¿Y ahora qué hago?

Hace algunas semanas una amiga y lectora de este blog me pidió que escribiera sobre un tema: las decisiones. La verdad es que había pospuesto hacerlo porque no es fácil escribir sobre algo tan complicado como el tomar decisiones. Y mucho menos decirlo en pocas palabras.

Desde que abrimos los ojos en la mañana estamos tomando decisiones, sea que nos demos cuenta de ello o no. ¿Qué vamos a desayunar? ¿Qué ropa nos vamos a poner? ¿Qué vamos a hacer primero de la lista de tareas para el día? Y los ejemplos pueden seguir incontables. Claro, no todas las decisiones son tan rápidas y sencillas como el menú de un desayuno.  Así que me puse a pensar en algunas cosas que podemos considerar cuando de tomar decisiones se trate.

Siempre que hablo del tema digo que “para algo Dios nos dio la cabeza”, es decir, la capacidad de razonar que tenemos como seres humanos es un factor clave. Pero fíjate que dije “cabeza” y no “corazón”. ¿Por qué?,  porque nuestra tendencia humana a menudo es seguir lo que dicte nuestro corazón. Sin embargo, el corazón muchas veces nos juega malas pasadas. Y por corazón entiéndase emociones, sentimientos. Decidir en base a lo que sentimos es un juego peligroso. “Nada hay tan engañoso como el corazón. No tiene remedio. ¿Quién puede comprenderlo?”, sabias palabras de un viejo profeta de nombre Jeremías. Nuestros sentimientos y emociones son muy variables, están sujetos a las circunstancias, incluso hasta nuestras hormonas influyen en ellos. No es muy buena idea decidir en base a algo que puede variar como mismo cambia el viento de dirección.

¿Cuál es la mejor manera de decidir? Acudo a Salomón y su proverbial sabiduría: “Confía en el Señor de todo corazón, y no en tu propia inteligencia. Reconócelo en todos tus caminos, y él allanará tus sendas”. Por supuesto, la única manera de conocer a alguien es relacionándose con él, y para conocer bien a Dios, hay que leer su Palabra porque es ahí donde él se nos revela. No hay otra manera. Esa es la mejor brújula o GPS.

Cuando tengo delante una decisión grande, se la presento a Dios. Recuerdo hace más de 10 años cuando mi esposo y yo estábamos por salir de nuestro país, teníamos que decidir a qué ciudad iríamos. Delante de nosotros había dos opciones, ambas buenas (eso es todavía más difícil, ¿no es cierto?). Buscamos la dirección de Dios, analizamos hasta donde nuestra capacidad humana nos permitió y por fin decidimos lo que entendimos que era mejor en base a las cosas que Dios nos fue mostrando. Muchas veces tiene que transcurrir tiempo para saber si una decisión fue acertada o no. Ese fue nuestro caso. Ahora miro atrás y entiendo que mi vida necesitaba las experiencias que viví en Hamilton. No todas fueron color de rosa, hubo algunas dolorosas, pero sin ellas no hubiera aprendido todo lo que aprendí para llegar adonde Dios quería que llegara. Estoy convencida de algo, Dios no nos decepciona. Si le pedimos su guía, él responde.

Y por último, siempre es bueno buscar consejo. Dice otro viejo proverbio: “Cuando falta el consejo, fracasan los planes; cuando abunda el consejo, prosperan”.  Y este otro: “Atended el consejo, y sed sabios, y no lo menospreciéis”. Tenemos que ser cuidadosos al escoger los consejeros pero sin dudas que vale la pena buscar la opinión, la perspectiva de otra persona en quien confiemos y cuya vida merite ser imitada. En mi país dicen: “El que no oye consejos…no llega a viejo”. Aprender de los demás es una clara señal de madurez y sabiduría.

Hasta aquí llego hoy. Espero que esta reflexión te resulte útil y también a mi amiga, del otro lado mundo. Otra decisión. 

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