miércoles, 27 de abril de 2011

Los días grises

Todos tenemos días grises, donde las nubes y el sol salen por un instante y vuelven a desaparecer. No hace mucho yo tuve un día gris, pero era gris completo, sin nubes ni sol. En lenguaje coloquial, fue un día gris con pespuntes negros. Uno de esos días en que uno se siente como una hormiga. Seguro te ha pasado alguna vez. No creo que podamos vivir en este planeta y salir ilesas de días grises.
Y en honor a la verdad, mi día gris no tuvo nada que ver con algo concreto. No había un problema específico al que pudiera culpar. Era un día gris del corazón…o de la mente. ¿Sabes quién es nuestro peor enemigo? Nosotras mismas. Nuestra mente es como un campo de batalla donde se libran grandes combates. Y por eso mi día era gris. El cielo en realidad estaba azul, espléndido, pero yo lo veía gris. Mi mente había hecho un nudo donde se juntaban mentiras del enemigo de nuestras almas con percepciones erróneas, un poco de estrés y exceso hormonal. Todo lo veía gris. ¿No te ha pasado? Nosotras las mujeres tenemos la facultad, si es que así puede llamársele, de unir todas las cosas y hacer un amasijo tal que no tiene principio ni final.  Y poco a poco el peso del mundo gris me fue aplastando, y aplastando tanto que llegué a sentirme como la hormiga que te dije al comienzo. Me costaba trabajo ver algo, bueno, algo que no fuera gris.
No creo poder describir con palabras hasta donde llegó mi angustia ese día, pero basta con decir que no quisiera revivirlo. La angustia se convirtió en clamor, en un clamor como el de nunca antes.
Fue en ese momento que llegó la luz, en este caso el rayo de luz realmente tenía forma de palabras: “Porque yo te amo y eres ante mis ojos preciosa y digna de honra”, palabra de Dios a través del profeta Isaías. Sé que debo haberlas leído antes, pero aquel día cobraron vida para mí. Las leí, y las releí, y las leí otra vez. Las escribí en una tarjeta. Y las volví a leer. Y según las leía comencé a entender el “propósito” de mi día gris.
Hasta ese momento yo no había experimentado tan profundamente ese lado de Dios, su lado Consolador. Pero en mi estado de hormiga en un día gris, escuchar de boca del Creador aquellas palabras produjo un cambio en mi corazón que nada más hubiera logrado. Saber que para el Rey del universo tú, yo, nosotras somos preciosas y dignas de honra, ¡no hay nada igual!
Y como si esas palabras no fueran suficientes, él me habló con estas otras:
“…porque el Señor tu Dios está en medio de ti como guerrero victorioso. Se deleitará en ti con gozo, te renovará con su amor, se alegrará por ti con cantos como en los días de fiesta. Yo te libraré de las tristezas, que son para ti una carga deshonrosa.”
¡Qué bien me entendía Dios! La tristeza es una carga, una carga pesada de la que solo él me puede librar. Por eso necesito a Dios para que pelee y gane mi batalla. Por eso necesito que su amor me renueve. Solo la luz de su palabra pudo disipar mi día gris. Con razón dice el Salmista: “¡Su verdad será tu escudo y tu baluarte!”. Cuando nuestra mente y nuestro corazón nos juegan una mala pasada, la verdad de Dios es una armadura que nos protege.
¿Has tenido un día así? ¿Estás teniendo un día gris? ¿Hay un nudo en tu mente, tristeza en tu corazón? Deja que Dios te revele su lado Consolador. Rodéate con la protección de su Palabra. Los días grises son prácticamente inevitables pero no invencibles si Dios, el guerrero victorioso, está en medio de ti.

Wendy

1 comentario :

  1. Que bueno es Dios que nos entiende como nadie y nos ayuda a salir de esos dias ,que como bien dices son inevitables que vengan, yo también he estado ahi y creeme que he experimentado como la mano de Dios me ha sacado de esa situación en la que creia iba a estar presa toda la vida.
    El es bueno.

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