lunes, 19 de junio de 2017

Para cuando la vida nos presenta desvíos

Qué molesto nos resulta ir manejando, sobre todo en horario pico, y encontrarnos un letrero que dice: Desvío. Me pasó el otro día y resultó que el desvío me obligaba a regresar, por otra calle, a mi punto de partida. Realmente frustrante, pero así es cuando están haciendo arreglos.


Y lo mismo pasa en la vida. Cuando mi esposo y yo decidimos emigrar, el plan original era venir para los Estados Unidos. Era nuestro plan pero no el de Dios. El plan de Dios implicaba un desvío de un año y medio por otro país, en este caso, Canadá. En aquel entonces a mí me resultó un poco difícil comprenderlo. Con mis ojos humanos no podía encontrar el sentido a aquel aparente inconveniente.

Al mirar atrás ahora me doy cuenta de que solo Dios con su sabiduría pudo haber orquestado algo así. En ese año y medio en Canadá crecí mucho más que durante varios años juntos. Y no hablo de crecimiento físico, hablo de crecimiento espiritual, madurez. Viví experiencias que hubiera preferido no tener pero entiendo que fueron necesarias. También puedo ver cómo el Señor nos usó en ese breve tiempo para bendecir la vida de algunas personas y cómo también nos bendijo a nosotros mediante las vidas de muchas otras.

Los desvíos en la vida son necesarios porque nos hacen crecer y nos llevan a depender más de Dios. Piensa por ejemplo en el pueblo de Israel cuando emigró de Egipto a la tierra que Dios les había prometido. La trayectoria que pudo haberse hecho en días prácticamente demoró cuarenta años. ¿Por qué? Bueno, primero ellos mismos tuvieron la culpa, por su desobediencia, Como resultado, Dios los mantuvo en un largo desvío que les llevaría a conocer realmente al Dios que les estaba guiando y cómo obedecerle para que les fuera bien en su nueva vida. 

Tenemos que aprovechar los desvíos porque nos preparan para lo que vendrá después. Y lo más importante, los desvíos de la vida prueban nuestra confianza en Dios. Los 40 años de los israelitas pudieron haber sido menos si no hubieran duda tanto de la bondad de Dios.

Es probable que ahora mismo estés en un desvío, no lo quisieras, no lo viste venir, pero ahí estás. Permíteme animarte con un mensaje poderoso de la Palabra de Dios: “Porque yo sé muy bien los planes que tengo para ustedes —afirma el Señor—, planes de bienestar y no de calamidad, a fin de darles un futuro y una esperanza” (Jeremías 29:11). 

El desvío en que puedas encontrarte ahora no fue una sorpresa para Dios, es parte de su plan. Pero el plan de Dios es perfecto. Está diseñado para traer bien a tu vida, y para que disfrutes un futuro con esperanza, mucho mejor de lo que tú pudieras soñar.  Los desvíos pueden ser lentos, dolorosos, y hasta parecer interminables,  pero el resultado será extraordinario si tú confías en Dios y lo ves como una oportunidad para crecer. 

Mi año y medio en Canadá fue un desvío que tuvo sus momentos difíciles pero hoy puedo darle gracias a Dios por haberlo hecho de esa manera.

Quiero terminar con las palabras de Santiago el apóstol, mi anhelo es que te sirvan de inspiración junto con las de Jeremías, para que ya sea que estés en un desvío o que tal vez pronto llegue alguno, salgas victoriosa.

Hermanos míos, considérense muy dichosos cuando estén pasando por diversas pruebas. Bien saben que, cuando su fe es puesta a prueba, produce paciencia. Pero procuren que la paciencia complete su obra, para que sean perfectos y cabales, sin que les falta nada. (Santiago 1:1-4, NVI)


Bendiciones,

Wendy
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martes, 13 de junio de 2017

Esta actitud cambiará nuestros días

Cada vez que empieza un nuevo día tengo dos opciones. Está claro para todos que cada día viene y hay mucho de este que no podemos controlar, pero aún así tengo dos opciones. 


Opción 1: Abrazar el nuevo día, es decir, aceptarlo como venga, con inconvenientes y todo.

Opción 2: Rechazarlo porque llegó y las cosas no van como yo pensaba o quería, o siquiera imaginaba.

Hubo un tiempo en mi vida en que siempre escogía la segunda opción, y por supuesto, llenaba el día de muchos momentos infelices. Voy a salir y está lloviendo…me incomodaba. Esperábamos una visita que a última hora no pudo llegar…¡cómo me molestaba! Alguien o algo no cumplía con las expectativas que en mi mente yo había fabricado…se desataba una tormenta que me afectaba no solo a mí sino a los que estuvieran a mi alrededor... Y la lista pudiera continuar.

