jueves, 17 de agosto de 2017

Para cuando nos quedamos sin respuestas y no sabemos qué decir

Hace tiempo entendí que no puedo tratar de explicar lo inexplicable, ni dar respuestas que no tengo.

Unos años atrás, el día en que celebraba  mi cumpleaños, en otro lugar de los Estados Unidos una familia muy querida para el pueblo cristiano perdía a su hijo…tras un suicidio. Cuando leí la noticia no pude evitar pensar cómo un día puede ser de mucha alegría para algunos y de tanta tristeza y dolor para otros.

¿Sabes? A veces no queremos hablar del tema y otras veces le presentamos a la gente un evangelio demasiado fácil y abaratado donde todo será perfecto, carente de dolor, sin enfermedades ni necesidades.

Pero todas esas cosas son parte del paquete al que llamamos VIDA. Sí, vida en un planeta que clama de dolor porque el pecado cada vez expande más sus garras. Jesús lo sabía. Trató de explicarlo a sus discípulos para que estuvieran preparados.
“Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo”, (Juan 16:33). 
Ellos también estuvieron confundidos. Por un momento pensaron que todo el dolor terminaría y por fin tendrían la nación, y la vida, con la que soñaban. 

Yo no puedo ni imaginar el dolor de esa familia. Tampoco conozco el dolor que quizá tú estás viviendo mientras lees estas palabras. Pero sé lo que es el dolor. Sé lo que es luchar con tristeza profunda.     

Sin embargo, más que nada, lo conozco a Él.

Jesús nos abre los abrazos y nos dice: anímense, yo he vencido.

El siguiente pasaje, en Salmos 37:23, habló a mi corazón, y espero que pase igual contigo: 
“El Señor dirige los pasos de los justos; se deleita en cada detalle de su vida”. 
El Señor dirige cada detalle de nuestra vida. ¿Crees en la veracidad de la Palabra de Dios? Yo la creo con todo mi corazón. Por tanto, aunque muchas veces no tengo explicación para un sinfín de cosas, creo que Dios está al tanto de cada detalle de mi vida, y de la vida de aquellos que son llamados justos por la sangre de Jesús.

Muchas veces la vida de fe implica veces decir: no entiendo, pero creo. Creo en la bondad de Dios, creo en su propósito para cada uno de sus hijos, creo en su fidelidad, creo en su provisión. CREO.

¿Fácil? No siempre. El dolor a menudo nubla la vista y embota el pensamiento; pero la fe es como la espada que corta la oscuridad y nos abre paso, aunque todavía no veamos la luz.

Muchas, muchas cosas se van a quedar sin respuesta de este lado de la eternidad. Y en cierto modo me alegra que así sea. No tenemos la capacidad para entenderlo todo. No somos Dios.

Cuando alguien sufre no siempre tenemos que explicarle el por qué. De hecho, muchas veces no podremos. ¿Sabes? No seremos menos cristianas por decir “no entiendo”, o, “no tengo respuesta para ti”. Pero sí podemos abrazar, dar la mano, secar las lágrimas, orar y amar. 

Tengo mi propia dosis de preguntas no contestadas. Quizá un día reciba respuestas. Tal vez no. Pero de algo estoy convencida: “...en cuanto a mí, sé que mi Redentor vive, y un día por fin estará sobre la tierra” (Job 19:25).

¡Y ese día ya no será necesario seguir buscando respuestas! Mientras tanto, CREE.

Bendiciones,

Wendy

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lunes, 14 de agosto de 2017

La leche, la Palabra y yo

Estoy convencida de que en mi familia hay algún gen que codifica "no gusto por la leche". Mi abuela me cuenta que mi mamá, cuando ya era más grande, la botaba por el tragante del agua. Para mí ha sido siempre como una medicina, tomarla de una vez y sin parar. Y en el caso de mis hijos es medio parecido. 

Cuando mi hija era bebé tomaba mucha leche, pero en cuanto dejó el biberón, perdió su interés en ella. Con el varón ni con biberón ni sin biberón. La leche nunca ha figurado entre sus alimentos predilectos. Sin embargo, hay una leche en particular que le gustaba mucho cuando era bebé, y al abrir sus ojos por la mañana, lo primero que me decía era: “¿Hay leche de ositos?” No, no toma leche de osa, es una leche que en el envase tiene dibujado un osito de peluche.



Todo esto vino a mi mente un día hace años cuando leía un pasaje de la primera carta de Pedro y que dice así: 
“…deseen con ansias la leche pura de la palabra, como niños recién nacidos. Así, por medio de ella, crecerán en su salvación, ahora que han probado lo bueno que es el Señor” (1 Pedro 2:2-3). 
La palabra de la que habla el pasaje es la Palabra de Dios. Y al leerlo pienso en cuánto deseo yo en las mañanas no tanto la leche, sino el café.

Cada día cuando me levanto casi que por inercia llego a la cocina, directo a la cafetera y preparo mi taza de café, luego le añado un poquito de crema. Es una rutina que ansío cada día. Y cuando me falta, ¡me paso todo el día pensando en mi taza de café! sí, ya sé... ¡es por la cafeína!

