jueves, 13 de julio de 2017

Cuando luchamos con los deseos de nuestro corazón

Los deseos de mi corazón…. ¡son tantos! Algunos son viejos ya, otros han ido cambiando de color y forma con los años. A veces son buenos y a veces…


Hace un tiempo, mientras repasábamos con nuestros hijos este versículo, otra vez me puse a meditar en los deseos de mi corazón.
“Confía en el Señor y haz el bien; entonces vivirás seguro en la tierra y prosperarás. Deléitate en el Señor, y él te concederá los deseos de tu corazón.” Salmos 37:3-4
Recuerdo cuando era una adolescente y leía este versículo, pensaba que si hacía todo lo que le agradaba a Dios, él —cual genio de la lámpara—, me daría todo lo que yo anhelara en mi corazón.

Lo triste es que los años pasan y muchas veces seguimos pensando de la misma manera. Dios como el genio de la lámpara maravillosa que me dará todas “las peticiones de mi corazón”.

¿Y acaso no es eso lo que tanto escuchamos ahora? “Confiésalo y será tuyo…el carro, la casa, el trabajo, los millones”, y quién sabe cuántas cosas más. Pero… ¿hasta qué punto es eso lo que promete Dios?

Spurgeon dijo en su libro The Treasury of David: “Los hombres que se deleitan en Dios desean o piden solo aquello que agrade a Dios; por tanto es seguro darles carta blanca. Su voluntad está sometida a la voluntad de Dios y por tanto reciben lo que quieren. Aquí se habla de nuestros deseos más íntimos, no deseos casuales; hay muchas cosas que la naturaleza pudiera desear que la gracia nunca nos permitiría pedir; es para estos deseos profundos, cargados de oración, que se hace la promesa”.

Deléitate… ¿qué quiere decir eso? En el hebreo original la palabra nos remite a una raíz que indica “disfrutar mucho algo, saborearlo”. ¿Y cómo puedo yo “saborear” a Dios? La misma Palabra nos contesta: 
"¡Qué dulces son a mi paladar tus palabras!  Son más dulces que la miel." Salmos 119:103
Conocemos a Dios en su Palabra al punto de que esta nos resulta dulce como la miel. La saboreamos, nos deleitamos en ella, y así llegamos a conocer a Dios. Él se nos revela allí de una manera viva. Y al conocerlo de tal modo, mi relación con él pasa de mero conocimiento a experiencia profunda. 

Deleitarme en Dios, conocerlo tan bien, al punto de que mi corazón y el de él estén alineados, y mis deseos sean los de él. Nada más y nada menos.

Y es que tenemos una lucha, como bien lo dice Pablo: “Por eso les digo: dejen que el Espíritu Santo los guíe en la vida. Entonces no se dejarán llevar por los impulsos de la naturaleza pecaminosa” (Gálatas 5:16).  

Fue por eso que Juan escribió:  Pues el mundo solo ofrece un intenso deseo por el placer físico, un deseo insaciable por todo lo que vemos, y el orgullo de nuestros logros y posesiones. Nada de eso proviene del Padre, sino que viene del mundo” (1 Juan 2:16).  

¿Cuáles son hoy los deseos de mi corazón, de tu corazón? ¿Deseos para darle gloria a Dios o deseos para satisfacer mi naturaleza humana, los deseos que pone delante de mí este mundo?

¿Estoy deleitándome en Dios, saboreando mi relación con él… o trato, en vano, de manipularla para que se convierta en una relación como la de Aladino con el genio?

Amiga, hermana, lectora o lector, si algo he aprendido es que no hay bien fuera de Dios. Mis deseos incluso pudieran ser muy buenos, pero si no son los de Dios, ¿para qué buscarlos? 

¿Quieres vivir una vida abundante y plena, de verdad; una que no dependa de nuestras cuentas de banco, nuestras posesiones o nuestros logros? Aprendamos a deleitarnos en Dios, a saborear nuestra relación con él…y él nos concederá los deseos que realmente satisfacen a nuestro corazón, porque él sabe lo que es mejor para ti y para mí

Bendiciones,


Wendy

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2 comentarios :

  1. Gracias Wendy por bendecir mi vida con tan excelente nota, un abrazo desde Chiapas, México. :)

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  2. Hermoso devocional como todo lo que escribes,
    Graciasss!! Saludos desde Lima Perú! 🙂🇵🇪

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