sábado, 7 de mayo de 2011

Tributo a Delia

Es raro que publique un artículo un sábado, pero hoy es un día especial: Mi abuela paterna cumple 93 años. ¡Quién lo iba a decir! Esta mujer decía que no quería vivir más allá de los 60 años. Para sus hermanos era “la flaca”, la que casi no comía, la que todos veían como más frágil. Bueno, ese todos no incluía a Dios.

Hoy le escribo esto porque la realidad es que no sé por cuánto tiempo más el Señor nos va a regalar su sonrisa entre nosotros y porque en mi corazón habrá eterno agradecimiento hacia mi abuela querida. Como ella misma dice siempre: “las flores se dan en vida”. 

Mi abuela ha sufrido varios vendavales en su vida, lo bueno es que su barco siempre estuvo anclado en puerto seguro, en la Palabra de Dios. Creo que solo así se puede soportar que de la noche a la mañana pierdas todo aquello por lo que luchaste y te esforzaste durante muchos años. Eso fue lo que les sucedió a ella y a mi abuelo cuando el nuevo gobierno de Cuba “intervino” su negocio. Se dice fácil pero no lo es. Ellos comenzaron aquel negocio con trabajo duro, era una empresa familiar donde todos trabajaban. Y sin poder reclamar, sin poder quejarse a nadie, se quedaron sin nada. 

 Luego vino otro vendaval cuando su hermano querido, un pastor y evangelista que llevó la salvación no solo a recónditos lugares de Cuba sino a pueblos y ciudades de Latinoamérica y hasta la fría Europa, fue apresado injustamente por el mismo gobierno que ya les había dejado sin nada. Y como él nunca se casó, vivía con mis abuelos cuando no viajaba. Le tocó a mi abuela llenarse de valor para visitar a su hermano Luis Manuel en la cárcel y sufrir en silencio lo que sus ojos no podían creer.

Sin embargo, a pesar de la dureza de estos vendavales, creo que el más difícil fue ver que sus hijos un día renegaran de la fe que ella había sembrado en sus corazones. Ahora que yo soy madre me imagino las muchas lágrimas que nadie vio, sé por experiencia de las oraciones incansables, las luchas, los conflictos familiares…pero Dios era y es el ancla en la vida de mi abuela. Y ha premiado su fe con creces.

En octubre de 1999 le tocó despedir, hasta su reencuentro del otro lado de la eternidad, al amor de su vida, al hombre que la amó incondicionalmente durante 56 años, mi abuelo. Siempre la trató como a una reina, le llamaba “su novia”. Y ese vendaval también fue duro porque el mal de Alzheimer es un cuadro triste. Fueron un matrimonio admirable.

Al principio dije que hay agradecimiento eterno en mi corazón. Bueno, fue mi abuela quien sin cansarse puso en mí la semilla de la Palabra de Dios. Recuerdo cómo de niña me leía historias de la Biblia cuando me quedaba en su casa. Las veces en que me llevó, a escondidas, a la iglesia para que yo pudiera ver los programas de Navidad. Oraba conmigo cuando yo todavía no sabía orar, y luego oraba por mí. En su casa aprendí muchas cosas, desde bordar hasta escribir a máquina. Aprendí el amor al servicio de Dios. Cada semana la veía fielmente preparar su lección de la escuela dominical con su Biblia, el plan de clases y un lápiz rojo. Muchas veces secó mis lágrimas y me dio ánimo. Y en los años en que mi vida parecía alejarse de Dios, mi abuela no dejaba de orar por mí y de interceder, confiada en que la semilla daría fruto.

No ha sido una mujer perfecta por la sencilla razón de que nadie lo es, pero ha sido una gran mujer. Sé que le aguardan muchas coronas. Ya sus ojos no ven bien, su cuerpo se deteriora pero su espíritu se fortalece cada día para el encuentro con el Rey y con todos sus seres queridos que ya se han ido. Dios le ha regalado 93 años y yo siempre le digo que si está con nosotros todavía es porque él la necesita de este lado. Todavía ella sigue orando por mí, y por muchos otros.

No sé si Dios me dará el privilegio de tener nietos, espero que sí, y que yo pueda ser para ellos como lo ha sido para mí mi abuela Delia.


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