viernes, 8 de abril de 2011

De crayolas, jabón y otros accidentes

A veces la vida nos sorprende. 
Hace unos días yo tenía “la agenda” llena. Mucho trabajo, una reunión del PTA de la escuela de mi hija en la tarde, varias cestas de ropa por lavar, tenía que dejar lista la cena antes de irme a la reunión, etc. Encima de eso, el panorama a mí alrededor no estaba en orden, como a mí me gusta, y eso tiende a provocarme un poco de estrés…a veces más que un poco.
La secadora paró y fui a sacar la ropa. ¡¡¡Bum!!! No, la secadora no explotó, casi exploto yo cuando vi que cada pieza que sacaba iba “adornada” con pespuntes naranjas, amarillos y rojos. Sentí ganas de llorar, gritar, patalear…no sé cuántas cosas. ¿Cómo no me di cuenta de que una crayola multicolor era parte de ese montón de ropa?
Tuve que hacer una oración supersónica para que Dios amarrara mi lengua y no empezara a gritar ni regañar a mi hijo de tres años, el autor  de aquel desastre. Evalué las opciones y decidí que no podía simplemente echar la ropa a la basura, tenía que intentar algo. Con paciencia busqué jabón, un quita-manchas y empecé a lavar la ropa, a mano.
Hace más de 10 años que disfruto el privilegio de una lavadora. Mis manos ya no están adaptadas a restregar. De más está decir que después de unas cuentas piezas, uno de mis dedos, literalmente, estaba sangrando.
Fue ahí cuando me puse a pensar en todo lo que había pasado y en las cosas que damos por sentado. En los pequeños privilegios que disfrutamos y que no consideramos ni agradecemos. Pensé en cuántas mujeres tienen que cargar la ropa hasta un lugar lejano para lavar, en las que quizá no tengan que ir lejos pero sí tienen que hacerlo todo con sus propias manos que a la larga se llenan de callos y se inflaman por el trabajo duro. Pensé en las que lavan con agua de río y sin jabón. Y también en las que no tienen opción de, si la ropa no pierde las manchas, irse a una tienda y comprar ropa nueva.
En efecto, a veces la vida nos sorprende, se sale del carril, pero he llegado a la conclusión de que es la manera que Dios utiliza para llamar nuestra atención, para que nos detengamos y reflexionemos. No hay que esperar al mes de noviembre para dar gracias por lo que tenemos y contar las bendiciones. De hecho lo ideal sería que no fueran necesarias las sorpresas de la vida, pero de no ser así, daríamos todo por sentado y hasta llegaríamos a creer que Dios no nos hace falta.
 Reconozco que esta “sorpresa” no es nada en comparación con un diagnóstico grave, la llegada de papeles de divorcio, la pérdida de trabajo o cualquier otra de las tragedias que asedian a este mundo. Pero igual entendí que estos pequeños accidentes nos van entrenando para los momentos más difíciles. Y la manera en que reaccionemos será la clave. Tenemos la opción de patalear, como pensé yo al principio, o podemos pedirle a Dios que nos dé control sobre las emociones, nos haga ver más allá de nuestras narices y de todo podamos sacar una lección.
Termino con estas palabras del apóstol Santiago, difíciles de asimilar, pero igual de ciertas: “Amados hermanos, cuando tengan que enfrentar problemas, considérenlo como un tiempo para alegrarse mucho porque ustedes saben que, siempre que se pone a prueba la fe, la constancia tiene una oportunidad para desarrollarse. Así que dejen que crezca, pues una vez que su constancia se haya desarrollado plenamente, serán perfectos y completos, y no les faltará nada” (Santiago 1:2-4 NTV). 

Wendy
 

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