lunes, 2 de mayo de 2011

¿Cómo me van a recordar?

El jueves de la semana pasada mi esposo me llamó de camino al trabajo para darme una noticia que de momento me dejó consternada. Había muerto en un accidente David Wilkerson, un héroe de la fe en tiempos modernos. El hombre al que Dios usó para salvar a muchos, entre ellos a Nicky Cruz, un ex pandillero neoyorquino, con un historial nada honorable y quien ahora es un evangelista de talla mundial. Su historia fue una de las primeras biografías que leí siendo una jovencita. Wilkerson deja tras sí un ministerio lleno de galardones y estoy segura de que sus coronas serán muchas.
Ayer el mundo recibió la noticia de la muerte de otro hombre, Osama Bin Laden. Pero este no podrá ser recordado como un instrumento de Dios. Será recordado como el autor de crímenes innumerables, el líder de un movimiento que destila rencor, violencia y se tiñe de sangre.
¡Qué gran contraste estas dos muertes! Y eso me lleva a pensar en una palabra que en un momento u otro de la vida nos toca a todos, legado. Según la academia: Aquello que se deja o transmite a los sucesores, sea cosa material o inmaterial. Todos vamos a dejar un legado porque todos pasamos por este planeta siendo parte de una familia, un vecindario, una escuela, una empresa, etc. Como dijera John Donne, el viejo poeta inglés: “Ningún hombre es una isla en sí mismo”. Así que, como no estamos solos aunque a veces lo creamos o así nos parezca, todos dejaremos un legado. Y déjame añadir que el legado inmaterial es en realidad el más duradero.
La pregunta obligada es, ¿cuál será mi legado? Me llama la atención cuando leo en los libros de Reyes o Crónicas, en el Antiguo Testamento de la Biblia, que siempre que se habla de los distintos monarcas el recuento comienza o termina así: “Hizo lo que agrada al Señor”, o “hizo lo que ofende al Señor”. Es decir, así se les recuerda, ese es su legado.
El mundo occidental tiene la costumbre de usar epitafios en las tumbas. Casi siempre incluyen la fecha de la vida de la persona y alguna otra frase. Voy a decirte ahora la que me gustaría que pusieran en el mío, pero más que en un epitafio, me gustaría que quedara escrita así en los corazones de aquellos a quienes pueda tocar en mi paso por esta tierra. «He peleado la buena batalla, he terminado la carrera y he permanecido fiel.  Ahora me espera el premio, la corona de justicia que el Señor, el Juez justo, me dará el día de su regreso; y el premio no es sólo para mí, sino para todos los que esperan con anhelo su venida» (2 Timoteo 4:7-8).  
El tema puede parecer un poco lúgubre, pero es la realidad que nos toca a todos, y al final nos inspira a pensar en el futuro. ¿Cuál será mi legado, el tuyo, el de nuestra generación? ¿Cómo nos van a recordar? Quizá tú y yo no lleguemos a ser figuras tan prominentes como David Wilkerson o Bin Laden (a pesar de que la prominencia del segundo no es precisamente digna), pero igual pasaremos por la vida de otras personas y nos van a recordar. Está en nuestras manos escoger si será como a los reyes buenos, “hizo lo que agrada al Señor”, o como a los otros que hicieron lo que ofende al Señor.

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