pudieras estar demorando o perdiendo la bendición, como pasó con aquella generación de israelitas. Y encima, convertirte en una persona amargada y solitaria. 

Si vamos a ser luz para los demás, como estamos llamados, seamos un pueblo de gratitud y contentamiento que reconoce la mano de Dios, ayuda a otros y los alienta.

¡Esa es la vida que Dios diseñó!

Bendiciones,

 Wendy 

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miércoles, 13 de septiembre de 2017

Lecciones de Irma y otras tormentas

Hay fenómenos atmosféricos que nos toman por sorpresa, como los terremotos. No se puede hacer nada porque son sorpresivos. Hay otros, como los tornados, para los que se ha implementado un sistema de aviso, pero el lapso de tiempo es muy breve, apenas para buscar refugio.

No sucede así con los huracanes. Gracias a toda la tecnología con que ahora contamos, se puede seguir el curso de estos desde su formación, ver cuánta fuerza van cobrando, hacer pronósticos de la trayectoria y momento de llegada.

Para los que vivimos en zonas de paso de huracán eso representa mucho, podemos tomar ciertas medidas, proteger nuestras casas, comprar provisiones, diseñar un plan en caso de evacuación, y, hasta cierto punto, estar preparados para el embate de semejante fenómeno.


Como quizá ya sabes, vivo en la Florida y hace menos de 72 horas que nos vimos bajo el impacto de Irma, un huracán al que muchos han catalogado como “monstruo”, una tormenta sin precedentes en el Atlántico. Sus secuelas han sido devastadoras. Vidas perdidas. Países prácticamente destruidos por completo, como la isla de San Martín en el Caribe. Ciudades que parecen barridas con un enorme buldócer, como Key West. Inundaciones en lugares como Jacksonville, al norte de la Florida, que han dejado a sus residentes sin poder regresar, nunca más, a sus casas. Pueblos pequeños carentes de recursos como Caibarién, en Cuba, donde la desesperanza se dibuja en los rostros que muestran las noticias.

A pesar de las medidas, de la preparación, el huracán dejó su marca indeleble, tanto así que nunca más una tormenta tropical llevará el nombre de Irma.

¿Qué quiero decirte con todo esto? Varias cosas.

1. Hay sabiduría en prepararse para sucesos de este tipo. No podemos simplemente cruzar los brazos, por muy grande que sea nuestra fe, Dios nos enseña que es sabio prepararse (lee Proverbios 6:6-8).

2. Hay tormentas en la vida, no atmosféricas sino a nivel personal, que nunca podremos enfrentar si antes no hemos tomado el tiempo de prepararnos con Dios. Es decir, si nuestra relación con él no ha llegado al punto de saber, y entender, que pase lo que pase, nuestras vidas están en sus manos, él tiene el control, nos ama igual, cuando la tormenta pase quedaremos como todos esos lugares, destruidos.

3. Cuando algo semejante sucede tenemos que recordar que vivimos en un mundo caído, sujeto a las consecuencias del pecado. No podemos esperar perfección hasta que Cristo venga y establezca nuevamente su reino de orden.

4. El carácter se refleja en las crisis. Cuando todo marcha bien, sobre ruedas, es fácil mostrar “carácter cristiano”. Cuando la vida se vuelve patas arriba, cuando estamos incómodos, cuando hay calor que no deja dormir, cuando no sabemos cómo empezar de nuevo, y muchas otras cosas más que alteran el ritmo al que estamos acostumbrados, la manera en que reaccionemos será una muestra fehaciente de nuestro verdadero carácter. Por eso es crucial que dejemos que Dios obre en nosotros cada día y nos lleve a la meta suprema, ser formados a imagen de Cristo.

5.  Irma puso a muchos de rodillas en Miami y en otros lugares. Nosotros en esta ciudad vimos la mano de Dios, desviando el curso, alejando el “ojo” del huracán. Sin embargo, en medio de todo yo pensaba: ¿por qué no vivimos siempre con esta actitud de dependencia de Dios? Y cuando pase, ¿se acordarán de darle la gloria al único que la merece? Mi querida lectora, cuando las tormentas pasen, y veas la calma, no olvides darle la gloria a Dios. Él es fiel, incluso si la noche parece interminable, si los vientos golpean y las casas se estremecen; o la vida parece derrumbarse. Sí, nos preparamos hasta donde podemos, pero al final, tenemos que rendirnos a Dios y saber que estamos en sus manos.

