miércoles, 18 de febrero de 2015

Más que amor

Mi invitada de hoy es una chica española que vive en los límites de la selva amazónica venezolana. Su nombre es Edurne y la conocemos de El viaje de una mujer. Escuchemos su historia porque, como ella misma nos dice, para que un matrimonio tenga éxito hace falta más que amor...

Entre estas dos fotos han pasado casi diez años.

¡Diez años!

A veces no lo puedo creer ¿A dónde se fueron? Echando la vista atrás, puedo decirte con toda sinceridad que estos años han tenido un poco de todo. Ha habido momentos maravillosos y otros que prefiero olvidar. Pero, doy gracias a Dios de que estos últimos han sido los menos.

Que Maracucho y yo estuviéramos juntos era, según muchos, una unión condenada al fracaso. Y hubo ocasiones en las que yo misma llegué a creerlo. Desde que nos casamos siempre vivimos en Puerto Ayacucho, la última “ciudad” antes de la selva amazónica de Venezuela. Para una urbanita crónica como yo, acostumbrada a la vida cómoda y “moderna” en Europa, llegar aquí fue como dar un salto atrás en el tiempo.

Recuerdo la primera vez que vine a Puerto Ayacucho. Fue un viaje infernal de 14 horas en autobús desde Caracas. En ese entonces teníamos que atravesar 3 ríos…sin puente. Había que pasar cada río en gabarra. Cuando bajé del autobús masajeé mis maltrechas rodillas, di un vistazo a mi alrededor y mi corazón se detuvo “¿aquí vamos a vivir?  … ¿en serio?”. No podía estar más lejos de mi elemento.

Además de las diferencias entre nosotros, el choque cultural, el estar lejos de mi gente, la precariedad de los primeros tiempos, el acostumbrarme al lugar, a la iglesia, al ambiente (¡y a los bichos!), los primeros viajes a la selva con nuestro ministerio con indígenas… hicieron mella en mí. Me sentía sola y confundida. Y luchaba, luchaba con Dios y conmigo misma. Y fue en esos momentos en los que me di cuenta de que para que un matrimonio tenga éxito, hace falta más que amor…

…hace falta Dios.

Mateo 7:24–27

Cualquiera,  pues,  que me oye estas palabras,  y las hace,  le compararé a un hombre prudente,  que edificó su casa sobre la roca. Descendió lluvia,  y vinieron ríos,  y soplaron vientos,  y golpearon contra aquella casa;  y no cayó,  porque estaba fundada sobre la roca. Pero cualquiera que me oye estas palabras y no las hace,  le compararé a un hombre insensato,  que edificó su casa sobre la arena; y descendió lluvia,  y vinieron ríos,  y soplaron vientos,  y dieron con ímpetu contra aquella casa;  y cayó,  y fue grande su ruina. ”

La única forma de que mi matrimonio funcionara a largo plazo era que estuviera fundamentado en Dios. Sí, eso es algo que todas conocemos y que hemos oído mil veces, lo sé. Pero, ¿es algo que vivimos? ¿Es algo que practicamos día a día en las pequeñas cosas?

La manera que yo encontré de ponerlo en práctica fue orando.

Cada día me levantaba, preparaba el café, despedía a mi esposo y me quedaba sola con mi Biblia. Y mi oración era siempre la misma “Señor, toma el control de mi día, ayúdame a ser la esposa que quieres que sea, ayuda a mi esposo a ser el marido que Tú quieres que sea.

Desde esos primeros meses de matrimonio, comencé a hacer una lista con peticiones de oración (como seguramente harás tú también) en la que anotaba toda nuestras necesidades físicas, económicas, de ministerio… Pero, además de orar por todo eso, oraba también por nuestro carácter. Fue orando por mi matrimonio que me acostumbré a orar la Biblia…

Señor, ayúdame a gloriarme en las tribulaciones, a recordar que los problemas que estamos viviendo producen paciencia” (Romanos 5:3)

Señor, ayuda a Maracucho a que pueda amarme como Cristo ama a Su iglesia; que aprenda a amarme como a su propio cuerpo, que cada día seamos una sola carne” (Efesios 5:25, 28)

Padre, ayúdanos a que cada día podamos desarrollar aún más el fruto del Espíritu, que podamos crecer en amor, en gozo, en paz, en paciencia, en benignidad, en bondad, en fe, en mansedumbre, en templanza. Que el uno al otro podamos ayudarnos mutuamente a crecer en aquellas áreas en las que fallamos” (Gálatas 5:22-23)

Oh Dios perdóname por ser una mujer rencillosa. Ayúdame a cambiar mi carácter para que podamos vivir en paz en nuestro hogar” (Proverbios 21:9)

Para mí, edificar mi hogar sobre la roca comenzó orando. Y la oración del uno por el otro, de los dos juntos y ahora con nuestros hijos, nos ha sostenido durante estos diez años de pruebas y tormentas. No sólo nos ha sostenido, sino que nos ha unido y fortalecido. Y ha hecho que todo lo vivido haya sido, simplemente, maravilloso.

¿Cómo puedes comenzar a edificar tu propio hogar sobre la roca hoy? ¿Hay algún cambio por pequeño que sea que puedes hacer? ¡Hazlo! Merece la pena.

Contenta en Su servicio,

Edurne

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1 comentario :

  1. Me encantó el post y lo tomaré como ejemplo. Ahora que tengo hijos, oro por ellos, pero nunca oré por mi matrimonio...¡ Dios les ha utilizado para darme una bendita lección!, Gracias!! Soli Deo Gloria

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