Hasta un día en que poco a poco, de manera muy sutil, Dios empezó a confrontarme usando diversos métodos. Incomodarme con la lluvia, por ejemplo, era hasta cierto modo incomodarme con Dios porque a fin de cuentas, él sabe cuándo debe llover y cuándo no. ¿Que los planes no salieron como yo esperaba…? Una oportunidad para aprender a ser flexible y buscar un Plan B. Algo que tenemos que practicar constantemente en la vida cotidiana. Muchas veces el Plan A  no resulta, es bueno aprender a pensar en un Plan B. ¿Las expectativas no se cumplieron? Eso me ha enseñado a otorgar gracia a los demás. A mí misma. Recordar que somos seres humanos muy imperfectos y el perfeccionismo, a la larga, es una raíz de orgullo y autosuficiencia. Solo Dios puede satisfacernos al 100%.

Todas estas actitudes son el resultado de escoger la opción número dos,  y por consiguiente, derrochar un día.  Rechazar la oportunidad que Dios me da de vivir y aprender, y dejarme moldear.

Escoger la opción uno no es fácil. En honor a la verdad la segunda es mucho más cómoda y, sí, humana. Pero esta primera opción, la de aceptar el día tal y como llegue, me hace más como Jesús quien también tuvo dos grandes opciones: venir a la tierra, sacrificarse y morir, para así ocupar nuestro lugar; o, seguir tranquilamente en su mundo celestial y ahorrarse muchos momentos amargos, aguaceros, cambios de planes, expectativas no cumplidas, etc.

Hace un tiempo ya le dije a Dios que quería vivir cada día siguiendo la primera opción. Todavía lucho porque la segunda muchas veces me resulta demasiado atractiva, pero no me enfoco en ganar la guerra, sino, con el poder de Dios, en ir ganando batallas, aunque sean pequeñas. Oro así: Señor, ayúdame a vivir este día como tú quieres que lo viva, y que no desperdicie yo la oportunidad. Permíteme verte y escucharte hoy, y que otros puedan verte a ti en mí. Amén.


En este nuevo día, en esta nueva semana, te propongo un desafío, prueba vivir con la opción uno, abraza cada día tal y como venga, dale gracias a Dios y pídele que te ayude a vencer las batallas que se presenten. Recuerda, estamos en el equipo ganador porque nuestro propio líder ya lo dijo: “Aquí en el mundo tendrán muchas pruebas y tristezas; pero anímense, porque yo he vencido al mundo” (Juan 16:33, NTV).

Bendiciones,

Wendy
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jueves, 8 de junio de 2017

Porque sin "esto" no hay bendición

Obedecer a veces es difícil, ¿verdad? Lo experimentamos desde niños. La desobediencia viene en el ADN de nuestro ser sujeto al pecado. Cuestionamos la autoridad, cuestionamos las reglas, cuestionamos el orden. Pero todo es porque sencillamente no queremos obedecer.

A veces no nos damos cuenta de que detrás de la obediencia está la bendición.


¿Qué pensarías tú si Dios te dijera que comenzaras a dar vueltas alrededor de un edificio de tu ciudad para derrumbarlo? ¡Durante 6 días en silencio y al séptimo gritando! Probablemente pensarías que el plan de Dios es irracional y que hay muchas maneras mejores de conseguir derrumbar el edificio. ¿Cierto?

Pero no pasó así con Josué, él conocía bien a Dios, y sabía que Dios no se equivoca. Si hay que marchar en silencio y después gritar, él obedecería, porque sabía que tras la obediencia vendría la bendición.

¿Qué te está mandando Dios a hacer hoy que no quieres? ¿Dónde te está costando obedecer? ¿Te has puesto a pensar que tu desobediencia pudiera retardar la bendición de Dios, la respuesta a esa oración que durante tanto tiempo has hecho, la victoria que tanto has estado esperando?

A veces nos toca “marchar alrededor de nuestro Jericó”. Es decir, hacer cosas que para nosotros pudieran no tener mucho sentido pero tienen todo el sentido del mundo para Dios. A veces Dios nos llama a un ministerio y no queremos porque no tiene sentido dejar el trabajo o el buen salario. O nos pide que enseñemos en una clase de la iglesia pero no queremos porque en nuestra mente no tiene sentido dejar la comodidad de ser espectador para convertirnos en “actores” del gran programa de Dios.  ¿Hablar con el vecino de al lado sobre mi fe? ¿Por qué Dios me pide hacer algo que me resulta tan incómodo?

Por años batallé con el hecho de que Jesús fuera Señor de mi vida. Creía que podía creer en él como Salvador pero dejar fuera la parte de Señor porque eso implicaba ser obediente en varias cosas que no quería cambiar y mucho menos entregarle a Dios. Es imposible. Con Dios es todo o nada. Si el Salvador tiene que ser Señor. Él sabe que me voy a equivocar, que a veces tendrá que empezar de nuevo conmigo, pero igual espera mi obediencia. Y la obediencia tiene promesa de bendición.

