Palabras

Cuando era pequeña mi abuela paterna siempre me decía: “Recuerda que las palabras son como el agua, una vez que se derraman, no se pueden recoger”. Tantas veces me lo repitió que nunca se me ha olvidado.
Creo que las palabras han causado más daño en el mundo que todas las guerra juntas. Piensa un momento y sé que estarás de acuerdo.
 
Las palabras tienen el poder de hacernos crecer o de aplastarnos. Con palabras podemos animar o podemos echar por tierra sueños e ilusiones. Las palabras pueden dar vida o matar. Basta que repitas a alguien lo suficiente algo negativo y terminará creyéndolo, especialmente si se hace desde pequeño. ¿Cuántas personas van por el mundo convencidas de que no pueden lograr nada porque alguien se encargó de sembrar, con palabras, esa idea?

Mira lo que escribió Santiago el apóstol sobre el tema: “El ser humano sabe domar y, en efecto, ha domado toda clase de fieras, de aves, de reptiles y de bestias marinas; pero nadie puede domar la lengua. Es un mal irrefrenable, lleno de veneno mortal.
Con la lengua bendecimos a nuestro Señor y Padre, y con ella maldecimos a las personas, creadas a imagen de Dios. De una misma boca salen bendición y maldición. Hermanos míos, esto no debe ser así”. Los que luchamos con un temperamento impetuoso sabemos que muchas veces la única opción que tenemos es “mordernos la lengua”, literalmente. Es tan fácil decir lo que sentimos o pensamos sin evaluarlo primero. 

Tengo un amigo que dijo esta frase en una reunión y ya se ha hecho célebre entre los que la escuchamos: “Una verdad dicha sin amor es crueldad”. ¿Qué nos hace creer que tenemos el derecho de decir todo lo que pensamos o sentimos? Amparados bajo la “sinceridad” muchas veces destruimos relaciones o las dañamos. En otras ocasiones justificamos lo que dijimos porque “estábamos muy enojados”. Les hablo por experiencia propia. 
Tengamos mucho cuidado. Tenemos un arma poderosa que podemos usar en cualquier momento: las palabras. ¿Por qué no filtrarlas? Lo hacemos muchas veces, cuando nos conviene. No te estoy proponiendo deshonestidad ni manipulación y mucho menos que no hables cuando sea necesario. Te estoy proponiendo meditar antes de hablar. Poner freno. Muchas crisis pudieran evitarse, muchos problemas no existirían, si midiéramos nuestras palabras.

No puedo terminar sin dejarte lo que un hombre muy sabio, Salomón, dijo sobre las palabras. Y te propongo algo más, copia estos versículos en tarjetas, en papel o lo que quieras, y medita en ellos. Pídele a Dios que te ayude a refrenar la lengua, a medir tus palabras. Verás el resultado.

“Hay hombres cuyas palabras son como golpes de espada; mas la lengua de los sabios es medicina” (Proverbios 12:18).
“La lengua que brinda consuelo es árbol de vida; la lengua insidiosa deprime el espíritu” (Proverbios 15:4).
“En la lengua hay poder de vida y muerte; quienes la aman comerán de su fruto” (Proverbios 18:21).
“El que refrena su boca y su lengua se libra de muchas angustias” (Proverbios 21:23).





Comentarios