viernes, 19 de agosto de 2011

La muerte, cara a cara

Para mi amiga Diana S.

Fue el poeta inglés John Donne quien escribió estas palabras que leí siendo adolescente y todavía no he olvidado:

Ningún hombre es una isla,
entero en sí mismo…
La muerte de cualquier hombre me disminuye
porque soy parte de la humanidad; y
por eso nunca procures saber
por quién doblan las campanas:
doblan por ti.

Y ayer leí otra vez las palabras de otro poeta, hebreo, mucho más antiguo que Donne:

Vale más el día en que se muere
que el día en que se nace.
Vale más ir a un funeral
que a un festival. 

¿Qué tienen en común ambos fragmentos? La muerte es parte de la experiencia humana, y como no estaba en el plan original, no la entendemos muy bien y nos duele.
Esta semana vi la muerte cara a cara porque acompañé a una amiga querida hasta el último momento de la vida de su mamá.  Volví a sentir que es verdad, no somos islas, Dios nos hizo para vivir en comunidad, relacionados con otros, nos necesitamos. En aquella sala de hospital mi amiga, su familia y los amigos experimentamos la bendición de vivir así, en comunidad. De ahí que entendiera por qué “vale más ir a un funeral, que a un festival”. En tiempos de risa y diversión, es fácil acompañar a alguien, y todos nos ofrecemos. En los momentos tristes y dolorosos no es igual. Sin embargo, nuestra compañía se aprecia más en el segundo caso.
Es verdad que la muerte en cierto sentido nos disminuye, porque consigo se lleva un pedazo de nosotros, alguien que significó algo en nuestras vidas, en dependencia de la relación que tuviéramos con esa persona o con sus seres queridos. Pero entendí también cuán ciertas son las palabras de ese poeta hebreo. “Vale más el día en que se muere”. A primera vista parecen palabras de derrota, deprimentes. Sin embargo, es todo lo contrario. ¿Por qué? El día en que nacemos sin dudas es de alegría para nuestra familia, pero entramos a un mundo caído donde nos aguardarán todas las consecuencias de haber echado por tierra lo que Dios creó: dolor, enfermedad, vejez, problemas…El día en que se muere, todo eso termina. ¿O no? Todo depende de cuál haya sido la decisión que tomaste en vida.
En la unidad de cuidados intensivos donde estaba la mamá de mi amiga, si te acercabas a la puerta, hubieras podido escuchar voces que se unieron para decirle a Dios: “Cuando allá se pase lista, a mi nombre yo feliz responderé”. Esta señora anciana estaba segura de que su nombre sería llamado porque un día ella creyó en las palabras de otro hebreo de nacimiento, Dios por su condición, Jesús:

“Yo soy la resurrección y la vida. El que cree en mí vivirá, aunque muera; y todo el que vive y cree en mí no morirá jamás”.

Por eso para la vida de esta mujer el día de la muerte fue más valioso, porque su muerte es solo temporal, transitoria, terrenal. Ella sabía que en Jesús no morimos jamás.
Sí, esta semana vi la muerte cara a cara, pero presencié también esta verdad: “La muerte ha sido devorada por la victoria”. Y esta promesa será un día realidad: “El Señor mismo descenderá del cielo con voz de mando, con voz de arcángel y con trompeta de Dios, y los muertos en Cristo resucitarán primero”.
¿Será igual para ti? ¿Podrás responder feliz a tu nombre cuando suene la trompeta y se pase la lista? 

Wendy

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