Dos cosas que pueden estar arruinando tu vida, y no lo sabes

En estos días posteriores a Irma las redes sociales están inundadas de todo tipo de fotos y comentarios. Algunas imágenes son tan tristes que me han hecho llorar. No estoy exagerando ni dramatizando, es así.

Sin embargo, otros comentarios hacen que me “hierva la sangre”. (Y airarse no es pecado. Lo pecaminoso es lo que hagamos a causa de la ira.) ¿Sabes por qué me molesto? Porque son comentarios de quejas: que si el tráfico se ha puesto difícil por falta de semáforos, que si la señal de los teléfonos está mala, que si la gasolina subió de precio, que si hay que regresar al trabajo… ¡la lista de quejas es interminable!


Se nos olvida que luego de un desastre de esta índole es ilusorio pensar que todo seguirá marchando normalmente. ¡Claro que no! La vida se nos interrumpe. Pero como siempre, la actitud con que lo asumamos marcará una gran diferencia.

Señores, esos problemas son mínimos comparados con los de aquellos que miran a su alrededor y no tienen nada porque lo perdieron todo. En Cuba, por ejemplo, no se permite ayuda internacional en caso de desastres. Y ya es sabido que el gobierno no tiene recursos suficientes, aunque digan lo contrario. Tampoco existen aseguradoras que respondan ante las pérdidas.

En las islas del Caribe, como Barbuda y Antigua, la ayuda tiene que llegar de otros lugares, por aire, pues allí no quedó nada, literalmente.

¿Y tenemos la osadía de quejarnos por una mala señal en el celular o porque el tráfico está malo cuando vemos que los rescatistas, policía, obreros de la empresa eléctrica, voluntarios, etc., están trabajando para restaurar y ayudar, para resolver nuestros problemas? Honestamente, ¡estoy cansada de la gente quejosa!

No, no estoy diciendo que vivo en un paraíso donde todo es perfecto, ¡para nada! Hay muchos problemas y carencias también. Pero con todo, no estamos en las mismas condiciones que miles y miles de personas. 

No sé si lo has pensado alguna vez, pero quejarse es pecado para Dios. Si tienes dudas, lee Números capítulo 14. El pueblo de Israel pagó un precio muy alto por sus quejas. Toda una generación se perdió el disfrute de grandes bendiciones porque se quejaron y Dios se enojó mucho. Ahora bien, si crees que esto solo es un problema de los israelitas, piensa de nuevo. Presta atención y verás que es mucho más común de lo que creemos. 

El asunto es que si a Dios en el tiempo de Moisés le desagradaba la queja, ahora también, eso no cambia. La ingratitud es abominable para nuestro Señor.

Pablo, que vivió preso y en condiciones deplorables, nos enseñó que el secreto está en buscar la fuerza en Jesús para enfrentar situaciones así (Filipenses 4:13). Ese no es un pasaje que nos diga que somos súper hombres ni súper mujeres, es un pasaje que nos enseña a buscar fortaleza en Cristo para momentos duros y entonces poder experimentar lo mismo que Pablo… contentamiento en cualquier situación.

Por otro lado, la queja poco a poco se va convirtiendo en un mal que carcome y crea amargura. ¡Y a nadie le gusta convivir con gente amargada! Mira lo que nos dice Hebreos: “Tengan cuidado de que no brote ninguna raíz venenosa de amargura, la cual los trastorne a ustedes y envenene a muchos” (12:15). Nuestra queja puede estar afectando a otros. 

Escribo estas palabras porque el pueblo de Dios tiene que ser diferente. Y una de esas diferencias es no ser un pueblo quejoso ni amargado. Si te has subido al tren de la quejabanza, ¡bájate rápido! Recuerda que al hacerlo estás desagradando a Dios, pecando. Además, pudieras estar demorando o perdiendo la bendición, como pasó con aquella generación de israelitas. Y encima, convertirte en una persona amargada y solitaria. 

Si vamos a ser luz para los demás, como estamos llamados, seamos un pueblo de gratitud y contentamiento que reconoce la mano de Dios, ayuda a otros y los alienta.

¡Esa es la vida que Dios diseñó!

Bendiciones,

 Wendy 

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Comentarios

  1. Muy bueno y verdadero , con que facilidad nos quejamos, que el Señor nos perdone y nos conceda un corazón grato y ayudador, en el precioso nombre de Jesus, amén

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