¡Me rindo!


Rendir. Hace un tiempo el Señor enfocó mi mirada en esa palabra.

Rendirse es contrario a todo lo que nuestra naturaleza humana desea hacer. Es contrario a lo que el mundo nos enseña y ofrece. Y por nuestra rendición hay una batalla que se libra en lugares celestes, a nivel espiritual, donde el enemigo usa sus armas más eficaces para que nos rindamos, sí, pero a su agenda y no a los planes de Dios.

No me es fácil rendirme, te lo confieso. Y no creo que lo sea para muchos, seamos honestas. El ADN cargado de pecado con que llegamos a este mundo codifica que queramos hacer las cosas a nuestra manera, decir lo que se nos antoja y mirar las cosas tras el lente del orgullo humano. Es una lucha muy antigua, algo que no es exclusivo de gente común y corriente como yo, y quizá como tú. Hasta los grandes de la fe, como el apóstol Pablo, experimentaron esta batalla.

Yo sé que en mí, es decir, en mi naturaleza pecaminosa no existe nada bueno. Quiero hacer lo que es correcto, pero no puedo. Quiero hacer lo que es bueno, pero no lo hago. No quiero hacer lo que está mal, pero igual lo hago. Ahora, si hago lo que no quiero hacer, realmente no soy yo el que hace lo que está mal, sino el pecado que vive en mí. (Romanos 7:18-20. NTV)

Es una batalla enardecida, pero en Cristo podemos pelearla.

Pelearé la batalla contra el deseo de decir lo primero que se me ocurra. Rendir mi lengua. Es más fácil soltar que contener, pero una vida sujeta al Espíritu tiene dominio propio. Tengo que sujetar mi lengua y rendirla a la voz del Espíritu Santo que me susurra suavemente: “No digas eso que pensaste. No lo digas ahora. No lo digas así. Sana con tus palabras. Alienta. Vivifica.”  

Rendiré mis pensamientos porque fue el propio Pablo quien lo escribió, inspirado por el mismo Espíritu. “Llevar cautivos los pensamientos”. ¿Cautivos a quién o a qué? A la obediencia a Cristo. Rendir mi mente no es fácil porque implica batallar en esos momentos en que los pensamientos parecieran tener pies y salir corriendo hacia lugares oscuros de prisión. Cristo vino para darme libertad, pero yo tengo que rendirme en obediencia, y eso incluye rendir mis pensamientos.

Rendiré mis motivos egoístas. Sí, lo leíste bien. Y sé que no estoy sola. Todos tenemos motivos egoístas porque, de nuevo, todos tenemos el ADN del pecado. El egoísmo es lo que me lleva a querer luchar por mi propio bien primero que nada. El egoísmo es lo que nos ata a la comodidad y nos nubla la vista para que no salgamos de ese espacio. El egoísmo es lo que nos hace indiferentes ante la necesidad y el dolor ajeno.

Rendiré el orgullo que tanto nos enseña el mundo a cuidar. Cristo nos dice que seamos vulnerables. ¡Mira si el cristianismo es una contracultura! ¿Qué me impulsa a actuar como lo hago, el amor o el orgullo? Estos dos pelean constantemente entre sí. El amor fue lo que triunfó en la cruz. Si Cristo hubiera cedido un ápice al orgullo, hoy tú y yo no estaríamos leyendo esto o, al menos, no tendríamos esperanza de eternidad. Él tenía motivos suficientes para no rendirse. ¿Quién ha visto un rey colgado en un madero? Pero se humilló hasta lo sumo… ¿qué nos hace creer que podemos vivir de manera diferente? Dios detesta el orgullo. ¡Si no fuera por su gracia!

Sí, la pelea es ardua. Pero, como dijera el mismo Pablo en el pasaje de antes: “¡Gracias a Dios! La respuesta está en Jesucristo nuestro Señor” (v. 25). Esa es la única manera de vivir en rendición. Creo que por eso Gálatas 2:20 debiera convertirse en uno de esos textos que memoricemos y repitamos cada día:

Mi antiguo yo ha sido crucificado con Cristo. Ya no vivo yo, sino que Cristo vive en mí. Así que vivo en este cuerpo terrenal confiando en el Hijo de Dios, quien me amó y se entregó a sí mismo por mí.

Vivir rendida no es idea mía, es el plan de Dios que sabe que de otra manera estoy perdida. No puedo lograrlo si no me recuerdo a diario que ya no vivo yo, ahora es Cristo en mí. Cristo en mí. Cristo en ti. Quiero vivir así hoy, y por el resto de mi vida, recordando que Cristo, el hijo de Dios, vive ahora mí. Ya no me pertenezco. Ya no soy dueña de mi mente, ni de mis palabras, ni siquiera de mi propio cuerpo. Ahora son de Cristo porque él vive en mí. Yo me rindo a él. 

Bendiciones,


Wendy

____________________________________________________________________________

¡"Decisiones que transforman" en oferta especial! Para conocer más, sigue este enlace



Comentarios