Este mismo Josué, de quien hablamos al principio, recibió esta promesa de Dios: 
"Estudia constantemente este libro de instrucción. Medita en él de día y de noche para asegurarte de obedecer todo lo que allí está escrito. Solamente entonces prosperarás y te irá bien en todo lo que hagas” (Josué 1:8 NTV, cursivas de la autora)  
Condición: obediencia. Resultado: bendición. ¿Está diciendo Dios que la vida será fácil, que seremos todos millonarios? ¡No! Pero en la matemática de Dios éxito no es igual a dinero ni riquezas materiales; es una vida vivida para darle gloria a Dios, usada por él. Y eso produce una satisfacción a lo que nada se puede comparar.

Entonces, ¿cuál es hoy tu Jericó? ¿Dónde tienes que empezar a obedecer? Dios estuvo siempre con Josué, tal y como se lo prometió, porque Josué decidió que “él y su casa servirían a Jehová”. Y la vida de Josué sin dudas fue de éxito y prosperidad.

Señor, hazme ver cuál es hoy el Jericó donde tengo que marchar. Quiero ser una hija obediente porque solo así mi vida será una vida plena, como tú la diseñaste. Perdóname cuando creo que tengo que el derecho de no obedecer. Hazme valiente para dar vueltas, en silencio o gritando, pero obedeciéndote y dándote la gloria. En el nombre de Jesús, amén.

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Bendiciones,

Wendy
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lunes, 29 de mayo de 2017

Para la mamá que quiere tirar la toalla

Esto lo escribí hace un tiempo, pero quisiera compartirlo contigo. Es uno de “esos” artículos que no me gusta escribir. sin embargo, cuando lo hago y dejo correr las ideas recuerdo que soy solo una obra en progreso, en manos de un Dios perfecto, nada más. 


Así que fue una de "esas" mañanas. El propósito era bueno y hermoso, leer juntas la Palabra antes de que ella se fuera a la escuela. Pero vinieron las preguntas, y busqué otra Biblia, una que tuviera notas, para poder explicarle mejor. Y las preguntas siguieron, la paciencia se fue agotando,   y sin darme cuenta… ¡ya no quería leer! Ahora estaba frustrada.

El reloj avanzaba, llegó la hora de salir, y ella se fue. Yo me quedé, con la casa en silencio, pensando en todo lo que había sucedido. Y la vocecita suave, casi imperceptible, comenzó a hablar a mi corazón. “No debías desesperarte. Todos tienen preguntas. Tú también.” Sí, era el diálogo o monólogo más bien del Ayudador y yo. Porque para eso vino él también, para ayudarnos a ver cuando las imperfecciones una vez más sacan la cabeza y nos hacen tropezar.

Tomé la taza de café y me senté a leer. Y esta vez fue el profeta Samuel quien me dio la lección:
“En cuanto a mí, ciertamente no pecaré contra el SEÑOR al dejar de orar por ustedes. Y seguiré enseñándoles lo que es bueno y correcto. Por su parte, asegúrense de temer al SEÑOR y de servirlo fielmente. Piensen en todas las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes.” (1 Samuel 12:23-24)
A veces, cuando me siento frustrada o pierdo la paciencia, o creo que no vale la pena la batalla, que es demasiado ardua y larga, me veo tentada a renunciar. Sin embargo, al leer las palabras de Samuel el Espíritu Santo me recordó que tengo que seguir enseñando a mis hijos lo que es bueno y correcto. ¡Estaría pecando si no lo hiciera, si dejara de orar por ellos o de instruirlos!

Hace 13 años Dios me asignó la tarea de criar hijos, no para mí, sino para él, y por tanto tengo que ser fiel. Esta es una manera de servirle, y de hecho una por la cual él me pedirá cuentas. Tengo que pensar en las cosas maravillosas que él ha hecho por mí, a pesar de las tantas veces en que mi actitud, mis preguntas, mis imperfecciones pudieran cansarle a él. ¡Pero no ha sido así! 

Sí, esa mañana me quedé un poco frustrada, pero ya no con mi hija, sino conmigo misma. Tal vez tú estás hoy así, o lo estuviste ayer, o te tocará mañana. Aprendamos del profeta Samuel, tenemos que seguir con las manos en el arado y servir fielmente, sin cansarnos, porque somos una obra en progreso. Y nuestros hijos también.

Las palabras de un viejo himno vienen a mi mente ahora: “Porque él vive, triunfaré mañana”. Sí, quizá ese día no fue el mejor, pero tengo la promesa del triunfo, en Cristo. Mi parte es perseverar.

Bendiciones,

Wendy

Publicado originalmente el 11 de septiembre de 2013. 

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