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¿Por qué Dios no me escucha?

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Alguien me preguntó hace unos días, ¿por qué Dios no me escucha en este asunto en particular? Según lo que me contó, en su vida Dios ha respondido de diversas maneras, pero no esto. ¿Te identificas?
Bueno, hablemos del tema. ¿Será realmente que Dios no responde? No hay mejor manera de buscar las respuestas que en la propia Biblia, porque de nada vale lo que nosotros pensemos sobre Dios si no está basado en lo que Él dice de sí mismo.

“Clama a mí, y yo te responderé…”, así comienza Jeremías 33:3.
“Luego llámame cuando tengas problemas, y yo te rescataré, y tú me darás la gloria” (Salmos 50:15).
“El Señor dice: ‘Rescataré a los que me aman; protegeré a los que confían en mi nombre. Cuando me llamen, yo les responderé; estaré con ellos en medio de las dificultades…’” (Salmos 91:14-15a).
Pudiéramos citar muchos otros pasajes, pero creo que estos tres afirman algo claro sobre Dios: Él dice que nos escucha cuando oramos, ¿cierto? Dios no es selectivo en lo que escucha, ni se le escapan ciertas…

Cuando una puerta no se abre (o lo que me enseñó una libélula)

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Era temprano en la mañana, todo en silencio a mi alrededor excepto el goteo del café que colaba para comenzar el día. 
“Tac, tac, tac”, escuché el ruido como de algo que chocaba contra un cristal. “Tac, tac, tac”, se repitió. Salí de la cocina y fui a revisar la puerta de cristal que sale al patio. Ahí estaba la causa del ruido: una libélula que volaba contra la puerta, literalmente. Insistía en seguir su trayectoria a pesar de que una y otra vez se daba contra la enorme masa de cristal.

En ese momento, mientras pensaba en por qué la libélula no desistía al ver que no avanzaba, que el camino no llegaba a ninguna parte y porque de seguro debía dolerle estar golpeándose contra la puerta, pensé en mí…y también en ti. ¡Tantas y tantas veces somos como esa libélula!
Dios nos ha mostrado en su Palabra qué actitudes son las mejores, pero insistimos en aquellas que de momento nos hacen sentir bien (o al menos eso creemos)… Orgullo en lugar de humildad, desesperación y no paciencia, ofensas en…

Un mal momento no nos define

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Hace un tiempo compartí una imagen que decía: La Palabra de Dios siempre es relevante. ¡Y sí que lo es!
¿Conoces esos días en los que te levantas con deseos de martillar tu propia cabeza porque el día anterior actuaste de nuevo como muchas veces dijiste que no lo harías más? Yo sí. Y justo de esa manera me levanté hace un tiempo.

Con mi taza de café y mi Biblia color turquesa me senté a leer en Efesios.  Y llegué a Efesios 3 con esa sensación de querer martillar mi cabeza porque mi esposo y yo tuvimos un desacuerdo tonto, más por mi percepción que por otra cosa. Aunque soy el menos digno de todo el pueblo de Dios, por su gracia él me concedió el privilegio de contarles a los gentiles acerca de los tesoros inagotables que tienen a disposición por medio de Cristo. (v. 8) Así me sentía yo, la menos digna de todo el pueblo de Dios... porque ¿sabes algo?, cuando estamos en el ministerio de vez en cuando caemos en la trampa de creer que tenemos que ser dignas, se nos olvida que nunca lo serem…

Por si la decepción hoy te aplasta el corazón

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Decepciones. Todos las sufrimos. También las causamos. A todo nos afectan. Pero tres en una semana me parecía mucho… demasiado. Las emociones todas mezcladas. Enojo. Frustración. Tristeza. Y todas luchando por abrirse paso y salir gritando. Cada una más fuerte que la otra.

Jesús, dame tu perspectiva porque si no, sé que puedo terminar mal. Sé que puedo empañar mi corazón.
Quizá tú también has estado ahí... O estás ahora mismo.
¿Qué hacemos con las decepciones? ¿Cómo las procesamos?  De nada vale esconderlas o tratar de disfrazarlas porque en algún momento sacarán las narices. 
Por experiencia propia lo digo, y por eso, te comparto este artículo, porque quizá estás atravesando una de esas decepciones que aplastan el corazón. 
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Bendiciones,
Wendy