Con el corazón estrujado y la mirada más allá del sol

Si navegas las redes sociales, es muy probable que hayas visto los innumerables memes acerca de 2020. Algunos aluden de manera chistosa a películas que nos transportan a otros mundos por cuenta de un juego de video, y pareciera que cada mes o semana de este año representa un nivel más complicado del mismo. Otros hacen alusión a portales que se han abierto y que nadie puede cerrar. Y los memes más literarios comparan la realidad que estamos viviendo con una distopía.   


La verdad es que aunque así lo parezca, no es un juego de niveles complicados, ni un portal de ciencia ficción ni una novela de alienación humana futura. Es sencillamente, aunque no por ello simple, la realidad dolorosa, injusta y aplastante de un mundo caído donde nada escapa a la influencia del pecado.

Vivo en los Estados Unidos y, como quizá ya sepas, estamos presenciando días de mucha agitación social. No recuerdo nada igual desde que llegué a este país que tanto amo. El asunto es mucho más complicado de lo que parece en la superficie y no pretendo abordarlo en este artículo. Mi corazón, como el de muchas otras personas, está encogido y estrujado al ver la maldad y el odio levantarse con tanta fuerza. Es inevitable amanecer a un nuevo día y no pensar: ¿qué habrá pasado anoche? Protestas, toque de queda, enfrentamientos violentos, destrucción, muerte, división. Esas han sido palabras de los titulares en las noticias.

Como muchos, estoy tratando de procesar lo que sucede hasta donde mi mente finita lo permite. En oración le estoy pidiendo al Señor que me ayude a mirar con sus ojos, con su perspectiva, con el amor y la compasión con los que Él nos mira… Mirar más allá de ideas preconcebidas y opiniones políticas. No es simple, no es cuestión de un día. Y no creo que nadie pueda afirmar tener todas las respuestas.

Sin embargo, en medio de todo, una idea viene una y otra vez a mi mente. Este mundo no es mi hogar si Cristo es el Salvador de mi vida. Y quizá eso se nos olvida demasiado a menudo. Se nos olvida que estamos de paso, que somos peregrinos que vamos en una trayectoria cuya meta está más allá del sol, como decía una canción que se hizo popular allá por los años 90. Cada una de las tragedias que nos dejan sin palabras, de las experiencias dolorosas, las pérdidas, las injusticias, los sueños destrozados; nuestra incapacidad de solucionar los problemas ni de lograr reconciliación; nuestra frustración ante el mal preponderante y la aparente falta de solución ante las crisis… Todo esto debiera ser un recordatorio constante de que este mundo no es el destino final y, al mismo tiempo, provocar en nosotras un anhelo cada vez más grande por ese otro, el que Cristo está preparando, el que su muerte y resurrección han hecho posible. El dolor debiera ponernos de rodillas y hacernos clamar cada día: ¡Venga tu reino! ¡Ven, Señor Jesús!

¿Te has preguntado alguna vez por qué esa frase es casi la última en la Biblia?

Si lees Apocalipsis (sí, ya sé que no es uno de los favoritos, pero es necesario leer todo el consejo de Dios, es decir, toda la Biblia), verás que las cosas realmente no van a mejorar, ¡al contrario! Después del pecado en el Edén, la espiral es descendente. Es ilusorio, ¡y no bíblico!, creer que viviremos en un mundo de paz, sin guerras, sin enfermedad, sin injusticia, sin conflictos. No, vivimos en un mundo que siempre tendrá de estas cosas, en mayor o menor medida.  

Estamos demasiado enamoradas de lo que nuestros ojos pueden ver. Necesitamos que el Señor nos ayude a mirar más allá del sol, donde está nuestro verdadero hogar. Es crucial que vivamos con los pies en la Tierra, pero con los ojos en el cielo. ¿Qué quiero decir, que debemos ignorar lo que sucede, alienarnos, enajenarnos, mudarnos a una isla deshabitada en el pacífico (aunque confieso que ganas no me han faltado a veces)? No, el Señor nos puso aquí, ahora, para cumplir con sus propósitos, para ser luz, para llevar las buenas nuevas a un mundo que perece y que lo que más necesita no es una reforma social sino una revolución espiritual provocada por el Evangelio de Cristo. Esa es nuestra misión, y debemos cumplirla bien, pasa Su gloria. Pero estamos de paso, vamos junto con Cristiano, el de John Bunyan, hacia Ciudad Celestial.

Que este tiempo de tanto dolor, tal vez frustración, incertidumbre y tristeza, con el corazón estrujado, nos haga poner la mirada una vez más en la Nueva Creación. Esa es nuestra esperanza, nada más. Cristo nos espera, y en la trayectoria, nos acompaña. Tenemos un hogar, dulce hogar, más allá del sol.

«Después el ángel me mostró un río de agua de vida, resplandeciente como cristal, que salía del trono de Dios y del Cordero, en medio de la calle de la ciudad[a]. Y a cada lado del río estaba el árbol de la vida, que produce doce clases de fruto, dando su fruto cada mes; y las hojas del árbol eran para sanidad de las naciones. Ya no habrá más maldición. El trono de Dios y del Cordero estará allí, y Sus siervos le servirán. Ellos verán Su rostro y Su nombre estará en sus frentes. Y ya no habrá más noche, y no tendrán necesidad de luz de lámpara ni de luz del sol, porque el Señor Dios los iluminará, y reinarán por los siglos de los siglos.» Apocalipsis 22:1-5

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Bendiciones,

Wendy

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Comentarios

  1. Gracias Wendy. Realmente me he sentido muy triste por lo que esta ocurriendo a nivel mundial pero tu mensaje me hace recordar que somos extranjeros en esta tierra y que debemos colocar nuestros ojos mas alla del sol... donde tenemos nuestra esperanza.

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