lunes, 18 de abril de 2011

Color de rosa


Vivimos en un mundo de resultados. Todo se mide por los resultados. Desde las notas de un niño en la escuela primaria, hasta el desempeño de un alto ejecutivo. Todos esperamos resultados en base a las acciones, y siempre esperamos que sean “justos”. Es decir, a un buen trabajo, un buen resultado, una buena recompensa. Pero esta misma manera de pensar la trasladamos a todo, incluyendo nuestra relación con Dios.

¿Alguna vez te has preguntado por qué si amas a Dios, si tratas de agradarle en todo, tu vida no es lo que anhelaste? ¿Por qué no es color de rosa?  ¿Por qué aparentemente las de otros que “no son tan buenos como tú” sí parecen ir sobre ruedas? 
Bueno, yo sí me hice esa pregunta unas cuantas veces. Y para serte honesta, en el fondo de mi corazón trataba de luchar con Dios y de entender lo que para mí parecía injusto y desequilibrado. Algo así como cuando los niños nos dicen: “¡Eso no es justo!” Y la razón de la injusticia es, por ejemplo, que ya es hora de regresar a casa luego de todo un día de paseo.

La realidad es que hay muchas preguntas que en esta vida se van a quedar sin respuesta. Yo no puedo decirte por qué cierta persona que ama a Dios de corazón tiene que sufrir algo tan horrible como el cáncer. Tampoco puedo decirte por qué algunas de mis amigas más queridas no han podido realizar su sueño de ser mamás, a pesar de que a veces las observo y pienso que serían madres extraordinarias porque sus acciones lo demuestran. Ni por qué alguien tiene que pasar por la experiencia dolorosa de perder un hijo, o un esposo o esposa.

Pero sí puedo decirte algo, Dios no funciona con ese mismo sistema. Para él no es cuestión de cuán bien o mal hagamos las cosas para luego darnos recompensas. Después de muchos años de conocerle, un día, casi en un susurro, el Señor me hizo entender algo que mi mente intelectual sabía pero que mi corazón se negaba a aceptar: si en la vida obtenemos todo en base a nuestros actos, entonces es cuestión de justicia propia y no necesitamos a Jesús. Así de sencillo. “La salvación no es un premio por las cosas buenas que hayamos hecho, así que ninguno de nosotros puede jactarse de ser salvo” (Efesios 2:9).

Dios es fiel a sus hijos, les ha hecho promesas preciosas de provisión, protección, compañía, consuelo, paz, y muchas otras cosas más. Tan solo lee el libro de Salmos y verás lo que digo. Pero no se trata de un canje, es cuestión de la misericordia de Dios sobre tu vida, en primer lugar, y luego de su soberanía.

Estamos celebrando la llamada Semana Santa. Un tiempo muy preciado para los cristianos del mundo entero. Pero recuerda, el centro de esta celebración tiene un nombre, Jesús. Y ese fue ese mismo Jesús quien dijo: “En este mundo afrontarán aflicciones, pero ¡anímense! Yo he vencido al mundo”. 

No te dejes engañar si alguien trata de venderte a un Jesús diferente. Él no prometió un mundo color de rosa. Lo que sí nos prometió fue la victoria final, y estar con nosotros todos y cada uno de los días de nuestra vida.

¿Puedo confesarte algo? Se vive mucho más ligero cuando entendemos que nuestro destino eterno no depende de nuestros resultados y que nuestro paso por esta tierra puede ser bello y significativo aun cuando no tenga color de rosa.  

Wendy

 

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