Pero eso me llevó a pensar más allá. ¿Cómo cambiaría la vida si cada mañana me levantara con esas mismas ansias por la “leche pura de la palabra”? Hay días en los que nos resulta muy fácil, ¿no es cierto? Nos levantamos dispuestas a pasar un tiempo a solas leyendo la Palabra. Otros, no tanto. E incluso hay otros en que sí estamos dispuestas pero en el momento en que nos sentamos a leer la Biblia, algo sucede. Suena el teléfono, un niño nos llama, recordamos algo “muy importante” que tenemos que hacer, aparece una notificación en el celular, etc. 

La lectura de la Biblia siempre tiene competencia. El enemigo de nuestras almas sabe que mientras más conozcamos de la Palabra, mejor conoceremos a Dios y más difícil le resultará a él engañarnos o distraernos. No por gusto la propia Biblia dice que la Palabra de Dios es como una espada. Es un arma a nuestro favor.

Te confieso que, luego de probar un montón de estrategias humanas diferentes, solo una me ha dado resultado para “ansiar la leche pura de la palabra”. ¿Cuál? Pedírselo a Dios mismo. La lectura es una de las cosas que más disfruto pero por mucho tiempo en mi vida luché para leer la Palabra de Dios. Hasta que un día decidí pedirle a su propio Autor que me diera el deseo genuino de leerla, de apasionarme por ella, que cada vez que la tomara en mis manos esta cobrara vida y yo pudiera entender su mensaje con claridad y ponerlo en práctica. 

Dios es fiel a sus promesas y él ha prometido que si pedimos algo conforme a su voluntad, él nos va a responder. Y por supuesto, el que lleguemos a conocerle por medio de su Palabra es parte de su voluntad. De manera que él respondió a la petición de alguien que por años había batallado con el deseo de sentir ansias por esa “leche pura”.

Todavía lucho con las interrupciones y todavía hay momentos en los que ansío más mi taza de café…pero Dios es bueno, y con mucha paciencia enfoca mi corazón en lo que realmente satisface mi alma y, como dice el versículo que mencioné al principio, me hace crecer en mi salvación.

Te propongo un desafío si tienes esa misma lucha, prueba a Dios en esto. Pídele que ponga en ti las ansias por su Palabra. Pídeselo cada día. Te garantizo que no te defraudará. 

Bendiciones en tu nueva semana,

Wendy

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martes, 8 de agosto de 2017

Cuando las cosas no salen como habíamos pensado

Llegué a la casa luego de un largo día, en zapatos altos. Si estás leyendo esto y no eres mujer, o nunca te has pasado un día entero con zapatos altos…es agotador, por no decir más. En fin, tenía hambre pero era tarde y no quería comer mucho, así que decidí prepararme un sándwich sencillo con queso y ponerlo en el horno. 


Di dos o tres vueltas y cuando miré… ¡se estaba quemando! Abrí la puerta del horno y lo saqué lo más rápido que pude, pero el pan ya no tenía su color original, ahora estaba demasiado tostado. Lo miré y luego tomé un cuchillo y empecé a raspar lo quemado. Entonces me vino a la mente cómo a veces la vida se parece a mi sándwich quemado. Hacemos planes, nos ilusionamos…pero las cosas no salen como habíamos pensado. En lugar de un delicioso sándwich de queso al horno, tenemos un pan quemado, con queso demasiado derretido y un sabor no tan agradable.  

Sin embargo, Dios usa todas esas oportunidades para enseñarnos algo, y en este caso ese algo es nuestra actitud. Ante mi sándwich quemado yo tenía solo dos alternativas: botarlo y prepararme otro, o hacer lo que hice, quitar lo quemado y comérmelo así mismo. ¿Por qué decidí lo segundo? Bueno, no tenía deseos de preparar otro y además (lo digo con toda honestidad y sin deseos de que parezca súper espirtual), no pude evitar pensar en cuánta gente se contentaría con un sándwich aunque fuera así.

Es igual con la vida, podemos echar a un lado las oportunidades difíciles y no aprovecharlas, o podemos dejar que Dios las use para hacernos crecer. Podemos dejar que él tome un “cuchillo y raspe” todo lo quemado para que al final podamos ver el producto como él lo diseñó originalmente.

Mientras yo raspaba el pan con mi cuchillo, mi hija me preguntó:
—Mami, ¿cómo vas a comerte eso?
—Igual que siempre —le contesté yo.

Podía comérmelo a regañadientes y refunfuñando o podía simplemente comerlo dándole gracias a Dios por mi sándwich extra horneado.

Regresando a nuestra analogía con la vida. Podemos aceptar los momentos difíciles a regañadientes y refunfuñando, lo cual no cambiará para nada la situación y lo único que producirá es amargura en nosotros... O podemos aceptarlos con gratitud de corazón, porque a fin de cuentas, a los que aman a Dios, todas las cosas les ayudan a bien (Romanos 8:28), y aunque de momento parezca desagradable como el pan quemado, el plan del Señor está en curso. 

