lunes, 29 de agosto de 2011

Cuando las montañas se levantan

Mientras me preparaba para participar en She Speaks, un evento extraordinario para mujeres del que ya te he hablado, mi mente batallaba con algo que me molestaba. Este evento es para mujeres de habla inglesa. El inglés es mi segunda lengua, aprendida después de los doce años y por lo tanto, según dicen los que saben, siempre que aprendamos un idioma después de esa edad, lo hablaremos con acento. Así que,  aunque domino el idioma, no podía dejar de pensar que mi acento se revelaría en el momento en que abriera la boca.
Lo interesante es que eso nunca antes me había molestado ni preocupado. Por primera vez el asunto de “hablar con acento” estaba levantándose como una enorme montaña delante de mí. Y Dios lo sabía. Incluso decidí no participar de ciertas cosas en el evento porque implicaban hablar en público, y yo prefería observar a dar un paso fuera de mi zona de comodidad en el español.  Tal vez deba contarte que mi profesión es precisamente traductora, y además intérprete. Sin embargo, la inseguridad y la preocupación me estaban ganando la pelea.
Siempre digo que Dios tiene un tremendo sentido del humor, y en este caso tampoco fue diferente. En cuanto puse mis pies en el lugar del evento y comencé a hablar con otras asistentes, el primer comentario que me hacían era: “¡Qué acento tan bonito tienes!, ¿de dónde eres?” Otra persona me dijo: "¿Sabías que ahora está de moda tener un acento extranjero?"Cuando cosas como estas se repitieron varias veces no me quedó más remedio que decirle al Señor: “Anjá, ya entendí. Me preocupé por gusto. Lo que para mí era una montaña, para otros no existe ¡y en otros casos hasta es atractivo!”.
Muchas veces nos pasa así en la vida. Dejamos que alguna cosa pequeña se convierta en una enorme montaña que no nos deja ver. En este caso fue mi preocupación al pensar que mi acento pudiera ser una barrera, o hacerme lucir inferior. Dios se encargó de mostrarme que de nada vale preocuparse. Él lo tiene todo bajo control. La preocupación solo viene para quitarnos el gozo de disfrutar la bendición presente o futura.
Quizá ahora mismo estás preocupada por algo. La preocupación es como una mecedora, se mueve pero no llega a ninguna parte. Mira lo que dice Dios a través de Pablo: “No se preocupen por nada; en cambio, oren por todo. Díganle a Dios lo que necesitan y denle gracias por todo lo que él ha hecho” (Filipenses 4:6, NTV). Por alguna razón nos resulta más fácil obedecer otros mandatos de Dios que este de no preocuparnos. No nos damos cuenta de las verdaderas implicaciones que tiene el acto de preocuparse, o estresarse, como le decimos ahora.
Hace poco leí esto en el libro One Thousand Gifts [Mil regalos] de Ann Voskamp: "Cualquier cosa que no sea gratitud y confianza es ateísmo práctico". Las palabras me dejaron sin habla, son duras de leer, pero reales. Cuando vivimos en un estado constante de preocupación lo único que estamos demostrando es que no creemos en el Dios que decimos creer, ni en la bondad que lo caracteriza. 
Sé muy bien por experiencia propia que esto es una lucha para muchas, sino todas las personas. Implica un esfuerzo de nuestra parte el decidir confiar y no preocuparnos, pero quiero escoger ese estilo de vida. Cualquier cosa puede convertirse en una montaña si se lo permitimos. ¿Por qué mejor no dejar de preocuparnos, contárselo a Dios, y darle gracias, como dice el versículo de Efesios? Él se encargará de llevar la carga, como lo hizo conmigo.

Wendy

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