6. Aprende a cantar en medio de las tormentas. Mientras los vientos de Irma rugían contra las ventanas de mi casa, esta era la canción en mis labios: “yo sé que tú, mueves montañas, yo creo en ti, sé que lo harás otra vez, abriste el mar en el desierto, yo creo en ti, sé que lo harás otra vez… siempre has sido fiel”. (Puedes escucharla aquí). ¿Por qué cantar o, mejor dicho, por qué alabar a Dios? Porque cuando lo hacemos nuestro enfoque cambia de las circunstancias al que controla toda circunstancia.

7. Vivamos con un espíritu de gratitud constante. Nada de lo que tenemos podemos darlo por sentado pues en un abrir y cerrar de ojos puede desaparecer. Aprendamos que toda buena cosa viene de nuestro Dios, él da y quita, pero su nombre es siempre bendito, como dijera Job.

Así que, luego del paso de Irma, la vida todavía no regresa a la normalidad. Nosotros no tenemos electricidad en nuestra casa, no sabemos cuándo regresará, pero estamos más que agradecidos a Dios por habernos guardado, por haber tenido misericordia de nuestra ciudad, de nuestra familia, nuestros amigos. Quizá tú no vivas en un clima tropical y nunca te tocará lidiar con un huracán, pero alguna otra clase de tormenta puede estar a la vuelta de la esquina y mi oración es que estas lecciones de Irma sean útiles para ti también y te ayuden a estar preparada. 

Bendiciones,

 Wendy 

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jueves, 31 de agosto de 2017

Amigas intencionales

Dice la Real Academia Española que intencional es sinónimo de deliberado, algo que se hace a propósito. Y quizá, luego de leer el título de este artículo, te preguntes qué tiene que ver todo eso con la amistad. ¡Mucho!

Hace un tiempo he descubierto que dada la naturaleza de los tiempos que vivimos: largas distancias, muchas ocupaciones y responsabilidades, las amistades sin querer se descuidan o quedan completamente abandonadas. Incluso he escuchado a algunos decir que "no hay tiempo para eso".


Es ahí donde entra la palabra intencional. Las amistades, si queremos que sean profundas y de calidad, necesitan que les dediquemos tiempo; que a propósito busquemos el espacio para compartir y conectarnos a un nivel más allá del mensaje de texto o la llamada telefónica ocasional.

Tengo una amiga que me ha enseñado mucho al respecto. Quizá porque es life coach (mentora personal) o porque simplemente le apasiona todo lo relacionado con cultivar amistades. Vivimos a 42 millas de distancia (67 kilómetros). ¡Eso es muchísimo! Y si añadimos el factor tráfico, entonces la distancia pudiera parecer más larga. De hecho, con un tráfico normal nos toma 50 minutos recorrela. Sin embargo, eso no ha sido obstáculo para cultivar nuestra amistad. Cada mes hacemos tiempo para reunirnos, aunque sea una vez, y salimos juntas a comer. Esas dos, tres horas son una bendición. Y sé que hablo por las dos.

Ahora bien, no solo somos intencionales en hacer tiempo para vernos, también lo somos en apoyarnos, en preguntarnos cómo puedo orar por ti, qué proyectos tienes para esta semana. Ella es una de esas amigas que me acerca a Dios y me ayuda a crecer.

Y en eso también tenemos que actuar de manera deliberada. Al escoger las amistades tenemos que ser sabias. Como mujeres cristianas necesitamos primero que nada alguien que ame a Dios como nosotras y nos desafíe a buscarle más, a conocer su Palabra, a profundizar en nuestra relación con él.

Además es sabio escoger amigas que te ayuden a ser tu mejor versión. Alguien que te impulse a alcanzar tus metas, se interese por tus sueños, y que al lograrlos se alegre contigo genuinamente. Una amiga que cuando tal vez te desanimes, ore por ti y te ayude a mirar las cosas desde otro ángulo. Y por supuesto, lo mismo en dirección opuesta; es decir, ser nosotras esa clase de amigas.

¿Sabes? Las mujeres somos un poco complicadas también en este aspecto. Una verdadera amistad está libre de celos, de competencia. Una amistad a la manera de Dios es aquella en la que actuamos con toda sinceridad. Me gusta decirlo así: es una relación en la que puedo ser yo misma sin temor a rechazo o a cómo la persona tomará cada palabra o acto de mi parte. Y claro, si surgen conflictos, buscamos solucionarlos. Por experiencia sé que mientras más tiempo lo dejamos, más difícil se hace.

Con los años también he descubierto que quizá no vamos a tener muchas amigas así, pero si queremos algunas, o si ya las tenemos, es necesario ser intencionales y cuidar la relación.