Quizá deba contarte que justo mientras empezaba a preparar ese sándwich le pedí a Dios que me mostrara sobre qué debía escribir … ¡y en eso se quemó el pan!

Una nueva semana, es probable que nos encontremos con muchas situaciones con las que no contábamos. La actitud con la que las enfrentemos marcará toda la diferencia. ¿Dejaremos que Dios las use o desperdiciaremos la oportunidad de crecer? La decisión es nuestra.

Bendiciones,

Wendy 

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viernes, 4 de agosto de 2017

Cuando nos atrapa la inseguridad

La inseguridad, ¡podríamos llenar páginas, libros, sobre el tema! La inseguridad es el denominador común en gran parte de los problemas que enfrentamos las mujeres, aunque a veces ni cuenta nos damos.

Así que decidí explorar cómo orar con la Biblia cuando la inseguridad nos amenaza y se alza como un gigante burlón e imponente que nos deja paralizadas y nos atrapa.


Pero primero, definamos un poco las cosas. Inseguridad básicamente es no tener clara nuestra identidad, nuestro valor. Inseguridad es dudar de lo que somos porque al medirnos con otros nos parece que siempre nos quedamos por debajo. La inseguridad es aquello que te lleva a no estar satisfecha con lo que eres ni con lo que tienes. Te hace creer que necesitas tener más o ser más y te quita la alegría de disfrutar tu vida y tus bendiciones. La inseguridad incluso te impide tener relaciones saludables.

Y aunque no pretendo decir que con solo una oración podemos vencer este mal tan expandido y profundamente arraigado, sí creo que cuando atacamos los motivos de nuestra inseguridad con las verdades de la Palabra de Dios, y las usamos al orar, poco a poco nuestra mente irá reemplazando las mentiras que nos han hecho mujeres inseguras.

Esto que te comparto no es exclusivo, tú misma puedes pensar en otras afirmaciones de la inseguridad y buscar respuestas bíblicas. ¿Lista?

Cuando la inseguridad te diga: “tú no puedes”, le responderás: “Sí puedo, todo lo puedo en Cristo que me fortalece”. Filipenses 4:13

Cuando la inseguridad te diga: “Eres demasiado débil para enfrentar esta situación”, tú le contestarás: “Yo soy débil, sí, pero el poder de Dios se perfecciona en mi debilidad y él me prometió ser mi fortaleza”. 2 Corintios 12:9, Isaías 40:29

Cuando la inseguridad te diga: “Después de este fracaso, no hay más oportunidad”, tú le dirás: “Un fracaso no significa que perdí la guerra, solo una batalla. Jesús me dice que él ha vencido al mundo, que confíe en él y que la obra que él comenzó en mí la perfeccionará hasta el final.” Juan 16:33, Filipenses 1:6

Cuando la inseguridad te diga: “No eres suficiente”, tú le responderás: “Mi Dios es suficiente, él es el principio y el fin, él es el todo en todos.  Eso me basta.” Apocalipsis 22:13, Colosenses 1:18

Si la inseguridad te susurra: “Como no tienes nada, no tienes valor”, tú le recordarás: “Pertenezco a una familia real, soy miembro del pueblo de Dios y valiosa para él, al punto de que pagó un precio inigualable por mí al enviar a Jesucristo para que muriera en mi lugar. ¡Soy valiosa!” 1 Pedro 2:9, 1 Pedro 1:18-19

Cuando la inseguridad te diga: “No eres lo suficientemente hermosa”, recuérdale que fuiste hecha a imagen de Dios, llevas su sello y tu belleza va más allá de los estándares de este mundo. Génesis 1:27, Isaías 43:4

Si la inseguridad te hace creer “tú no eres inteligente”, tú le dirás: “Tengo a mi disposición la sabiduría de Dios”, Santiago 1:5.

Si la inseguridad te dice “no tienes capacidad para esto o aquello por mucho que intentes”, tú le dirás: “Me esforzaré porque el Señor me ha prometido su ayuda y él me capacitará como lo hizo con Moisés, con Gedeón, con Pedro y tantos otros”, Isaías 41:13.

Cuando la inseguridad te haga creer que nadie te ama, recuérdale que Cristo te amó hasta la muerte y que Dios te ama con un amor eterno que no cambia. Romanos 5:8, Jeremías 31:3, Malaquías 3:6.

Si la inseguridad llegara a hacerte creer que todo está perdido y que no hay esperanzas, repítele bien alto: “Yo creo en Dios, la fuente de toda esperanza (Romanos 15:13) y en esa esperanza mantengo mis ojos” (1 Pedro 1:21).

La vida que Dios diseñó para nosotras es plena, abundante. No tiene que ser una vida plagada de inseguridades sino una vida afirmada en la verdad de Dios. Decide hoy comenzar a orar de esta manera, con su Palabra y hablando directamente a esas mentiras que te han tenido presa de la inseguridad. ¡Vamos a hacerlo juntas!

Bendiciones,

Wendy 

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