El final que en realidad fue un principio

En muchos lugares hoy se celebra el llamado Viernes Santo. En mi rincón de la ciudad el cielo está gris y llueve. La mañana mucho más oscura que de costumbre. ¡Cuánto mayor debe haber sido la oscuridad de aquel viernes cuando el Hijo de Dios exclamó desde su cruz: “Consumado es”! Por eso el título de este artículo, lo que parecía el final de la historia fue en realidad el gran comienzo.

Isaías 53, una de las más grandes profecías mesiánicas dice en el versículo 11:

“Y a causa de lo que sufrió
mi siervo justo hará posible
que muchos sean contados entre los justos,  
porque él cargará con todos los pecados de ellos.”


Su aparente final fue nuestro definitivo principio. La cruz puso punto fin a nuestra vida de esclavitud. La cruz marcó el inicio de la libertad. La cruz nos quitó el veredicto de culpabilidad que por siglos cargamos y nos estampó en letras rojas y grandes, letras de sangre, el mejor sello de todos: PERDONADOS. La cruz hizo que nunca más fuera necesario ofrecer sacrificios para saciar la sed de justicia de Dios. Mira lo que dice Hebreos 10:

“Pues la voluntad de Dios fue que el sacrificio del cuerpo de Jesucristo 
nos hiciera santos, una vez y para siempre… nuestro Sumo Sacerdote 
se ofreció a sí mismo a Dios como un solo sacrificio por los pecados, válido para siempre”.

Quizá cuando comenzaron a llamarle santo a este viernes, la idea era otra. Pero me gusta pensar en este día como el inicio de por fin poder ser justo eso, santos delante de Dios, para siempre.

Aquel día hizo posible que aunque tú y yo volvamos a luchar con el pecado, que repitamos los errores que una vez casi juramos no volver a cometer, que digamos palabras fuera de lugar, que nos dejemos vencer por la ira o sucumbamos ante la fuerza del desaliento… todavía podemos empezar de nuevo, porque Jesús murió en la cruz y su marca en nosotros es imborrable. Porque ahora somos santos, no porque no pequemos, sino porque hubo un sacrificio perfecto hecho a nuestro favor que nos cubre de gracia, “ahora Jesús, nuestro Sumo Sacerdote… es mediador a nuestro favor de un mejor pacto con Dios basado en promesas mejores”.

No creo que alguna podamos entender por completo la profundidad de la cruz y todo lo que significó. Nuestras mentes finitas son incapaces de procesar semejante sacrificio y mucho menos entender esa medida de amor y obediencia completa.

La cruz fue el principio, no el final. La cruz ya está vacía. Si Cristo todavía estuviera colgado allí, entonces el sacrificio sería constante e interminable. Pero el sacrificio fue hecho una vez y para siempre.  La cruz donde Cristo entregó su vida fue el principio que necesitábamos para poder cruzar al otro lado. Por eso el velo se rasgó. Ya no necesitamos intermediarios, el puente quedó establecido y cualquiera que acepte ese sacrificio puede llegar a Dios.

La cruz fue el principio del retorno hacia el plan original {compártelo en Twitter} . El reloj eterno de Dios echó a andar aquel viernes cuando el cielo se oscureció. Y sus manecillas siguen marcando los minutos y segundos hasta que por fin entonces sí veamos el final: el Cordero de Dios que quitó el pecado del mundo reinando para siempre. La oscuridad del viernes de la crucifixión desaparecerá porque el Cordero será luz para siempre.  

Aquel viernes, cuando la multitud de Jerusalén pensó que por fin habían acabado con el galileo y su turba de seguidores, en realidad fue el principio de una revolución mucho más grande que ni tan siquiera los romanos con todo su poderío pudieron contener.  Una revolución de amor, de perdón, de gracia y reconciliación que llega hasta hoy. Si algo vas a celebrar este viernes que no sea un final, que no sea un luto. Celebra con corazón agradecido un sacrificio de amor con dimensiones estrafalarias que te dio el boleto para disfrutar una vida abundante, plena y que sí, tendrá un final, pero no en los términos humanos. Tendrá un final eterno, una antítesis que solo Dios puede componer.  

 Wendy

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