La amistad fue idea de Dios; él llamó a Abraham amigo, y Jesús nos llama amigos. Creo que una vida plena y abundante también es aquella donde disfrutamos de amigos de verdad. Hagamos nuestra parte para ser amigas intencionales.

Bendiciones,

Wendy 

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lunes, 28 de agosto de 2017

Una palabra de esperanza

Hay situaciones de la vida que nos llevan a pensar: ¿hasta cuándo, Dios? ¿Cuánto más tengo que esperar? ¿Cuándo saldré de este hoyo? Parece que así se sentía el autor de Salmos 119 cuando escribió: “Estoy agotado de tanto esperar a que me rescates pero he puesto mi esperanza en tu palabra. Mis ojos se esfuerzan por ver cumplidas tus promesas, ¿cuándo me consolarás?”  (vv. 81 y 82).  La clave está en la frase que está negritas: a pesar de su cansancio y angustia, tenía esperanza en la palabra dada por Dios. 



Lee los versículos que siguen:
Tu eterna palabra, oh Señor, se mantiene firme en el cielo. Tu fidelidad se extiende a cada generación, y perdura igual que la tierra que creaste. Tus ordenanzas siguen siendo verdad hasta el día de hoy, porque todo está al servicio de tus planes. Si tus enseñanzas no me hubieran sostenido con alegría, ya habría muerto en mi sufrimiento. Jamás olvidaré tus mandamientos, pues por medio de ellos me diste vida.

Cuando las circunstancias que vivimos no son agradables ni siquiera llevaderas, tenemos que escoger dónde poner la esperanza. Este hombre estaba en el banco de la paciencia, su vida detenida. ¡Quién sabe lo que estaba esperando! No obstante, él estaba seguro de que la palabra de Dios es eterna, de que su verdad es intemporal porque va más allá del día de hoy y, todavía más importante, comprendió que la Palabra de Dios nos sostiene y nos da vida.

Ahora bien, no es una fórmula mágica. No se logra nada con dejar la Biblia abierta sobre la mesa de noche ni siquiera con llenar las paredes de versículos bíblicos, aunque me gusta tenerlos en lugares visibles para recordarlos. Es una cuestión del corazón. Para que la Palabra de Dios produzca en nosotros este efecto necesitamos conocerla, aprenderla, vivirla y sobre todo, pedirle al Espíritu Santo que nos ilumine para entenderla bien. Una vez que la tenemos dentro se convierte en una provisión de la que nos nutrimos constantemente, un tesoro que nadie nos puede quitar.

Tal vez hoy te sientes como este salmista, ¿hasta cuándo, Señor?, esa es la pregunta que una y otra vez regresa a tu mente. Yo no puedo responderla, ni creo que haya quien pueda hacerlo. Pero hay algo que sí puedo decirte con certeza: haz de la Palabra de Dios tu esperanza. Mira el versículo 114: “Tú eres mi refugio y mi escudo;  tu palabra es la fuente de mi esperanza” (cursivas de la autora). Mientras la vida parezca estar en pausa, aférrate a la esperanza que se encierra entre Génesis y Apocalipsis.

Y déjame decirte una última cosa, cuando vivimos así, agarradas a esta esperanza, los que nos rodean también se contagian: “Que todos los que te temen encuentren en mí un motivo de alegría, porque he puesto mi esperanza en tu palabra”  (v. 74). Cuando alguien está desesperanzado, angustiado, deprimido, y nosotros compartimos la esperanza que tenemos, le transmitimos alegría. Usa, por ejemplo, la tecnología. Un mensaje de texto, un estatus en Facebook o Twitter con un versículo bíblico puede ser justo lo que una persona necesita en un momento dado. Me ha pasado, y seguro que a ti también.     

¿Qué podemos concluir entonces de estos versículos de Salmos 119? Lo que varios siglos después Pablo reafirmó con su pluma mientras escribía a los cristianos de Roma: “Y las Escrituras nos dan esperanza y ánimo mientras esperamos con paciencia hasta que se cumplan las promesas de Dios” (Romanos 15:4, cursivas de la autora). 

La Palabra de Dios es un caudal de esperanza que él nos ha regalado. Pero ningún regalo es útil guardado en un rincón. Tenemos que darle el uso necesario. En este caso, creer que es nuestro, amarlo, vivirlo y ponerlo en práctica. Así podremos decir junto con el salmista: “Tus leyes son mi tesoro; son el deleite de mi corazón. Estoy decidido a obedecer tus decretos hasta el final” (111 y 112).

Vive con esperanza, ¡esa es la vida que Dios diseñó!

Wendy 

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