¿Por qué?

Estoy convencida de que el cuarto de lavandería de mi casa tiene propiedades “mágicas”, porque las cestas de ropa parecen multiplicarse en lugar de reducirse. ¿Te pasa lo mismo? La verdad es que, a pesar de esto, prefiero la parte de lavar a la parte de doblar y guardar.
En fin, que hace unos días era tarde ya en la noche y estaba haciendo esta tarea tan poco atractiva para mí. Los niños ya dormían y mi esposo…también. Lo miré por unos instantes y el monólogo empezó en mi mente. “Yo también quisiera estar durmiendo. Nadie piensa en lo cansada que yo estoy. Después de un día entero de trabajo, niños, casa…qué poco me considera a veces. Etc.” Por alguna razón los seres humanos somos bastante adictos a la autocompasión, y creo que a veces hasta la disfrutamos. Sobre todo las mujeres. No sé por qué. Finalmente terminé de guardar la ropa y como todavía no tenía sueño suficiente, me puse a leer.
Dios tiene maneras muy sutiles de hablarnos. Se quedó callado mientras el monólogo de mi mente ocupaba mis pensamientos. Pero cuando yo guardé silencio para leer, él habló. “Coincidentemente” me tocaba leer sobre una mujer que  también estaba cuestionando por qué otros no valoraban lo que hacía. Y ¡pum!, las palabras me golpearon como una buena bofetada. “Hagan lo que hagan, trabajen de buena gana, como para el Señor y no como para nadie en este mundo, conscientes de que el Señor los recompensará con la herencia. Ustedes sirven a Cristo el Señor.” Yo las había leído muchas veces, pero nunca me habían “golpeado”. No hizo falta más nada. Repasé otra vez los últimos minutos, mi monólogo quejumbroso, y me hice una pregunta: ¿por qué hago lo que hago? ¿Qué me motiva? ¿Por qué doblo y guardo la ropa…además de por las razones obvias?
Entendí de inmediato que de mi respuesta a esta pregunta dependía que mi corazón se mantuviera limpio de quejas y resentimientos que podrían acomodarse tanto que se quedarían allí para siempre.
En múltiples ocasiones nos toca hacer cosas que no nos gustan mucho, pero si pensamos que, independientemente de lo que sea, podemos hacerlo como para el Señor, nuestra actitud cambiará, lo pesado ya no lo será tanto, y nos libraremos de la esclavitud de la autocompasión. La autocompasión es enfermiza y es prima hermana de la amargura.
Aquella noche, en poco tiempo y con pocas palabras, Dios me dio una lección, cuestionó mis motivos y me hizo ver las cestas de ropa de manera diferente. Todavía no me gusta la tarea de doblar y guardar, pero decidí que lo haré con la misma actitud que hago las cosas que sí me gustan, y como si el único público fuera el cielo. Quizá hoy puedas pensar en eso que tanto te molesta hacer y probar esta nueva estrategia.

P.D. Honor a quien honor merece. Aquel día mi esposo ya estaba durmiendo pero en muchas otras ocasiones es él quien me ayuda a vaciar las cestas de ropa.

Comentarios

  1. Para mí es un placer ayudarte. Gracias por ser una esposa excelente... y por no despertarme aquel día :-)
    Te amo.

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