viernes, 14 de octubre de 2016

Para la mamá que quiere tirar la toalla

Esto lo escribí hace un tiempo, pero quisiera compartirlo contigo. Es uno de “esos” artículos que no me gusta escribir. sin embargo, cuando lo hago y dejo correr las ideas recuerdo que soy solo una obra en progreso, en manos de un Dios perfecto, nada más. 


Así que fue una de "esas" mañanas. El propósito era bueno y hermoso, leer juntas la Palabra antes de que ella se fuera a la escuela. Pero vinieron las preguntas, y busqué otra Biblia, una que tuviera notas, para poder explicarle mejor. Y las preguntas siguieron, la paciencia se fue agotando,   y sin darme cuenta… ¡ya no quería leer! Ahora estaba frustrada.

El reloj avanzaba, llegó la hora de salir, y ella se fue. Yo me quedé, con la casa en silencio, pensando en todo lo que había sucedido. Y la vocecita suave, casi imperceptible, comenzó a hablar a mi corazón. “No debías desesperarte. Todos tienen preguntas. Tú también.” Sí, era el diálogo o monólogo más bien del Ayudador y yo. Porque para eso vino él también, para ayudarnos a ver cuando las imperfecciones una vez más sacan la cabeza y nos hacen tropezar.

Tomé la taza de café y me senté a leer. Y esta vez fue el profeta Samuel quien me dio la lección:
“En cuanto a mí, ciertamente no pecaré contra el SEÑOR al dejar de orar por ustedes. Y seguiré enseñándoles lo que es bueno y correcto. Por su parte, asegúrense de temer al SEÑOR y de servirlo fielmente. Piensen en todas las cosas maravillosas que él ha hecho por ustedes.” (1 Samuel 12:23-24)
A veces, cuando me siento frustrada o pierdo la paciencia, o creo que no vale la pena la batalla, que es demasiado ardua y larga, me veo tentada a renunciar. Sin embargo, al leer las palabras de Samuel el Espíritu Santo me recordó que tengo que seguir enseñando a mis hijos lo que es bueno y correcto. ¡Estaría pecando si no lo hiciera, si dejara de orar por ellos o de instruirlos!

Hace 13 años Dios me asignó la tarea de criar hijos, no para mí, sino para él, y por tanto tengo que ser fiel. Esta es una manera de servirle, y de hecho una por la cual él me pedirá cuentas. Tengo que pensar en las cosas maravillosas que él ha hecho por mí, a pesar de las tantas veces en que mi actitud, mis preguntas, mis imperfecciones pudieran cansarle a él. ¡Pero no ha sido así! 

Sí, esa mañana me quedé un poco frustrada, pero ya no con mi hija, sino conmigo misma. Tal vez tú estás hoy así, o lo estuviste ayer, o te tocará mañana. Aprendamos del profeta Samuel, tenemos que seguir con las manos en el arado y servir fielmente, sin cansarnos, porque somos una obra en progreso. Y nuestros hijos también.

Las palabras de un viejo himno vienen a mi mente ahora: “Porque él vive, triunfaré mañana”. Sí, quizá ese día no fue el mejor, pero tengo la promesa del triunfo, en Cristo. Mi parte es perseverar.

Bendiciones en tu fin de semana,


Wendy


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